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Adorni, el fusible que no quiere quemarse (y un Gobierno que juega con fuego)

El próximo 29, el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, deberá sentarse frente a la Cámara de Diputados para responder cerca de 5000 preguntas en una sesión que promete más tensión que respuestas, más espectáculo que control institucional y, sobre todo, más política que gestión. Lo peculiar —o lo sintomático— es que no estará solo: el presidente Javier Milei decidió acompañarlo, en una escena que rompe la lógica histórica de la democracia argentina, donde el jefe de Gabinete suele ser fusible y no figura protegida por el propio jefe de Estado.

Porque si algo definió siempre ese rol fue su capacidad de absorber el golpe. El pararrayos que se quema antes que la casa. Pero en esta arquitectura libertaria del poder, el diseño parece otro: el presidente baja al campo, se mezcla con el ruido y se expone a la descarga. Una jugada que puede ser interpretada como audacia o como una innecesaria cercanía al riesgo.

El clima ya está cargado antes de que empiece la sesión. Desde el entorno de Adorni anticipan que muchas preguntas —especialmente las vinculadas a la compra de propiedades— serán consideradas “no pertinentes”. Una definición prolija para un problema que, en política, nunca se queda quieto. La oposición, por su parte, no parece interesada en prolijidades: irá a buscar fisuras, inconsistencias, silencios incómodos.

Hay quienes imaginan una escena áspera, con tonos elevados y gestos teatrales, una especie de remake de la Asamblea Legislativa del 1 de marzo, cuando Milei convirtió el recinto en un escenario de confrontación directa. Otros hablan de carpetazos, ese viejo lenguaje de la política que sobrevive a todas las épocas, como si fuera un idioma paralelo que nadie reconoce pero todos entienden.

El volumen de preguntas —casi 5000, con 450 solo en el área de Trabajo— transforma la sesión (para los asesores de Adorni), en algo más cercano a un interrogatorio masivo que a un ejercicio de control institucional. No se trata solo de responder: se trata de resistir.

En ese contexto, la decisión de Milei de acompañar a Adorni adquiere otra dimensión. No es solo respaldo político: es una apuesta. Porque si el jefe de Gabinete queda expuesto, el Presidente también. Y si logra sostenerse, el costo igual ya fue pagado: el Gobierno acumula una caída de más de 6 puntos en imagen desde que estalló el affaire.

Mientras tanto, el oficialismo intenta avanzar con su reforma electoral, una pieza clave de su proyecto político. Eliminación de las PASO, cambios en el financiamiento y Ficha Limpia son los ejes visibles, pero el verdadero partido se juega en el Congreso, donde los números no cierran con facilidad: se necesitan 129 votos en Diputados y 37 en el Senado. En la Casa Rosada lo admiten sin rodeos: “la reforma así como está, no sale. Te diría que lo único seguro, sería Ficha Limpia”, afirma un ministro.

La jugada estratégica de atar la eliminación de las PASO con Ficha Limpia es tan evidente como incómoda. Obliga a la oposición a definirse en un terreno resbaladizo: rechazar el paquete implica quedar expuesto frente a una bandera que muchos de esos mismos sectores impulsaron durante años. Gastón Marra, que no es Ramiro, y es el impulsor de Ficha Limpia, me dijo: “Repito, solo espero que no sacrifiquen la iniciativa ciudadana ficha limpia. Habrá mucho enojo. Mucho más que en 2024 y 2025”.

Pero del otro lado también hay cálculo. Sin PASO, cada espacio queda librado a su propia capacidad de orden interno. Y ahí es donde el peronismo muestra su tensión más profunda: una convivencia incómoda entre Axel Kicillof y Cristina Kirchner, dos polos de poder que se necesitan pero no terminan de alinearse. La falta de una conducción unificada genera un escenario fragmentado, donde cada sector avanza con su propio mapa, como si la unidad fuera un destino deseado pero no una práctica concreta.

Los gobernadores conversan entre sí, mucho más de lo que se conoce. Raúl Jalil, el mandatario catamarqueño aliado del gobierno nacional, dijo en una mesa junto a allegados, que “Milei así como está, no tienen reelección”. Ya empezaron a reconstruir puentes en el peronismo. Jaldo también habla mas de lo que se sabe con Manzur. Todavía falta mucho, pero si la economía no repunta, los aliados comenzarán mas temprano que tarde, a despegarse.

En ese tablero aparece otra negociación, menos visible pero más determinante: la reelección de los intendentes bonaerenses. Si la ley no se modifica, 82 jefes comunales no podrán competir en 2027. Y ahí es donde la política muestra su versión más pragmática. Se empieza a discutir un posible acuerdo transversal: votos libertarios para habilitar las reelecciones a cambio del respaldo peronista a la Boleta Única de Papel en la provincia.

Es un intercambio clásico, casi de manual: poder territorial por reglas de juego. Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo entienden. Porque en política, los grandes discursos suelen convivir con pequeñas negociaciones silenciosas que terminan definiendo el rumbo.

Mientras tanto, los gobernadores miran con atención el artículo 25 del proyecto, ese que permite pegar la boleta local con la figura presidencial. No es un detalle técnico: es una herramienta electoral de alto impacto. Una invitación implícita a subirse a la ola de Milei o, al menos, a no quedar fuera de ella.

El escenario que se perfila es el de una reforma fragmentada: algunos puntos avanzarán, otros quedarán en el camino o serán desdibujados. No será la transformación total que imagina el oficialismo, pero tampoco un fracaso completo. En la política argentina, muchas veces, sobrevivir ya es una forma de victoria.

Pero antes de todo eso está el 29. Ese día en el Congreso donde Adorni deberá hablar, esquivar, sostener o improvisar. Donde Milei estará presente, desafiando la tradición y asumiendo el costo de estar demasiado cerca del problema.

Y donde quedará en evidencia algo más profundo: que este Gobierno no evita el conflicto, pero todavía está midiendo cuánto le cuesta atravesarlo sin quemarse.

Porque en la política —como en los sistemas eléctricos— hay una regla que nunca falla: cuando la tensión sube demasiado, alguien siempre termina haciendo de fusible. Y esta vez, todavía no está claro quién.

PD: La decisión de cerrar la Sala de Periodistas en la Casa de Gobierno, es totalmente antidemocrática. Ojo muchachos, que se están pasando límites. No vaya a ser cosa que después tengamos que arrepentirnos. Están a tiempo de corregir lo que entiendo, debe haber sido un error.

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