Con casi treinta años de labor en salud y educación, la psicopedagoga y docente Mariel Melo presenta “Una vida de versiones”. En esta obra, la autora transforma su recorrido de vida en un relato íntimo sobre la identidad y el cambio; una invitación a descubrir esa metamorfosis silenciosa que nos atraviesa cuando dejamos de “soportar” para empezar a narrarnos.
Hoy nos dedica su tiempo para conversar sobre su historia, el proceso de escritura y el desafío de ponerle nombre a nuestras propias transformaciones.
CD: Mariel, para romper el hielo y que los lectores de La Cuarta te conozcan: ¿Quién sos detrás de las páginas y qué fue lo que un día te hizo decir “tengo que escribir esto”, pasando del pensamiento al papel?
MM: Mariel es una mujer alegre, que sonríe, que ama bailar, ama la música, ama a los perros, estar en la naturaleza y tomar mate. Es psicopedagoga y docente, apasionada por estas profesiones, que considera como una manera de caminar la vida. Tiene dos hijos adolescentes, a quienes ama incondicionalmente y de ellos aprende, y la presencia de su compañero de camino la honra en el día a día. Mariel tiene muchos sueños, por los que intenciona fuertemente. Desde muy pequeña tuvo el deseo de escribir, y lo hizo, participando de un concurso literario, a los ocho años. Desde allí, nunca se detuvo, y cuando llegó ese momento tan crucial para todos los seres, el tiempo de la pandemia, escribir fue la forma que encontró Mariel de poder acercarse a las personas queridas y acompañarlas, acompañándose profundamente, al mismo tiempo.
CD: ¿Cómo fue ese primer chispazo creativo? ¿Nació de una necesidad de sanar algo propio o de la urgencia de capturar lo que veías a tu alrededor durante el aislamiento?
MM: Creo que no es una alternativa sin la otra. Como decía anteriormente, urgía en mí la necesidad de estar junto a los otros, para dar alivio y sostén, de algún modo, pero en ese camino hacia afuera se produjo la maravillosa posibilidad de comenzar un camino de sanación interior, muy fuerte y revelador.
CD: Malena, tu protagonista, vive mucho tiempo en “piloto automático”. ¿Sentís que en esa descripción hay un poco de todas las personas comunes que a veces nos olvidamos de habitarnos a nosotros mismos por cumplir con los demás?
MM: Sí, creo que ese piloto automático es la vía para soportar, la vía para seguir adelante, frente a los diferentes contextos difíciles, dolorosos y límites que muchas personas enfrentamos y atravesamos. Claramente, al olvidarnos de nosotros mismos, los riesgos se potencian, y allí llega el momento de tomar decisiones, para cambiar el modo de andar y procurar tener una mejor calidad de vida.
CD: En el libro decís que escribir implica “soportar” lo que queda en el papel. ¿Qué sentimientos te atravesaron al ver tus propias emociones convertidas en tinta y ya no poder ignorarlas?
MM:Fue emocionante y liberador, al mismo tiempo. Quedó para mí plasmado, de un modo muy luminoso y lleno de un infinito amor a mí misma, la posibilidad de la aceptación, una empatía muy profunda con esas personas mágicas del camino de mi vida y, especialmente, reafirmar con una convicción del alma la oportunidad de ir tras los sueños, porque escribiendo convertía dolor en arte y en futuro.
CD: Malena hace del “acompañar” su bandera. ¿Es para vos la escritura una forma de acompañar a otros que quizás están pasando por lo mismo?
MM: Es una hermosa pregunta, ya que es lo que va produciéndose, de una manera muy conmovedora, en las personas que se suman a este viaje de Una vida de versiones: la historia de Malena puede ser la tuya, la de tus hijos, la de tus padres, la de tus abuelos, la de tus amigos, y se va tejiendo una comunión invisible pero muy fuerte entre escritora y lectores, por los sentimientos que se entrelazan y que identifican esos caminos de vida.
CD: Hay un cruce muy fuerte en el libro entre el dolor personal y el dolor colectivo (como lo que narrás sobre las comunidades wichí). ¿Por qué decidiste que Malena no solo mirara hacia adentro, sino también hacia las injusticias del afuera?
