Hay presidentes que gobiernan y otros que hacen campaña. Javier Milei decidió, desde el primer día, no elegir: gobierna como quien milita y milita como quien gobierna. Vive en campaña permanente, no por capricho sino por necesidad. La derrota del 7 de septiembre fue una alarma que sonó fuerte, incluso para quienes se jactan de no escuchar a nadie. El experimento de correr a Santiago Caputo de la coordinación bonaerense duró lo que duran las herejías en el poder: poco. El pragmatismo —ese viejo amigo de la política real— volvió a sentarse a la mesa. Caputo recuperó la botonera comunicacional y Karina Milei se quedó con el armado territorial y político. Cada uno en lo suyo. Orden, aunque sea tenso.
La Secretaria General de la Presidencia confía en pocos. Poquísimos. Martín y Lule Menem, Sebastián Pareja. Un círculo chico para un país enorme. Entienden algo elemental: Milei no puede darse el lujo que se dio en 2023. No alcanza con la épica digital ni con el grito afinado para redes. Hay que pisar provincias, tocar manos, dejarse querer. Por eso Jesús María. Por eso el festival que antes era “gasto inútil” hoy es tradición que “nos hace quedar bien en el mundo”. La política también es memoria corta y contradicción larga.
Milei cantando Amor Salvaje con el Chaqueño Palavecino no fue una postal folclórica: fue una señal. Los festivales que no gustaban ahora endulzan oídos. El Presidente entendió —quizás tarde, pero entendió— que la batalla cultural también se libra con bombos y guitarreadas, no solo con papers libertarios. El rock libertario dio paso, por una noche, al folklore popular. Nada es casual cuando hay poder en juego.
En Córdoba marcó territorio. No hubo foto ni saludo con Martín Llaryora. Fue una decisión quirúrgica. Primera vez del Presidente en una fiesta masiva que no controla La Libertad Avanza, lejos de sus propios escenarios armados a medida. Kirchner en 2004, Macri en 2017: ambos fueron cuando estaban arriba. Milei también lo está.
La provincia de Buenos Aires es el botín mayor. El sueño 2027 se juega ahí. Los libertarios quieren, al menos ahora, poner un pie en la Corte bonaerense. Gobernabilidad anticipada, dicen. Poder preventivo. Por eso Mar del Plata, por eso la Derecha Fest en la costa, por eso la consigna de batalla cultural versión verano. Todo sirve si suma músculo político.
Karina tiene su candidato: Sebastián Pareja. Pero deja caminar a Diego Santilli. En política, dejar caminar no es amor: es cálculo. Mientras tanto, la verdadera billetera no está en el Ministerio del Interior sino en Economía. Luis Caputo puso a Carlos Frugoni en un lugar clave: Infraestructura. Obras, votos, Congreso. Santilli recorre y ablanda, pero el que habilita es “Toto”. La política se hace con suelas gastadas, pero se gana con firmas. No olvidemos que mientras se dan festivales, sierra, sol y playa, el trasfondo político está en la Reforma Laboral.
Milei ningunea a Axel Kicillof, pero necesita un enemigo. Lo sabe. Y Kicillof también. El Gobernador se sube a la polarización y grita “devolvé lo que le robaste a la Provincia”. Fondo educativo, salud, jubilaciones, obra pública. El tono sube porque la pelea ya empezó. Magario, la vicegobernadora de la Provincia, empuja la reelección indefinida de los intendentes, Cristina, y Máximo la frenan. A Sergio no le gusta, pero daría número para llegar al quórum. Las manos en todos los platos. El PJ bonaerense es una caldera. Internas, padrones, afiliaciones, plazos que corren más rápido que los acuerdos. El 8 de febrero vence el plazo para la presentación de las listas, y asoma como fecha límite. Unidad o ruptura. Nada intermedio.
Los intendentes avanzan, La Cámpora resiste. Katopodis, Alak, Ferraresi levantan la mano. Del otro lado, Mayra Mendoza, Otermín. Listas que se arman, se esconden y se vuelven a armar.
Y ahí, detrás del telón, aparecen los números. Inflación interanual celebrada como gol en final del mundo, mientras la mensual vuelve a trepar. Desde junio de 2025, el costo de vida no bajó: sube de a poco, como marea silenciosa. Empleo que cae, empresas que cierran, trabajadores que desaparecen de las estadísticas. Casi 200 mil empleos privados menos desde que Milei llegó al poder. Menos empleadores, menos unidades productivas. Ajuste real, aunque el discurso diga otra cosa.
Pero atención: para contener a los que quedan al borde, Milei hace peronismo. Duplicó el poder de compra de la AUH. Asistencia directa, sin intermediarios. Cuatro millones de personas. ¿Es el colchón que no tuvo Menem cuando llegó la recesión? ¿Puede sostener su modelo con AUH y trabajos “trash” que absorban a los expulsados del sistema formal, como Uber o Rappi? ¿Puede la motosierra convivir con el Estado social mínimo sin romperse?
La inflación promete ser pulverizada en agosto. Ya lo escuchamos antes. Mientras tanto, tarifas que suben, empresas que bajan la persiana y un silencio social que inquieta más que el ruido. Porque cuando nadie protesta no siempre es paz: a veces es miedo.
Señoras y señores, apaguen los celulares. La función ya empezó. Y como en todo buen teatro argentino, el público todavía no sabe si lo que está viendo es una obra maravillosa ganadora de grandes premios, comedia, drama… o una tragedia con intervalos musicales.





