El reciente episodio ocurrido en un colegio de Tandil, donde un estudiante agredió brutalmente a un docente provocándole una fractura de mandíbula y obligándolo a ser internado, volvió a poner sobre la mesa una discusión incómoda, urgente y muchas veces evitada: la violencia en las escuelas ya no puede seguir siendo interpretada como un hecho aislado.
Porque no lo es.
Y quizás el mayor error que seguimos cometiendo como sociedad sea justamente ese: sorprendernos cada vez como si fuera la primera vez, como si cada episodio ocurriera en una burbuja, como si no existieran antecedentes, señales o advertencias previas.
Lo sucedido en Tandil no empezó el día de la agresión. Según relataron familias de alumnos del centro educativo, existían antecedentes de episodios violentos dentro de la institución, estudiantes lesionados de gravedad, situaciones de intimidación y señales de alarma que ya eran conocidas. Lo ocurrido fue el desenlace de algo que venía construyéndose silenciosamente, entre omisiones, normalizaciones y una preocupante dificultad para intervenir a tiempo.
Pero reducir el problema a una escuela, a un estudiante o incluso a una ciudad sería un grave error de análisis.
La violencia en las escuelas no nace en la escuela. La escuela la recibe. La contiene como puede. La refleja. La expone. Y muchas veces termina siendo el escenario visible de conflictos mucho más profundos que comenzaron mucho antes y mucho más lejos del aula.
Estamos frente a adolescentes que crecen en contextos de hiperestimulación, frustración inmediata, consumo problemático de pantallas, debilitamiento de los límites, vínculos familiares cada vez más erosionados, dificultades en la regulación emocional y una creciente naturalización de la agresión como forma de respuesta. Lo preocupante no es solamente la violencia física; es el deterioro progresivo de la convivencia, el aumento de conductas impulsivas, la intolerancia al conflicto y la pérdida de herramientas para tramitar emocionalmente aquello que duele, incomoda o frustra.
En demasiados casos, la agresividad aparece como lenguaje.
La escuela, históricamente pensada como espacio de transmisión de conocimientos, se encuentra hoy enfrentando desafíos que exceden ampliamente su rol original. A los docentes ya no solo se les exige enseñar: se les pide contener, detectar riesgos, mediar conflictos, intervenir en crisis emocionales, suplir ausencias familiares y, muchas veces, hacerlo sin herramientas suficientes, sin respaldo y bajo niveles de desgaste alarmantes.
Mientras tanto, seguimos reaccionando cuando la violencia ya explotó.
Cuando hay un video viral. Cuando un alumno termina hospitalizado. Cuando un docente debe ser operado. Cuando alguien termine muerto…..
Pero la verdadera pregunta es otra: ¿qué pasó antes? ¿Qué señales no vimos? ¿Qué situaciones minimizamos? ¿Cuántas veces escuchamos “son cosas de adolescentes”, “ya se les va a pasar” o “no fue para tanto”?
La violencia escolar no aparece de un día para otro. Se construye. Escala. Se anuncia. Generalmente empieza con pequeñas humillaciones, hostigamientos, amenazas, burlas, exclusiones, episodios de intimidación o conductas agresivas aparentemente menores que, al no ser abordadas de forma temprana, terminan consolidándose.
El gran problema es que seguimos interviniendo tarde.
Y mientras discutimos responsabilidades —si son las familias, la escuela, el Estado, las redes sociales o los cambios culturales— el problema continúa creciendo frente a nuestros ojos.
No se trata de buscar culpables; se trata de asumir responsabilidades compartidas.
La familia debe recuperar un rol activo en la formación emocional y en el establecimiento de límites claros. La escuela necesita más herramientas, equipos interdisciplinarios y dispositivos reales de prevención. El Estado debe comprender que la salud mental y la convivencia escolar dejaron de ser temas secundarios. Y como sociedad necesitamos dejar de romantizar ciertos discursos que confunden límites con autoritarismo y acompañamiento con permisividad.
Prevenir la violencia no significa castigar más; significa llegar antes.
Significa enseñar habilidades socioemocionales desde edades tempranas, trabajar la empatía, la tolerancia a la frustración, la resolución de conflictos, el manejo de emociones y el cuidado de los vínculos. Significa escuchar antes de que alguien grite, intervenir antes de que alguien golpee y contener antes de que el daño sea irreversible.
El caso de Tandil conmociona porque fue brutal. Pero no debería sorprendernos.
Nos tendría que preocupar más el hecho de que cada vez deja de parecernos excepcional.
Y quizás allí esté el verdadero problema.
Cuando una sociedad comienza a acostumbrarse a la violencia dentro de las escuelas, el riesgo ya no es solo lo que ocurre en el aula. El riesgo es aquello en lo que nos estamos convirtiendo. La pregunta, entonces, ya no es si volverá a ocurrir.
La pregunta es cuánto más vamos a esperar para actuar.
Lic. Adrián Dall’Asta
IG adriandallastaok
www.fundacionpadres.org






