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El algoritmo ya hace campaña

Hay elecciones que se ganan en las urnas. Y hay otras que empiezan mucho antes, cuando todavía nadie habla de candidatos, las caravanas no recorren las calles y los afiches permanecen guardados en algún depósito. La verdadera campaña ya no se libra en la plaza pública. Se juega, silenciosamente, en los teléfonos que llevamos en el bolsillo.

Mientras gran parte de la dirigencia sigue discutiendo alianzas, encuestas y nombres propios, el mundo ya empezó a debatir otra cosa: quién administrará los datos, las emociones y los hábitos de millones de personas. Porque el poder dejó hace tiempo de ser únicamente político. Hoy también es tecnológico. Y, sobre todo, predictivo.

La Argentina parece haberse convertido en un laboratorio especialmente atractivo para quienes imaginan el futuro desde la lógica de los algoritmos antes que desde la política tradicional. No necesariamente porque sea el mercado más grande o el más estable. Todo lo contrario. A veces los experimentos encuentran mejores condiciones donde las reglas todavía están escribiéndose.

La inversión que llega no siempre compra fábricas, campos o edificios. Muchas veces adquiere algo bastante más valioso: influencia. Porque quien conoce cómo pensamos, qué consumimos, qué tememos y qué deseamos posee una ventaja que ningún aparato partidario puede igualar.

Hace algunos años las campañas políticas necesitaban fiscales, locales partidarios y miles de militantes repartiendo boletas. Hoy alcanza con comprender cómo circula la atención de una sociedad hiperconectada. El voto dejó de perseguirse casa por casa. Ahora se busca pantalla por pantalla.

La ironía es casi perfecta. Mientras muchos siguen denunciando a “la casta”, la nueva aristocracia no usa saco ni corbata. Viste remeras negras, trabaja desde oficinas sin banderas y habla un idioma donde las palabras más importantes no son patria, justicia o desarrollo, sino algoritmo, datos, inteligencia artificial y comportamiento predictivo.

La política del siglo pasado discutía ideologías. La del presente administra emociones. El enojo dejó de ser una consecuencia para convertirse en materia prima. Cada indignación alimenta plataformas que aprenden cómo reaccionamos. Cada discusión en redes sociales fortalece sistemas capaces de conocernos mejor de lo que muchas veces nos conocemos nosotros mismos.

No se trata de una conspiración. Sería demasiado simple explicarlo así. Es, quizás, algo más inquietante: un cambio de época.

Las democracias fueron construidas alrededor de ciudadanos que deliberaban. El nuevo ecosistema digital necesita usuarios que reaccionen. Pensar lleva tiempo. Reaccionar apenas unos segundos. Y el negocio siempre premia la velocidad.

Por eso el verdadero activo estratégico ya no son solamente los recursos naturales, la energía o los minerales críticos. También lo es la información que cada persona entrega voluntariamente todos los días: qué mira, cuánto tiempo permanece frente a una publicación, qué compra, qué rechaza, qué le provoca miedo y qué lo entusiasma.

Quien administra ese océano de datos posee una brújula formidable para anticipar comportamientos sociales. Ya no hace falta convencer a millones de personas. Alcanza con conocer exactamente qué decirle a cada una.

La inteligencia artificial acelera todavía más esa transformación. No reemplaza únicamente empleos o automatiza tareas. También multiplica la capacidad para construir relatos personalizados, segmentar audiencias y modelar conversaciones públicas casi en tiempo real.

El riesgo no está en la tecnología. Nunca estuvo allí. Las herramientas son apenas eso: herramientas. El verdadero interrogante aparece cuando quienes concentran semejante capacidad de influencia dejan de limitarse al negocio y descubren que también pueden intervenir sobre la conversación democrática.

Las próximas elecciones probablemente no las definan únicamente los discursos, los debates televisivos ni los actos multitudinarios. Habrá otra batalla, mucho menos visible, desarrollándose detrás de cada pantalla.

Mientras unos seguirán contando votos, otros estarán analizando clics.

Mientras algunos recorrerán barrios buscando adhesiones, otros cartografiarán emociones.

Mientras la vieja política discuta nombres propios, habrá quienes ya estén diseñando la arquitectura invisible sobre la que circularán las próximas decisiones colectivas.

La historia suele repetirse con disfraces distintos. Ayer el poder necesitaba controlar imprentas, radios o canales de televisión. Hoy basta con comprender cómo funciona el pulso digital de una sociedad.

La gran pregunta hacia 2027 quizá no sea quién tendrá el mejor candidato, ni siquiera quién presentará el programa económico más convincente.

La verdadera incógnita será mucho más silenciosa.

Quién escribirá el algoritmo que decida qué vemos, qué creemos… y, finalmente, qué terminamos votando.

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