Estimado lector:
Bienvenido a una entrega más de esta columna que ya es un poco suya también, y hoy, como si compartiésemos un café, le quiero contar algo. En los ‘80, ya me habían dicho quién era antes de que yo misma lo averiguara, porque en aquellos “años mozos” no existían los psicólogos de Instagram, ni los podcasts que te explicaban cómo vincularte; si la persona que tenías al lado era tóxica o si tu apego era seguro, ansioso o evitativo. Para eso estaban mamá, la abuela, alguna profesora y, en mi caso, hasta un cuadrito colgado en la pared con la descripción de mi signo.
Yo tenía pruebas contundentes. Convengamos que los Equis nunca tuvimos un cuarto propio, siempre dormimos con algún hermano. Yo, con Ana, la segunda de cinco. Dos camas separadas por la mesita de luz, una lámpara con una tulipa turquesa haciendo juego con las colchas de flecos, y significativamente sobre la pared de cada lado había un cuadrito con nuestro signo zodiacal: yo, Aries; ella, Sagitario. El de mi hermana era una belleza, de color café con leche, lleno de palabras que daban ganas de abrazarla, decía algo como: bondadosa, generosa, amable, sincera. El mío, en cambio, era blanco y tenía una descripción que parecía escrita por alguien que no me quería demasiado: impulsiva, intolerante, irritable, impaciente. Mi hermana dormía debajo de un certificado de buena conducta; yo, de una advertencia, todos los días, machacándome quién era.
Después vino la secundaria y una profesora de Psicología se encargó de profundizar el diagnóstico: “Usted, Darchez, no va a llegar nunca a nada.” Hay frases que una escucha y sigue caminando, y hay otras que se quedan. Esa se quedó.
Mi abuela materna, por suerte, tenía otra pasta. Paciencia y dedicación absoluta para todo. En algún momento de su vida se le ocurrió empezar a decirme Tachito, vaya una a saber por qué. Y con esa misma seguridad con la que hacía todo lo demás, anunciaba: “Tachito, vas a llegar muy lejos.” Menos mal que ninguna de las dos profecías tuvo la última palabra.
Porque en los 80 nos etiquetaban a todos por igual. Estaba el banana, la traga que se estudiaba todo, el langa, la mezquina que llevaba galletitas al colegio y no convidaba ni una, el canchero, la mandona, el fachero, la seria, el que tenía levante y el que no, el tímido que se quedaba sentado mientras los demás bailaban, el que se hacía el distraído porque no se animaba a sacar a ninguna chica, la que era un terremoto, la que tenía “cabeza”, alguna que, según los demás, ya tenía toda la vida resuelta, y el que tenía auto, que ya era otra liga: no todos tenían… y claro que el papá te prestara el suyo convertía una salida cualquiera en un acontecimiento. Qué poco sabíamos.
Nosotras, las chicas del jopo en alto, además, teníamos lo nuestro: mirábamos a los más grandes. Un chico de 17 o 18 años nos parecía un hombre hecho y derecho. Hoy pienso en eso y me da risa, porque seguramente él tampoco sabía qué hacer con su propia vida, pero nosotras lo mirábamos como si tuviera experiencia internacional.
Yo, por mi parte, estaba bastante segura de que lo mío era la radio y la comunicación. Del resto no pensaba demasiado, y creo que ahí está lo mejor de haber sido Generación Equis: porque no planeábamos el futuro, vivíamos el presente. Hoy hablo con chicos de 20, de 30, de 40, y todos terminan hablando de los ‘80 de la misma manera: la música sonaba a música, no a autotune producido en serie. Veíamos a las amigas todos los días, sin falta, porque no había otra forma de saber cómo estaba. Salíamos a la calle sin pedir permiso cada dos horas, sin avisar dónde estábamos, sin que nadie supiera exactamente cuándo volvíamos. Y con ese futuro tan poco trazado, cualquier cosa podía sorprendernos. A mí, por ejemplo, casarme y ser madre de tres hijos era lo que menos planeé, sin embargo lo que más me mueve hoy.
Una amiga me contó que de adolescente, si bailaba lento y el chico le rodeaba la cintura, ya alcanzaba para que alguien dijera que era una “trola”. Otra recuerda que le decían antipática, por seria. A otro, un amigo de mi generación, lo tildaban de bravo solo porque era el revoltoso del aula o el que se agarraba a piñas con quien sea en la calle. Otra amiga creció con la certeza de que la vida era justa, de que cada uno terminaba recibiendo lo que merecía, hasta que la vida le demostró que no necesariamente. Quizás eso sea crecer, descubrir que algunas de las cosas que tomábamos como verdades eran apenas opiniones ajenas, costumbres de época o frases dichas al pasar.
Entre esas verdades heredadas estaba la de que había que estudiar, tener un título y ser universitario para llegar lejos. Hoy no estoy tan segura: conozco gente que llegó lejísimo por caminos que no figuraban en ningún folleto universitario, con experiencia, oficio, curiosidad, capacidad de aprender y, muchas veces, bastante más coraje que diploma. Otra certeza que se cayó sola fue la de que algunos vínculos eran para toda la vida: nos casábamos para siempre, los amigos eran para siempre, la familia era para siempre. Muchos años después algunos descubrimos que no siempre, que hay personas que se quedan toda la vida y otras que nos acompañan solo una parte, y que eso no las vuelve menos importantes.
Nosotros, los de la Generación Equis, a los 15 queríamos saber quiénes éramos. Pasados los 50, entendimos algo mejor: no hacía falta. Aquel cuadrito de Aries me condenaba a impulsiva, intolerante, irritable e impaciente; la profesora me daba por perdida antes de tiempo; mi abuela apostaba justo lo contrario, sin exámenes ni diplomas de por medio. Entre semejante grupete de expertos cualquiera se hubiera resignado a un destino. Yo, por las dudas, no le di el gusto a ninguno. Y usted, estimado lector, seguramente cargó la suya también: la de sus viejos, la del cura de la parroquia, la del chico de la casa de enfrente y otras yerbas. Aún así las etiquetas se quedaron ahí pegadas en la pared, juntando polvo, o al menos eso suponemos. Zafamos…. Y de paso, a todos ellos les mandamos un beso.




