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No son los hijos de otros

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Hay noticias que conmocionan durante algunas horas. Las leemos, sentimos indignación, buscamos responsables y, casi sin darnos cuenta, seguimos adelante. Pero hay hechos que no deberían permitirnos seguir adelante tan fácilmente.

La denuncia conocida recientemente sobre estudiantes adolescentes que habrían utilizado inteligencia artificial para generar imágenes falsas de compañeras desnudas, compartirlas y comercializarlas es uno de ellos. Estamos ante un hecho gravísimo: hay violencia, humillación y una profunda vulneración de la intimidad y la dignidad de adolescentes. Una forma de violencia sexual digital que no puede ni debe ser minimizada y que debe ser severamente castigada.

Sin embargo, quizás debamos atrevernos a hacer una pregunta todavía más incómoda: ¿qué nos está pasando como sociedad para que adolescentes puedan llegar a considerar que el cuerpo, la intimidad y la dignidad de una compañera pueden convertirse en un objeto de diversión, intercambio o negocio?

La respuesta más fácil sería señalar exclusivamente a los jóvenes involucrados, condenar sus actos y pensar que estamos frente al problema de un grupo determinado de adolescentes, de algunas familias o de ciertas instituciones educativas. Incluso podríamos sentir cierto alivio pensando: “Mi hijo jamás haría algo así”. Pero tal vez esa sea precisamente la respuesta que debemos evitar. Porque cuando un adolescente cruza un límite de esta magnitud, el problema no empieza ni termina en ese adolescente.

Un hecho de estas características nos obliga a mirar a las familias, a las instituciones educativas, a los grupos de pares, a las redes sociales, a los contenidos que consumen nuestros hijos y a la forma en que, como sociedad, hablamos de la sexualidad, del consentimiento, de la intimidad y del respeto. Y, sobre todo, nos obliga a mirarnos a nosotros mismos, los adultos.

Durante años hemos cometido un error peligroso: abordar cada episodio de violencia, adicciones, acoso, bullying, apuestas online, tecnoadicciones o exposición sexual como si fuera un problema aislado. “Ese chico tiene problemas”, “esa familia no puso límites”, “en ese colegio pasan esas cosas”, “mi hijo no está en eso”. Pero los adolescentes no crecen en compartimentos estancos. Viven en una misma cultura. Comparten plataformas, códigos, desafíos, grupos, formas de vincularse y contenidos a los que muchas veces los adultos ni siquiera sabemos que están accediendo.

Por eso, el problema de un adolescente nunca es solamente el problema de ese adolescente. Cuando un grupo de jóvenes normaliza humillar a una compañera, tenemos un problema colectivo. Cuando alguien considera divertido difundir una imagen íntima, tenemos un problema colectivo. Cuando la tecnología permite hacer en segundos algo que puede destruir emocionalmente a otra persona y nuestros hijos no dimensionan las consecuencias, tenemos un problema colectivo. Y cuando los adultos nos enteramos únicamente después de que el daño ocurrió, también debemos preguntarnos qué conversaciones no tuvimos a tiempo.

Sería tentador responsabilizar a la tecnología. Y, sin duda, necesitamos discutir seriamente los límites, la regulación y la educación para el uso de estas nuevas herramientas. Pero no nos engañemos: la inteligencia artificial puede fabricar una imagen falsa; lo que no puede fabricar es la decisión humana de humillar a otra persona.

La tecnología amplifica, acelera y multiplica el alcance del daño, pero detrás de cada clic sigue existiendo una persona. Por eso, la educación tecnológica ya no puede limitarse a enseñarles a nuestros hijos a proteger una contraseña o evitar una estafa. Tenemos que enseñar algo mucho más profundo: que lo que hacemos detrás de una pantalla también habla de quiénes somos. Que la ausencia de contacto físico no elimina la violencia. Que una imagen falsa puede producir un sufrimiento absolutamente real. Que el consentimiento importa también en el mundo digital. Que compartir también es participar, que reenviar también puede hacer daño y que reírse o callarse puede contribuir a que la violencia continúe.

Y aquí aparece probablemente la pregunta más difícil: ¿dónde estamos los adultos?

Educar no es solamente pagar un buen colegio, preguntar cómo les fue en una prueba, controlar las calificaciones o saber a qué hora vuelven. Tampoco es comprarles un teléfono y confiar en que, por haber nacido rodeados de tecnología, sabrán utilizarla responsablemente. Hoy, ser padres también implica entrar en conversaciones que pueden resultarnos incómodas. Preguntar qué ven, qué comparten, de qué se ríen, qué sucede en sus grupos, qué consideran normal, cómo hablan de sus compañeros y compañeras y qué entienden por respeto cuando nadie los está mirando.

