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El futuro cancelado: ¿Se terminaron las utopías?

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“Queremos jóvenes comprometidos con el mañana, pero les hablamos como si el mañana ya estuviera perdido.”

Hay algo curioso —y preocupante— en muchas conversaciones entre adultos cuando hablamos del futuro. En la mesa familiar, en la puerta del colegio, en la televisión o en las redes sociales, aparece una frase que se repite como un mantra resignado: “Esto no va a cambiar nunca”.

La escuchan nuestros hijos. La escuchan nuestros alumnos. La escuchan los adolescentes.

Y la incorporan.

Los adultos solemos decir que estamos preocupados por los jóvenes. Nos inquieta el consumo de alcohol, la expansión de las drogas, el tiempo excesivo frente a las pantallas, la hiperconectividad, el impacto de las redes sociales, la alimentación, el sedentarismo o la salud mental. Nunca antes habíamos tenido tanta información sobre los riesgos que atraviesan la adolescencia.

Sabemos muchísimo.

Pero sabemos de manera fragmentada.

Sabemos de tecnología por un lado, de nutrición por otro, de salud mental por otro, de adicciones por otro. Tenemos especialistas para cada problema. Informes, estadísticas, congresos y estudios. Sin embargo, mientras acumulamos conocimiento, vamos perdiendo algo mucho más profundo: el relato que le damos a los jóvenes sobre el futuro.

Y ese relato, cada vez más, es un relato distópico.

Para entenderlo rápido: una utopía es la idea de que el mundo puede mejorar, que vale la pena transformarlo. Una distopía, en cambio, es lo contrario: la sensación de que todo está condenado a empeorar y que no hay mucho por hacer.

Si escuchamos a muchos adultos hablar delante de los jóvenes, el mensaje dominante es claramente distópico.

“Este país no cambia más.”
“Ya sabés cómo es Argentina.”
“La vida es así.”
“Preparáte porque el futuro va a ser peor.”

“El mundo en guerra”
“Nada funciona.”

Sin darnos cuenta, estamos educando en la resignación.

Y esto genera una contradicción enorme.

Porque al mismo tiempo que transmitimos ese pesimismo estructural, pretendemos que los jóvenes proyecten su vida: que estudien, que se comprometan, que trabajen, que construyan un futuro, que formen una familia, que planifiquen.

Pero ¿cómo se proyecta una vida en un relato donde el futuro está perdido?

La adolescencia es justamente la etapa donde aparece la utopía. Es el momento de la vida en que las personas empiezan a preguntarse cómo debería ser el mundo y cómo podrían cambiarlo. La energía transformadora de los jóvenes nace de esa convicción: las cosas pueden ser distintas.

Cuando los adultos cancelamos esa posibilidad, ocurre algo muy lógico.

Los adolescentes dejan de mirar hacia adelante.

Y empiezan a vivir solo en el presente.

Muchas de las conductas que hoy preocupan a los adultos —el “vivir el momento”, el desinterés por el largo plazo, la dificultad para comprometerse con proyectos— no nacen solamente de la tecnología o de las redes sociales. También nacen de un clima cultural donde el futuro aparece como algo incierto, inestable o directamente inviable.

Si el mañana no promete nada, ¿para qué esforzarse hoy?

Si todo va a estar peor, ¿para qué postergar el placer?

Si el sistema está roto, ¿para qué creer en los proyectos?

El problema no es que los jóvenes no tengan ideales. El problema es que los adultos estamos dejando de ofrecerlos.

Y esto no significa negar los problemas reales. La adolescencia actual enfrenta desafíos enormes. La tecnología, las presiones sociales, la velocidad de la información, la incertidumbre económica o ambiental son parte del mundo en el que viven.

Pero reconocer los problemas no es lo mismo que rendirse ante ellos.

Los adultos tenemos una responsabilidad que va más allá de advertir riesgos: tenemos que sostener una idea de futuro.

No un optimismo ingenuo.
No una fantasía desconectada de la realidad.

Pero sí una convicción básica: las cosas pueden mejorar si alguien se compromete a cambiarlas.

Cada generación necesita esa promesa.

Porque nadie se compromete con un mundo que le dicen que ya está perdido.

Tal vez una de las tareas más urgentes de la crianza hoy sea recuperar el lenguaje de la posibilidad. Volver a hablar con los jóvenes de proyectos, de construcción, de transformación.

No se trata de negar las dificultades del presente.

Se trata de no cancelar el futuro delante de quienes recién están empezando a construirlo.

Porque cuando los adultos dejamos de imaginar un mundo mejor, los jóvenes dejan de intentar crearlo.

Lic. Adrián Dall’Asta –

www.fundaciónpadres

IG adriandallastaok

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