Envidiable el talento de la clase política para vivir flotando en la nada. El resto de los mortales mide el tiempo en meses o en días; ellos lo miden en turnos electorales. En la góndola del supermercado hay que hacer cuentas para ver si se lleva la leche o si el queso se volvió un artículo de lujo inalcanzable antes de que la tarjeta rebote, mientras en los despachos la única obsesión es el 2027. Les sobra visión de futuro. Lástima que sea un futuro que no le importa absolutamente a nadie.
Están en otra. En un viaje lisérgico sin fecha de vuelta, donde las urgencias de la realidad no pagan peaje ni piden permiso.
La desconexión es de una impunidad que roza lo insólito. El tipo común se levanta a la madrugada, mira el pronóstico para ver si carga el paraguas o el piloto y sale a pelearla para tomarse tres colectivos y llegar al laburo a tiempo. Entretanto, en el Congreso o en las legislaturas, dos impresentables toman café de filtro y se matan a gritos frente a las cámaras en un circo ridículo para ver cuál de los dos la tiene más grande. Todo en una quinta dimensión paralela, discutiendo estupideces que no le resuelven la vida a nadie ni cambian en nada la rutina de los que bancan el circo.
La egolatría de la dirigencia roza lo patológico. Cualquier funcionario de tercera línea que firma resoluciones que nadie lee se siente el centro del universo. Sacando cuatro o cinco figuras sobreexpuestas, el resto son absolutos N.N. Cruzas a cualquiera de ellos en una parada de colectivo o en la fila del banco y no tenés la más puta idea de quién es. Eso sí: desde sus escritorios atornillados te clavan el impuesto, el tarifazo o la norma absurda que mañana te arruina la semana sin despeinarse.
El abismo ya ni siquiera indigna: da risa. Un espectáculo tragicómico ver a los analistas teorizando con cara de preocupación sobre “la apatía democrática” o el desinterés ciudadano. Se preguntan seriamente por qué el tipo que labura doce horas diarias para pagar el alquiler no se emociona con las roscas partidarias ni con los armados de listas a tres años vista. Hay que ser demasiado cínico,o muy pelotudo, para no entender la distancia.
Abajo, la gente aprendió a ignorar el ruido y a remarla como sea. La política consiguió una hazaña inédita: convertirse en un teatro de sombras donde los actores se aplauden a sí mismos, convencidos de que el público los contempla encandilado. Nadie les avisó que la gente apagó la pantalla y está ocupada viendo cómo mierda llega a fin de mes.





