Hace poco sufrí una pérdida familiar de una forma bastante trágica. Fue uno de esos momentos en los que la vida te sacude y te deja sin respuestas. Y ahí aparecieron las preguntas: ¿Podría haber hecho algo para evitarlo? ¿Hasta dónde tenemos poder sobre lo que nos sucede? ¿Cuánto podemos realmente controlar?
Nos gusta pensar que si hacemos las cosas “bien”, todo saldrá como esperamos. Que hay una lógica clara, que podemos preverlo todo, que la vida responde a nuestros planes. Pero cuando algo inesperado ocurre, cuando la realidad no encaja en nuestro esquema mental, aparece la frustración, la lucha interna, la sensación de que algo salió “mal”.
Pero, ¿y si no se trata de que algo esté mal?
La necesidad de control muchas veces nace del miedo: miedo a la incertidumbre, a la pérdida, al dolor. Queremos aferrarnos a certezas porque nos da seguridad. Pero la vida, con su propia inteligencia, no se rige por nuestras reglas.
Y en ese desajuste entre lo que imaginábamos y lo que es, tenemos dos opciones: resistirnos o aceptar.
Cuando soltamos la resistencia, sucede algo transformador: dejamos de gastar energía en pelear contra lo inevitable y abrimos espacio para la calma, la claridad y el aprendizaje.
Dejar de resistir para empezar a vivir
Cuestioná la ilusión del control: No todo depende de vos, y eso no es un problema, es parte del juego de la vida.
Preguntate en vez de afirmar: En lugar de “esto no debería ser así”, probá con “¿Qué puedo aprender de esto?”
Confiá en el proceso: La vida tiene una lógica más grande que la nuestra. A veces, lo que hoy parece un obstáculo, con el tiempo se revela como un camino.
Permitite fluir: La rigidez agota, la flexibilidad libera. Soltar el control no es rendirse, es hacer espacio para nuevas posibilidades.
La paz no está en entender todo, sino en aceptar lo que es. Y desde ahí, con humildad y apertura, la vida nos sorprende.







