Hay fenómenos que parecen pequeños, casi anecdóticos, hasta que de pronto ocupan conversaciones familiares, titulares de noticias, grupos de WhatsApp, filas en kioscos, discusiones entre adultos y pedidos insistentes de chicos. Las figuritas del Mundial son uno de esos fenómenos. En apariencia, hablamos de papel impreso, de un álbum, de sobres cerrados y de jugadores que hay que completar. Pero, si miramos un poco más profundo, lo que aparece es mucho más interesante: una escena social donde se cruzan la infancia, el consumo, la ansiedad, la pertenencia, el mercado, la ilusión y una necesidad muy humana de participar de algo colectivo.
En Argentina, el álbum del Mundial 2026 volvió a activar una fiebre conocida. Según medios nacionales, ya se registraron faltantes, denuncias de sobreprecios, reclamos de kiosqueros por la distribución y una reventa que en algunos casos multiplicaría ampliamente el precio de referencia de los sobres. También se reportaron escenas llamativas: intercambios masivos en plazas, álbumes agotados, familias recorriendo kioscos, aplicaciones para encontrar figuritas y hasta noticias insólitas vinculadas al contrabando o traslado irregular de mercadería del Mundial.
La pregunta, entonces, no es solamente por qué se agotan las figuritas. La pregunta más interesante es: ¿qué nos pasa como sociedad cuando algo tan simple despierta una necesidad tan intensa?
El Mundial como permiso emocional
Cada Mundial habilita algo que en la vida cotidiana suele estar más contenido: la emoción compartida. Durante unas semanas, millones de personas se permiten hablar de lo mismo, esperar lo mismo, sufrir por lo mismo, celebrar lo mismo. El fútbol, especialmente en Argentina, no es solo deporte. Es memoria familiar, identidad nacional, conversación de mesa, promesa de alegría, herencia entre generaciones.
Las figuritas funcionan como una puerta de entrada a ese clima. El chico que pide sobres no está pidiendo solamente papel. Muchas veces está pidiendo participar. Quiere tener lo que tienen sus compañeros, hablar de lo que se habla en el recreo, cambiar repetidas, buscar la difícil, mostrar el álbum, estar dentro de la escena. Y el adulto que compra no siempre compra solo por el hijo. A veces compra también para reencontrarse con su propia infancia.
Ahí aparece algo hermoso: padres, madres, abuelos, tíos y chicos compartiendo una búsqueda. El álbum puede convertirse en un puente generacional. El adulto recuerda su propio Mundial, su propio kiosco, sus propias figuritas difíciles. El niño descubre una experiencia que no es completamente digital, que exige espera, intercambio, conversación, azar y encuentro.
Pero como suele pasar con los fenómenos masivos, lo que empieza como juego puede transformarse rápidamente en presión.
La escasez como combustible del deseo
Una de las claves del fenómeno es la escasez. Cuando algo falta, vale más. No necesariamente porque sea más importante, sino porque se vuelve más deseado. La psicología del consumo estudia desde hace años cómo la disponibilidad limitada aumenta la percepción de valor y acelera las decisiones de compra. Una revisión amplia sobre tácticas de escasez en marketing, basada en 131 estudios, muestra que los mensajes o contextos de disponibilidad limitada influyen en la intención de compra y en la valoración del producto.
Con las figuritas, esa lógica se multiplica. No solo falta el producto en algunos kioscos; además, cada sobre contiene una promesa incierta. Nadie sabe qué va a tocar. Puede aparecer la que falta, la repetida número veinte o la figurita esperada de Messi. Esa combinación entre escasez, azar y expectativa genera una experiencia emocional mucho más intensa que una compra común.
No compramos solamente un sobre. Compramos la posibilidad.
Y esa posibilidad, cuando se vuelve colectiva, se contagia. Si todos buscan, yo también busco. Si todos dicen que no hay, yo quiero conseguir. Si alguien consiguió, yo siento que llegué tarde. Así nace una pequeña economía emocional de la urgencia: “comprá ahora”, “se acaban”, “no hay más”, “me dijeron que mañana entran”, “en tal kiosco quedan”.
La figurita deja de ser un objeto y se convierte en señal de acceso.
El sobre cerrado y la cultura de la recompensa inmediata
El éxito de las figuritas también dialoga con una época acostumbrada a la gratificación rápida. Vivimos rodeados de estímulos breves: notificaciones, likes, promociones relámpago, algoritmos que ofrecen novedad permanente. El sobre de figuritas, aunque sea un objeto tradicional, funciona con una lógica sorprendentemente actual: misterio, expectativa, apertura, recompensa posible y deseo de repetir.
La psicología llama a esto recompensa variable: no saber exactamente cuándo llegará aquello que buscamos puede aumentar la conducta de insistir. Investigaciones y análisis sobre consumo señalan que la incertidumbre, la rareza y la posibilidad de obtener “la difícil” son parte central del atractivo de los coleccionables cerrados. Fuente: “The Rowan Center of Medicine”
Esto no significa demonizar el álbum ni decir que juntar figuritas sea peligroso. Sería una lectura exagerada. Pero sí nos permite comprender por qué a veces el entusiasmo escala tan rápido. El problema no está en coleccionar. El problema aparece cuando el juego deja de ser juego y se convierte en ansiedad, presión o mandato.
