Llega el fin de semana y el ritual de la desconexión comienza. Nos encerramos en la seguridad de nuestras casas, ajustamos la temperatura ambiente y nos hundimos en el sillón dispuestos a descansar de nuestra propia rutina. El plan para relajarnos muchas veces es contradictorio porque generalmente elegimos asomarnos al infierno. Navegamos por el catálogo de las plataformas hasta encontrar ese documental filmado en 4K donde todo es barro, cárcel y privación. Es ese momento justo en el que empieza nuestro ejercicio de turismo intelectual; un placer culposo de consumir la miseria ajena mientras esperamos que llegue la pizza y abrimos una birra.
Esta fascinación nuestra por el desastre no es empatía, es privilegio. Como turistas visuales intelectuales tenemos la ventaja de cerrar la pestaña cuando el dolor se nos vuelve demasiado denso o simplemente nos aburrimos de sufrir. Un clic nos devuelve a nuestra realidad intacta. En tanto el calvario de los que ponen el cuerpo en esa ficción real no termina cuando pasan los créditos; sus vidas quedan atrapadas ahí, listas para el próximo espectador. Esa capacidad de “apagar” el hambre o la violencia con un control remoto es lo que convierte nuestra supuesta sensibilidad en un acto de consumo cínico.
El conflicto ético nos habita de forma profunda y silenciosa. Mientras compramos “conciencia social” desde la comodidad de nuestra manta, alimentamos a toda una industria que cosecha premios y clics a costa de una realidad que no le pertenece. Directores, productores y plataformas monetizan un dolor al que nunca regresarán una vez que se apague la última luz del set. Se quedan con el galardón, mientras el protagonista se queda en el mismo barro, ahora filmado en alta definición.
Quizás, sin darnos cuenta, la forma más refinada de explotación moderna suceda ahí mismo, en la intimidad de nuestra casa. Transformar el living familiar, con la pantalla gigante de frente para contemplar a los que no tienen nada es un acto perverso. Usamos la vulnerabilidad del otro para validar nuestra propia superioridad moral, para sentirnos personas profundas que “entienden lo que pasa”. Sin embargo, la verdad detrás de este hábito es mucho más incómoda, solo estamos mirando el naufragio desde el muelle, disfrutando del espectáculo de las olas sin mojarnos la ropa.
Hacer de la vulnerabilidad un pasatiempo no nos hace más conscientes, nos hace más hipócritas. Aún así, seguramente, muchos de nosotros volveremos este fin de semana a encender la pantalla y a elegir el horror como entretenimiento. Así que mis queridos lectores es hora de que admitamos que, en el fondo, no buscamos entender el dolor del mundo; solo necesitamos mirar a los que se están ahogando para convencernos de que nosotros, al menos por unas horas, estamos a salvo.