MM: Porque no puedo concebir la vida bajo otra mirada. Malena es con otros. Malena brinda todo aquello que tiene a disposición, porque es el modo que encuentra de agradecer y retribuir su rol en este tiempo de vida. Como dice el colibrí de la leyenda del incendio en la selva, “no podré apagar las llamas, pero al menos estoy haciendo mi parte”.
CD: Un punto de quiebre en la obra es cuando el cuerpo o la biología dicen “no”. ¿Cómo fue para vos transitar narrativamente ese duelo de lo que no pudo ser (como la maternidad) y transformarlo en algo nuevo?
MM: La biología me dijo ese “no” en numerosas oportunidades de mi vida y, en el caso de esa maternidad que no pudo concretarse, la escritura abrazó el camino trunco y lo acompañó a transformarse en entendimiento, en sabiduría y en cuidado de mí misma.
CD: El libro propone que “el tiempo no borra, ubica”. ¿Sentís que al terminar de escribir este libro lograste ubicar esas piezas de tu propia historia que antes estaban desordenadas?
MM: Sí, porque ubicar es, de algún modo, ordenar esas piezas de un rompecabezas muy complejo y de un entramado a veces difícil de visualizar, y el paso del tiempo me ha ayudado a volver a ver sobre lo que vi, a volver a sentir sobre lo que vivencié y, de ese modo, a que las palabras cuenten la versión del modo más amoroso y esperanzador para continuar el viaje.
CD: Malena pasa de creer que “no tiene nada que contar” a ser una narradora de experiencias. ¿Qué le dirías a esa persona que hoy nos lee y siente que su vida es “común” y que no tiene nada valioso para decir?
MM: Primeramente le diría que su vida es hermosa, única y por ello muy especial, y que todas las personas tenemos tesoros por contar y por compartir. Necesitamos confiar en nosotros mismos, necesitamos quitarnos las armaduras que nos protegen de lo que nos angustia y doblega y quizás, al comienzo, es un paso a la vez. Un día a la vez. Una mirada, luego una palabra, luego un abrazo, y así descubrir ese valor que nos hace ser quienes somos.
CD: Aparecen rituales, trenzas, la Pachamama y la memoria de los abuelos. ¿Qué importancia tiene para vos recuperar el linaje familiar para poder sanar el presente?
MM: Somos nuestra historia, encarnamos a las generaciones que nos preceden, y creo y siento que no nos es posible desoír esas voces, esas enseñanzas, un legado, unas creencias, esas maneras de habitar, que son pulso vivo en nuestro andar. Pero la maravilla se produce cuando, al presente, sanando ese pasado, lo podemos elegir, y seguimos andando la vida tomando nuestras decisiones, desde la dignidad, la libertad, la paz y escuchando lo que vibra en el corazón.
CD: En un momento, Malena decide “bajar los brazos”. ¿Es esa, para vos, la mayor fortaleza de tu personaje: permitirse ser vulnerable?
MM: El punto es que Malena descubre, al fin, que no puede solucionar aquello que escapa a su esfera de posibilidades, acciones y, especialmente, anhelos. Decide entregarse, acepta su debilidad, emprende un camino de darse de un modo distinto y empieza a aprender a recibir el abrazo de quienes la rodean. Se o fortalece, entonces, junto al amor de los otros.
CD: El amor en tu obra termina siendo “suave para sanar”. ¿Es este libro tu forma de reconciliarte con la idea de que el amor no tiene por qué doler para ser real?
MM: La reconciliación llegó al descubrir, luego del camino de un profundo trabajo de sanación interior (el cual continúa en mi vida), que el amor es posible desde el respeto, la alegría, el compartir y el soñar junto con el otro. No es uno por encima y el otro por debajo. No es uno adelante y el otro atrás. No es para uno todo, y para el otro lo que sobra. Es tejer el camino, andándolo con la presencia de cuidar y ser cuidado, recuperando la paz en el alma.
CD: Finalmente, Mariel, después de este viaje de escritura: ¿Qué versión de vos misma nació después de poner el punto final a “Una vida de versiones”?
MM:Es una versión que sigue construyéndose, porque nada es fijo o inmóvil, sino que estos procesos personales nos invitan a ser flexibles y a aceptar los cambios que van llegando. Sólo podría resumirlo de este modo: soy más Mariel que nunca, y que siempre.