Cuando el niño siente que “si no tengo el álbum, quedo afuera”.
Cuando el adulto siente que “tengo que conseguirlo como sea”.
Cuando la familia entra en una carrera de consumo que ya no se disfruta.
Cuando la falta de una figurita produce más angustia que ilusión.
Ahí el fenómeno nos empieza a hablar de algo más grande.
Lo que las figuritas muestran de nosotros
Las modas explosivas tienen una virtud: exageran rasgos de la época. Funcionan como un espejo. Las figuritas del Mundial muestran, por ejemplo, nuestra dificultad para esperar. También muestran el peso del grupo, la necesidad de pertenecer y el modo en que el consumo se mete en la vida afectiva.
Ningún padre quiere que su hijo quede afuera. Esa frase, tan simple, explica muchas compras. A veces no se compra por deseo propio, sino para evitar una frustración. Y ahí aparece una pregunta educativa muy valiosa: ¿toda frustración debe ser resuelta con una compra?
Quizás el álbum sea una oportunidad para conversar sobre límites, paciencia y deseo. Para enseñar que no todo se consigue inmediatamente. Para explicar que completar algo lleva tiempo. Para mostrar que se puede disfrutar sin tenerlo todo. Para diferenciar ilusión de desesperación.
En tiempos donde muchas infancias crecen rodeadas de estímulos inmediatos, el álbum podría ser una escuela sencilla de espera. Pero para que eso ocurra, los adultos tenemos que corrernos del apuro. No transformar el deseo del niño en una emergencia familiar.
No criticar la moda, leer la moda
Sería fácil burlarse del fenómeno. Decir que es una locura, que la gente exagera, que hay problemas más importantes. Y, por supuesto, hay problemas más importantes. Pero las sociedades también se entienden por sus pequeñas obsesiones. Lo aparentemente menor muchas veces revela climas profundos.
La fiebre por las figuritas habla de consumo, pero también de esperanza. Habla de mercado, pero también de comunidad. Habla de ansiedad, pero también de encuentro. Habla de chicos, pero también de adultos que necesitan volver por un rato a un territorio más simple, donde la felicidad podía estar en abrir un sobre y encontrar justo la que faltaba.
Por eso la mirada no debería ser moralizante. No se trata de decir “esto está bien” o “esto está mal”. Se trata de preguntarnos qué hacemos con eso. Cómo acompañamos. Cómo ponemos límite sin apagar la ilusión. Cómo disfrutamos sin caer en la compulsión. Cómo enseñamos que el deseo es parte de la vida, pero que no todo deseo tiene que ser satisfecho en el instante.
Una oportunidad para padres
Para las familias, el fenómeno puede ser una gran excusa educativa. No hace falta dar discursos largos. A veces alcanza con pequeñas conversaciones:
“Vamos a comprar tantos sobres por semana.”
“Si sale repetida, la guardamos para cambiar.”
“No vamos a pagar cualquier precio.”
“Completar el álbum no es una obligación.”
“Lo más lindo también es juntarse a cambiar.”
“Podés desear algo sin desesperarte.”
Ahí el adulto recupera su lugar. No como enemigo del disfrute, sino como organizador del deseo. Los chicos necesitan ilusión, pero también necesitan bordes. Necesitan entusiasmo, pero también adultos que no se contagien de cada urgencia del mercado.
Porque el mercado suele hablar en clave de escasez: “últimos”, “agotado”, “imperdible”, “ahora o nunca”. La familia, en cambio, puede ofrecer otra lógica: tiempo, criterio, conversación, espera.
El álbum que realmente estamos completando
Tal vez el atractivo de las figuritas sea que nos proponen una tarea clara en un mundo bastante incierto: llenar espacios vacíos. Cada casillero espera una imagen. Cada sobre promete una posibilidad. Cada intercambio acerca un poco más a la meta.
Pero la vida familiar también se completa así: con escenas pequeñas, con conversaciones, con límites, con recuerdos compartidos. Un álbum puede ser solo un álbum. O puede ser una oportunidad para enseñar algo sobre el deseo, el dinero, la espera, la pertenencia y la frustración.
La locura por las figuritas no debería preocuparnos por sí misma. Lo que debería ocuparnos es qué hacemos los adultos cuando la locura aparece. Si corremos detrás de ella sin pensar, o si la usamos como una oportunidad para mirar la época y acompañar mejor a nuestros hijos.
Porque, al final, quizá la figurita más difícil no sea la de Messi, ni la del jugador que nadie consigue.
Quizá la figurita más difícil sea otra: la de una infancia que pueda ilusionarse sin quedar atrapada en la urgencia de tenerlo todo ya.






