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Hay que desnudar la verdad, aunque duela

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La inteligencia artificial está siendo utilizada por adolescentes para desnudar digitalmente a sus compañeras y difundir esas imágenes. No es una travesura: es violencia. Y detrás de estos hechos se esconde una preocupante pérdida de conciencia sobre el daño ajeno que exige respuestas urgentes.

Hay algo profundamente perturbador en lo que está ocurriendo en distintas instituciones educativas de la Argentina. Adolescentes que utilizan inteligencia artificial para desnudar digitalmente a sus compañeras, fabricar imágenes sexuales falsas y difundirlas en grupos, redes sociales e incluso sitios pornográficos.

Pero lo más alarmante no es solamente lo que hacen. Es la naturalidad con la que algunos lo hacen. Como si fuera un juego. Como si detrás de esas imágenes no existiera una persona, una familia, una dignidad brutalmente vulnerada.

Las imágenes son falsas. El daño es absolutamente real.

Es real la humillación de una adolescente que descubre que su intimidad ha sido violentada. Es real el miedo de regresar al colegio, enfrentar las miradas y soportar comentarios. Es real el sufrimiento de las familias.

¿En qué momento humillar, sexualizar y exponer públicamente a una compañera se convirtió en una forma de entretenimiento? ¿Qué está fallando en la formación emocional de jóvenes capaces de dominar tecnologías extraordinarias, pero incapaces de comprender algo tan elemental como el respeto por el otro?

No son niños haciendo travesuras. Son adolescentes que deben comprender que sus actos tienen consecuencias.

La Argentina cuenta con un Régimen Penal Juvenil, establecido por la Ley 27.801, que contempla la responsabilidad penal desde los 14 años por conductas tipificadas como delitos. Corresponde a la Justicia determinar las responsabilidades en cada caso, pero resulta imprescindible que la ley se aplique cuando corresponda, que existan consecuencias proporcionales y que las víctimas encuentren protección y reparación.

Comprender la adolescencia no significa justificar cualquier comportamiento. Educar también implica establecer límites y enseñar que no todo está permitido.

Sin embargo, sería demasiado cómodo responsabilizar exclusivamente a estos jóvenes.

¿Dónde estamos los adultos?

Vivimos en una sociedad donde la humillación se ha convertido demasiadas veces en espectáculo, donde ridiculizar al otro genera visualizaciones y donde ciertos programas de streaming, redes sociales y contenidos de entretenimiento naturalizan la agresión, la sexualización y el desprecio.

No podemos escandalizarnos cuando un adolescente humilla digitalmente a una compañera mientras celebramos contenidos en los que los adultos hacen exactamente lo mismo.

Tampoco podemos seguir entregando teléfonos con acceso irrestricto a internet sin acompañamiento, orientación ni límites. La formación moral no se descarga en una aplicación. Se construye en casa, con presencia, con ejemplo y con responsabilidad.

Las instituciones educativas también deben asumir un papel decisivo. No alcanza con comunicados ni reuniones posteriores. Hay que proteger a las víctimas, actuar frente a las agresiones y trabajar preventivamente sobre consentimiento, empatía, intimidad y respeto.

Y los comunicadores sociales, las plataformas y quienes generan contenidos deben preguntarse qué modelos de comportamiento están ofreciendo a nuestros adolescentes.

Estamos formando generaciones con un poder tecnológico extraordinario, pero no siempre con la madurez emocional necesaria para administrarlo. Y esa combinación puede ser devastadora.

Necesitamos una respuesta colectiva, inmediata y sostenida. De la Justicia, las familias, las escuelas, los medios y de toda la sociedad.

Porque hay daños que una disculpa no borra. Hay imágenes que nunca desaparecen completamente. Y hay heridas emocionales que pueden acompañar a una persona durante años.

Hay que desnudar la verdad, aunque duela.

Y la verdad es que estamos llegando tarde. Hemos confundido libertad con ausencia de límites, exposición con reconocimiento y entretenimiento con crueldad.

No podemos seguir mirando hacia otro lado mientras nuevas adolescentes son humilladas detrás de una pantalla.

Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de indignarse frente al sufrimiento de sus jóvenes, el problema ya no está solamente en quienes cometen la agresión.

El problema somos todos. Y la responsabilidad de cambiarlo, también.


IG: adriandallastaok
www.fundacionpadres.org.ar

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