No sólo fue la derrota electoral. No podía ser de otra manera. Otra evidencia quedó expuesta: la delegación de poder que Javier Milei hizo en su hermana no podía terminar bien. Gobernar un país en crisis no se improvisa. Requiere conocimiento, instinto y, sobre todo, haber transitado antes el camino de la política y de la gestión pública. Pero la marginalidad de la casta, arrodillada ante Karina Milei, tomó las riendas del poder.
Ignoraron el talento de Santiago Caputo, el estratega que los había llevado al triunfo y que sabe de campañas, aunque no de gestión. Y mientras la economía se contraía, el equilibrio fiscal se volvía un artificio que no cerraba al sumar los intereses de la deuda, los casos de supuesta corrupción crecían como maleza y los enfrentamientos se multiplicaban: jubilados, discapacitados, universidades, gobernadores aliados y hasta el Garrahan; el final ya se vislumbraba, inevitable, como una tormenta anunciada. Pero lo profundo de la crisis, sorprendió a todos. El 14% de diferencia en la Provincia de Buenos Aires, era inesperado para propios y extraños.
Hoy todos se apuntan entre sí. Los Menem –“Lule” y Martín– se la devuelven a Caputo. Bullrich intenta apagar el incendio con un balde de cautelares y una denuncia penal que apenas disimula la sospecha de espionaje interno, y pone al borde de la destitución al juez Maraniello que fue quien le dió curso a la denuncia de la denominada “censura previa”. Karina Milei queda expuesta en los audios, y el “topo” se convierte en la nueva figura de la tragicomedia libertaria.
La teoría oficial habla de grabaciones clandestinas en reuniones privadas dentro de la Casa de Gobierno y del Congreso, donde la hermana del Presidente atendía de a uno. Si es cierto, entonces el fuego está en casa.
Mientras tanto, la causa por corrupción ya tomó vuelo propio. Con la declaración de Fernando Cerimedo –ex estratega digital de Milei y ex dueño de La Derecha Diario– la hipótesis de nulidad por audios grabados de forma ilegal quedó en un segundo plano. Ahora hay testimonios, y eso tiene peso en Tribunales.
En paralelo, el mercado de los laboratorios descorcha champán. La caída en desgracia de Suizo Argentina y de los Kovalivker libera la cancha de un jugador incómodo y abre el tablero a competidores voraces. La interna entre socios de la Suizo –Kovalivker y Viner– no hace más que desnudar lo obvio: en la Argentina, política y negocios son vasos comunicantes.
La trama de Suizo Argentina se oscurece aún más con la versión de un millón y medio de dólares puestos en manos de un hombre en Miami (DR) para tapar el escándalo. Una maniobra que, lejos de resolver el problema, lo agiganta. Y aparece otro nombre propio operando desde Buenos Aires para tratar de hacer desaparecer la noticia de los medios: una empresaria de peso (Be B), con conexiones en el mundo petrolero.
El fiscal Picardi avanza entre registros, visitas, dólares circulando en Nordelta y cajas de seguridad. Y la pregunta que nadie formula pero todos insinúan en el Círculo Rojo, es si el hilo puede llegar hasta la antesala del poder presidencial. Y en ese caso: ¿qué hará el presidente si su hermana termina declarada culpable por la justicia? Porque Milei ya venía arrastrando sospechas en su contra: la promoción de criptomonedas, la contratación de empresas ligadas a los Menem en el Banco Nación y la Obra social de los trabajadores rurales, y ahora el manejo de fondos para discapacidad. Y la delegación de poder solo confirmó lo que muchos advertían: Si el presidente no se ocupa de la política, corre riesgos por partida doble.
El viernes, el presidente bajó la orden. “Si se meten con Karina, se meten conmigo. Salgan a bancar”. Las redes se volvieron a activar. El problema está sobre todo en el fuego amigo. Los integrantes de las Fuerzas del Cielo, son los que pidieron las renuncias de Sebastián Pareja, del ex comisario Maximiliano Bordarenko, y de Lule Menem. Por elevación, pedían el corrimiento de Karina Milei. Santiago Caputo pensó que iba a salir fortalecido. Quedó claro que no fue así. Tanto en la “Mesa Nacional” como en la “Mesa Bonaerense”, quedó ratificado que el poder lo ostenta “El Jefe”, y que cualquiera que se interponga en su camino, rodará.
El primero en salir a plantar bandera, fue el jefe de Gabinete Guillermo Francos, contra el Gordo Dan, por los dichos sobre Juez y su hija. Inmediatamente un hombre de su riñón como Lisandro Catalán, tuvo un ascenso como Ministro del Interior. Adorni dijo que Dan no es el Gobierno. Santiago Caputo quiere volver a acercar a Joaquín de la Torre, que se fue peleado con Pareja.
El deterioro no es solo político, es cultural. La épica libertaria de campaña la había diseñado Caputo. Pero en la gestión todo se diluyó en improvisación amateur y en la cooptación por parte de, como lo definió Alejandro Borenstein, el “Club de los Malos”.
En medio del caos, aparece un símbolo inquietante. Desde una cuenta troll vinculada a Caputo se ordena ejecutar la “Orden 66”. Sí, la misma de Star Wars: El Gran Ejército de la República Galáctica (serían Las Fuerzas del Cielo), estaban formados por clones creados en el planeta Kamino a partir del ADN del cazador de recompensas Jango Fett. Estos soldados clon, criados y entrenados para la guerra, fueron presentados como la herramienta para defender a la República durante las Guerras Clon contra los separatistas (los Menem y Pareja).
Sin embargo, en realidad eran el instrumento secreto de Palpatine para llevar adelante su plan: con la Orden 66, los clones se volvieron contra los Jedi y ejecutaron la purga que permitió el nacimiento del Imperio Galáctico.
Una metáfora casi obscena: el poder reducido a un meme de destrucción interna. Cuidado allí. Porque lo que se destruye no es un adversario, ni una facción. Y en la política real no hay clones ni galaxias lejanas: hay un país en crisis, con gente que no llega a fin de mes, Pymes que cierran, empleos que se pierden y una sociedad exhausta.
La pregunta es si en el oficialismo, entienden que no se trata de memes ni de ficciones. Porque cuando los gobiernos empiezan a ejecutar su propia Orden 66, lo que se destruye no son Jedi ni repúblicas galácticas: lo que se destruye, es la legitimidad de gobernar.





