Desde Mendoza, cruzar la cordillera hacia Santiago de Chile es un viaje corto. Pero en términos económicos, la distancia parece mucho mayor.
Lo primero que se percibe al llegar a Chile no es un cambio de idioma ni de costumbres. Es algo más simple: la tranquilidad con la que se vive la economía. Los precios no cambian todas las semanas. El supermercado no es una incógnita. La inflación no es el tema permanente de conversación.
Hoy Chile tiene una inflación cercana al 3 %, dentro de la meta que fija el Banco Central de Chile. Ese número no es casual: el Banco Central chileno tiene como objetivo explícito que los precios crezcan alrededor de ese porcentaje anual. Y, lo más importante, suele cumplirlo.
En los últimos veinte años, salvo períodos excepcionales como la pandemia, Chile convivió con inflaciones bajas y previsibles. No de 20 %, no de 50 %, no de tres dígitos. De un dígito. Los diarios como La Tercera o El Mercurio informan el dato mensual como una variable más de la economía, no como una alarma social.
Esa estabilidad tiene consecuencias muy concretas. Si los precios suben 3 % al año, un salario no pierde poder adquisitivo de un mes a otro. Un crédito hipotecario puede pensarse a 20 años sin miedo a que la cuota se vuelva impagable en seis meses. Una pyme puede proyectar costos sin necesidad de remarcar cada semana.
En Argentina, durante años, la historia fue otra. Llegamos a convivir con inflaciones superiores al 100 % anual y, en 2023, con registros que superaron el 200 %. Eso significa que los precios, en promedio, se duplicaban en menos de un año. Es difícil planificar así. Es difícil ahorrar así. Es difícil producir así.
Es cierto —y hay que decirlo con honestidad— que desde la asunción de Javier Milei en diciembre de 2023 la inflación comenzó a bajar de manera sostenida. Después de niveles extremadamente altos, las tasas mensuales fueron descendiendo y la inflación anual cayó de manera significativa.
Esa baja no ocurrió por casualidad. Respondió a una decisión clara: reducir el déficit fiscal y frenar la emisión monetaria. Dicho en términos simples, dejar de gastar sistemáticamente más de lo que ingresa y dejar de financiar esa diferencia imprimiendo dinero. Cuando el Estado emite menos para cubrir sus gastos, la presión sobre los precios disminuye.
Pero el verdadero desafío no es bajar la inflación un año. Es lograr que la estabilidad se vuelva costumbre.
La diferencia entre Argentina y Chile no está en el talento de su gente ni en la capacidad de sus empresarios. Está en algo más silencioso: la continuidad de las reglas. En Chile, el Banco Central es autónomo desde hace más de tres décadas. Su mandato principal es cuidar el valor de la moneda. No cambia cada vez que cambia el gobierno.
En Argentina estamos intentando reconstruir esa credibilidad.
La estabilidad no es solo un dato técnico. Es algo que cualquier ciudadano entiende cuando lo vive: es saber que el dinero que hoy vale diez mañana seguirá valiendo diez, o muy cerca de eso. Es poder hacer un presupuesto familiar sin sobresaltos. Es firmar un contrato sin agregar cláusulas defensivas.
Cruzar la cordillera deja una enseñanza clara: la estabilidad no es un privilegio geográfico. Es una decisión institucional que se sostiene en el tiempo.
Argentina empezó a dar pasos en esa dirección. El desafío ahora es que no sea una etapa, sino una cultura.
Porque cuando la estabilidad se vuelve cultura, el crecimiento deja de ser una promesa y empieza a ser una consecuencia.