También significa estar dispuestos a escuchar respuestas que quizás no nos gusten. Porque muchas veces los adultos preguntamos esperando confirmar que todo está bien. Pero acompañar verdaderamente a un adolescente exige poder descubrir que no todo está bien y permanecer allí. Sin negar, sin justificar y sin refugiarnos inmediatamente en la frase: “Mi hijo no puede haber hecho eso”.

Nuestros hijos pueden equivocarse. Pueden hacer daño. Pueden ser víctimas, testigos o dejarse llevar por un grupo. Pueden cruzar límites. Y necesitan adultos capaces de intervenir antes de que una conducta se transforme en una tragedia.

Tal vez también tengamos que revisar qué entendemos por educar. No alcanza con decirles a nuestros hijos que no deben ser violentos; tenemos que enseñarles a no ser indiferentes frente a la violencia. No alcanza con enseñarles a no compartir una imagen; tenemos que enseñarles qué hacer cuando otro la comparte. No alcanza con hablar de respeto; tenemos que ayudarlos a reconocer las pequeñas formas de humillación, cosificación y desprecio especialmente a las mujeres, que muchas veces se disfrazan de humor, desafío o pertenencia grupal.

Porque entre una “broma” y una conducta gravísima no siempre existe un salto repentino. Muchas veces existe un camino construido por pequeñas normalizaciones, silencios, risas, límites que nadie puso y conversaciones que nunca tuvimos.

Por eso, lo sucedido no debería discutirse únicamente en las instituciones educativas directamente involucradas. Debería conversarse en todas las escuelas, colegios, clubes, instituciones que trabajan con adolescentes y, fundamentalmente, en todas las casas. No para sembrar miedo, convertir la crianza en una vigilancia permanente o demonizar a los adolescentes y a la tecnología. Sino para hacer algo mucho más importante: volver a estar presentes.

Tal vez hoy sea una buena oportunidad para sentarnos con nuestros hijos y preguntarles qué piensan de lo que pasó. Qué harían si recibieran una imagen así. Si la borrarían, la reenviarían o avisarían a alguien. Qué harían si quien la comparte fuera su mejor amigo. Qué sentirían si la víctima fuera su hermana, una amiga o alguien a quien quieren. Quizás las respuestas nos sorprendan. Quizás nos incomoden. Pero necesitamos escucharlas.

Por supuesto, los actos tienen consecuencias y deben existir las respuestas institucionales, educativas y legales que correspondan. Pero una sociedad adulta no puede limitarse a castigar después del daño. También tiene que preguntarse qué puede hacer antes.

Prevenir no es esperar a que aparezca un problema para actuar. Prevenir es educar cuando aparentemente todo está bien. Es conversar antes de la crisis, poner límites antes del daño y enseñar empatía antes de que alguien necesite desesperadamente que otro la tenga. Ningún padre puede garantizar que su hijo nunca se equivocará, pero todos podemos trabajar para que nuestros hijos tengan herramientas para reconocer un límite, pedir ayuda, reparar el daño y actuar frente a la injusticia.

Si nuestra única reacción frente a lo ocurrido es señalar a los adolescentes involucrados y continuar con nuestra vida, habremos perdido una oportunidad fundamental. Porque estos jóvenes no crecieron fuera de nuestra sociedad. Crecieron en ella. Son nuestros alumnos, nuestros hijos, los amigos de nuestros hijos. Y las adolescentes afectadas también podrían ser nuestras hijas.

Por eso, esta noticia no pertenece solamente a quienes estuvieron directamente involucrados. Nos pertenece a todos.

La pregunta no es únicamente qué hicieron esos adolescentes. La pregunta que debería inquietarnos mucho más es qué estamos haciendo nosotros, los adultos, para que nuestros hijos comprendan que la dignidad del otro nunca puede convertirse en una broma, un contenido, un desafío ni una mercancía.

No esperemos a que el próximo caso tenga el nombre de nuestro hijo o de nuestra hija para empezar a hablar.

La prevención empieza mucho antes de que aparezca el problema. Y empieza, casi siempre, con algo tan sencillo y tan difícil como sentarnos, mirar a nuestros hijos a los ojos y animarnos a conversar.

IG adriandallastaok

www.fundacionpadres.org

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