Casi 300 mil pesos promedio. Ese es el número con el que se encontraron los vecinos en julio. Las expensas ya no son el mantenimiento del edificio: son directamente un segundo alquiler que ahoga al que labura y al que cobra una jubilación de miseria.
Abrir la liquidación de las expensas a principio de mes se convirtió en un deporte de alto riesgo. El último informe de Octopus Proptech para julio marcó $295.336 promedio en la Argentina, un salto del 5,52% en solo treinta días, el más alto en lo que va del año. Detrás del numerito frío está el tipo que se levanta a las seis de la mañana, cumple con todo, no le debe nada a nadie, y ve cómo el sueldo se le escurre entre los dedos antes de llegar a la mitad del mes.
¿En qué se va la plata? No hay ningún misterio. El 85% de la caja de un edificio se la llevan cuatro cosas: sueldos con cargas sociales (38,2%, empujado por el aguinaldo y las paritarias), el mantenimiento básico ($49.719), los abonos de servicios ($45.537) y las tarifas públicas ($41.150). Con esa radiografía, las administraciones no tienen margen para inventar nada, y la variable de ajuste sigue siendo la boleta que le meten por debajo de la puerta al consorcista.
El problema mayor ni siquiera se debate en la asamblea de vecinos. Viene empaquetado desde afuera. Un caso testigo en un edificio de Caballito lo muestra bien: la factura de luz del consorcio pasó de $194.000 en julio del año pasado a $302.000 este año, un 56% de aumento en la tarifa eléctrica. Si a eso le sumás los gastos y comisiones bancarias, que escalaron a $158.000 (un 58% arriba), queda claro que los edificios terminan siendo el último eslabón de una cadena donde todos se lavan las manos y el costo lo paga el de abajo.
Ahí está la verdadera trampa. Al inquilino se le junta la expensa con el alquiler y el número se vuelve impagable. Al dueño que tardó toda una vida en comprarse dos ambientes, la propiedad se le transforma en una hipoteca eterna sin título de propiedad. Las paritarias van a paso de tortuga y los costos fijos del hogar van en furgón de cola. Hoy tener un techo genera más angustia que tranquilidad.
Esta asfixia ya se nota en la convivencia. Cuando la expensa araña los 300 mil pesos, la morosidad deja de ser un caso aislado y pasa a ser la regla. El edificio empieza a posponer arreglos urgentes, se cortan servicios, y los cuatro o cinco vecinos que todavía están al día terminan poniendo la espalda para bancar el agujero del que ya no puede pagar más. En los pasillos, en vez de vecinos, hay tensión y resignación.
Habría que poner la lupa sobre la transparencia de los administradores, sobre las tarifas que pagan los consorcios como si fueran grandes industrias, y sobre los costos ocultos que nadie termina de controlar. Porque cuando mantener un lugar para vivir se lleva la mitad del esfuerzo de una familia, salir a laburar todos los días deja de ser un logro y empieza a sentirse como un castigo.





