En los últimos días volvió a generar preocupación un desafío que circula en redes sociales y que propone a niños y adolescentes “desaparecer” durante 48 horas, sin avisar a sus familias ni dar información sobre dónde se encuentran. No es un fenómeno completamente nuevo: este tipo de consignas reaparece periódicamente, cambia de plataforma, de nombre o de formato y vuelve a encontrar una audiencia particularmente sensible a la aprobación de sus pares.
Más allá de este caso puntual, lo importante es comprender qué hay detrás de los llamados retos virales.
La adolescencia es una etapa en la que pertenecer importa. Mucho. La mirada del grupo, la necesidad de aceptación, la búsqueda de identidad y el deseo de experimentar forman parte de un proceso normal de crecimiento. El problema aparece cuando una plataforma digital transforma esa necesidad de reconocimiento en una competencia por conseguir visualizaciones, comentarios, seguidores o aprobación.
Un reto puede comenzar como algo aparentemente divertido y terminar exponiendo a un adolescente a consecuencias que no llegó a dimensionar. La impulsividad propia de esta etapa, sumada a la presión de los pares y a la recompensa inmediata que ofrecen las redes sociales, puede favorecer decisiones tomadas sin evaluar completamente el riesgo. La Academia Americana de Pediatría señala precisamente que la aprobación social y las recompensas digitales pueden tener un peso especialmente importante durante la adolescencia.
Por eso, frente a estos fenómenos, la respuesta de los adultos no debería limitarse a prohibir una aplicación o quitar un teléfono.
La primera herramienta es la conversación.
Pero conversar no significa interrogar. Preguntas sencillas como “¿qué cosas están circulando entre tus amigos?”, “¿viste algún desafío que te pareciera extraño?” o “¿qué harías si un amigo te propone algo que puede ser peligroso?” permiten abrir una puerta que muchas veces permanece cerrada cuando el diálogo comienza desde la acusación.
También necesitamos enseñarles algo fundamental: no todo lo que se vuelve viral merece ser imitado. La alfabetización digital ya forma parte de la educación. Así como durante años enseñamos a nuestros hijos a cruzar una calle, a no subir al auto de un desconocido o a pedir ayuda frente a una situación de peligro, hoy debemos enseñarles a reconocer riesgos dentro del mundo digital. Organismos y especialistas en infancia recomiendan precisamente combinar supervisión adulta, educación digital y comunicación abierta, en lugar de confiar únicamente en controles tecnológicos.
Existen algunas herramientas concretas que las familias pueden incorporar.
Conocer qué redes utilizan los hijos y cómo funcionan; conversar periódicamente sobre lo que ven allí; establecer acuerdos claros sobre horarios, privacidad y contacto con desconocidos; utilizar controles parentales de manera acorde a la edad; y, especialmente, construir una relación en la que el adolescente pueda pedir ayuda sin pensar que la primera reacción será un castigo.
Hay además una frase que conviene instalar tempranamente en casa: “Si alguna vez te metés en una situación que se salió de control, llamame. Primero voy a ayudarte y después hablaremos de lo que pasó”.
Esa puerta abierta puede ser decisiva.
También es importante prestar atención a cambios repentinos de comportamiento, conversaciones reiteradas sobre determinados desafíos, nuevas cuentas o grupos desconocidos, secretismo extremo respecto del teléfono o planes poco claros para ausentarse de casa. Ninguna de estas señales demuestra por sí sola que exista un problema, pero sí puede justificar una conversación.
Y hay algo más: familias y centros educativos no deberían trabajar por separado. Cuando aparece un reto peligroso, compartir información entre padres, docentes y referentes adultos permite anticiparse antes de que la situación llegue a mayores.
La tecnología forma parte de la vida de nuestros hijos y seguirá haciéndolo. El objetivo no puede ser construir una burbuja digital imposible de sostener. El verdadero desafío educativo es otro: ayudarlos a desarrollar criterio para decidir qué hacer cuando nosotros no estamos mirando.
Porque frente a los retos virales, la herramienta más poderosa no es controlar cada pantalla.
Es lograr que, antes de aceptar un desafío, nuestros hijos sean capaces de detenerse y preguntarse: ¿vale la pena correr este riesgo solo para pertenecer?






