La Provincia de Buenos Aires sigue siendo una de las más centralistas del país y de las que más se resisten a admitir que sus municipios crecieron, asumieron responsabilidades y hoy necesitan algo más concreto que discursos. Necesitan poder decidir. El vecino llega a las oficinas de su municipalidad donde vive, ahí paga sus tasas y ahí votó a su intendente. No llega con la Ley Orgánica de las Municipalidades bajo el brazo, lo que quiere que le resuelvan el problema. Punto.
El intendente puede hacerse cargo de algunos temas, pero no de todos. El vecino ni siquiera sabe dónde termina una cosa y empieza la otra, da por sentado que cualquier decisión pasa por el intendente o por las áreas municipales, cuando en realidad, para varios de esos temas puntuales, ninguno de los dos tiene la potestad de resolverlos solo. El trámite real arranca cuando el tema deja de ser competencia local: hay que pedir una autorización, armar un expediente, viajar a La Plata para solucionar algo que podría estar a diez cuadras de su despacho. Demasiado trámite para algo que empezó en la puerta de una casa. Esto no es burocracia. Es una forma de ejercer el poder.
Después de la reforma constitucional de 1994, las provincias quedaron obligadas a garantizar la autonomía municipal. Pasaron treinta años… y Buenos Aires sigue atando a sus municipios a un esquema que les limita seriamente la capacidad de decidir sobre lo suyo. Hay municipios bonaerenses con patrullas propias, hospitales, escuelas, sistemas de monitoreo, obras, programas culturales, y buena parte de eso se paga con la plata que sale del bolsillo del vecino de cada distrito. Hay autonomía de hecho. La de derecho todavía no llegó.
Varios intendentes bonaerenses ya no piden autonomía. La exigen. Nadie conoce mejor lo que necesita un distrito que quien lo camina todos los días. El gobernador puede firmar una política desde La Plata, pero no vive en Bahía Blanca. No sabe qué necesita cada esquina de Pehuajó, y mucho menos en Carmen de Patagones. Sin embargo, otros intendentes, prefieren seguir dependiendo de la Provincia. Les conviene el paraguas, la excusa, el expediente que nunca se firma. Esa es la rosca de siempre. Unos pelean por el vecino. Otros se acomodan y no deciden nada. El vecino no elige bando ni se beneficia de ninguno, sólo mira cómo la pelota pasa de un escritorio a otro con su problema dentro.
Esta discusión va a pesar mucho más de lo que parece cuando llegue 2027, cuando elijamos intendentes, legisladores y gobernador, y estaría bueno saber, además de las promesas de siempre sobre obras y seguridad, cuánto poder está dispuesto a soltar cada candidato hacia los municipios que dicen defender.
Nadie que llegue a gobernar la Provincia de Buenos Aires tiene apuro real en soltar poder a los municipios. Hoy ese nombre es Kicillof, pero podría ser cualquier otro. La centralización no es un accidente de diseño ni un olvido legislativo de treinta años, es la maquinaria que sostiene carreras políticas enteras. Y la sostienen tanto el intendente que se esconde detrás de la excusa provincial para no decidir nada, como el gobernador de turno que nunca tuvo apuro en soltar la mano.





