El peronismo volvió a hablarse a sí mismo. Lo hace, como siempre, entre susurros que suenan a trueno. Ya no es un movimiento: es un espejo roto en el que cada fragmento se cree reflejo del original.
El kirchnerismo, que alguna vez soñó con ser la síntesis, hoy parece un recuerdo con aroma a archivo, una pieza que sobrevive por inercia y por fe.
Cristina Fernández, desde su confinamiento simbólico y judicial, culpa al gobernador que ayudó a crecer. Dice —sin decir— que Axel Kicillof fue quien apuró su destino. Que al adelantar las elecciones bonaerenses en abril, empujó a los jueces a firmar su condena y le cerró la última puerta a los fueros. En su casa de San José 1111, repite esa idea como quien mastica una traición sin tragarla. No lo dirá en público, pero lo desliza en cada charla: el desdoblamiento fue su celda.
Mientras tanto, Kicillof, de gestos contenidos pero mirada tensa, intenta sostener un gobierno donde conviven ministros que responden a Máximo Kirchner y otros que ya responden al silencio. El gabinete bonaerense parece una mesa de cartas marcadas: hay kirchnerismo duro, PJ clásico y restos del Frente Renovador. Todos juegan, pero nadie gana.
Ese es hoy el nuevo rostro del peronismo: una coalición que se fractura sin ruido, como una madera vieja que se abre con el tiempo. El histórico 30% de votos que fue propiedad privada del cristinismo ahora se disputa como una herencia incómoda. Kicillof lo reclama en nombre de la gestión; Cristina lo defiende en nombre del mito. Y entre ambos, la estructura partidaria se deshace como un viejo mural que la lluvia no deja en paz.
Los intendentes bonaerenses, expertos en sobrevivir, ya ensayan discursos de renovación con el mismo fervor con que piden fondos. Los gobernadores hacen equilibrio entre la lealtad y la conveniencia. El PJ nacional observa con la melancolía de quien ya sabe el final, pero no se resigna a bajarse del escenario.
El kirchnerismo, reducido a su núcleo emocional, intenta conservar el fuego que alguna vez encendió plazas. Pero la épica de la persecución ya no conmueve como antes: los jóvenes que marchaban en 2010 hoy buscan estabilidad o pasaje de ida. Los barones del conurbano, siempre pragmáticos, ya tienden puentes discretos con los libertarios, por si acaso.
Y mientras Milei sonríe con un nuevo presupuesto y una foto de gobernadores que huele a marketing político, el peronismo se mira en su laberinto. Hay quienes hablan de resistencia, quienes sueñan con la unidad y quienes simplemente quieren seguir subsistiendo. Pero todos, en el fondo, sienten lo mismo: el eco de un trueno que alguna vez fue poder y hoy sólo resuena en la memoria.
El peronismo no muere, dicen sus fieles, se transforma. Pero hay transformaciones que son apenas una forma elegante de decir que algo terminó, tal cual se lo conoció.





