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La trampa del bienestar

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Vivimos una época fascinante. Nunca se habló tanto de alimentación saludable, ejercicio físico, salud mental, descanso, mindfulness y bienestar. Las nuevas generaciones entrenan más, corren maratones, cuentan sus pasos diarios, utilizan relojes inteligentes para medir la calidad del sueño y se preocupan por aquello que consumen. En apariencia, estamos frente a una sociedad mucho más consciente del cuidado de su salud.

Sin embargo, detrás de esta revolución del bienestar comienza a aparecer una contradicción que merece ser analizada con mayor profundidad.

Mientras el alcohol pasó a ocupar el lugar del gran enemigo de la vida saludable, otras sustancias psicoactivas parecen haber recibido una inesperada absolución social. Hoy es cada vez más frecuente encontrar personas que rechazan una copa de vino porque “es mala para la salud”, pero consumen cannabis, gummies con THC o incluso determinadas drogas sintéticas convencidas de que forman parte de un estilo de vida “más sano”.

La pregunta es inevitable: ¿realmente estamos consumiendo menos drogas o simplemente estamos cambiando unas por otras?

Durante décadas, las campañas de prevención concentraron buena parte de sus esfuerzos en advertir sobre los riesgos del alcohol. Y lo cierto es que la evidencia científica es contundente. El alcohol altera el sueño, afecta el rendimiento físico, incrementa el riesgo de numerosas enfermedades y representa uno de los principales factores asociados a accidentes, violencia y dependencia. Cuestionar su consumo excesivo no solo es razonable, sino necesario.

Pero el problema aparece cuando ese mensaje evoluciona hacia otro mucho más peligroso: la idea de que abandonar el alcohol equivale automáticamente a llevar una vida saludable, aun cuando ese espacio sea ocupado por otra sustancia.

En los últimos años comenzó a instalarse con fuerza un concepto nacido en Estados Unidos conocido como California Sober. La propuesta consiste, básicamente, en dejar de consumir alcohol mientras se continúa utilizando cannabis, ya sea fumado, vapeado o en forma de bebidas, aceites o gummies con THC. Para muchas personas, esto representa una nueva forma de sobriedad.

Sin embargo, desde el punto de vista clínico, la idea resulta bastante más discutible.

La verdadera sobriedad no consiste únicamente en reemplazar una sustancia por otra. La verdadera pregunta nunca debería ser qué droga consume una persona, sino por qué necesita consumir alguna para relajarse, dormir, socializar, divertirse o afrontar el malestar cotidiano.

Ese aspecto parece haber desaparecido de la conversación pública.

Como profesionales que trabajamos con personas que padecen consumos problemáticos, sabemos que el objeto de consumo puede cambiar mientras el funcionamiento psicológico permanece exactamente igual. Hemos visto personas que abandonan el alcohol y desarrollan una dependencia cotidiana al cannabis; otras que ya no beben, pero necesitan un gummy todas las noches para poder dormir; otras que consideran aceptable consumir éxtasis los fines de semana porque entienden que “es más limpio” o “más natural” que el alcohol.

¿Realmente estamos frente a una conducta diferente?

Desde la psicología de las adicciones, muchas veces no.

Porque el problema nunca estuvo exclusivamente en la sustancia. El problema aparece cuando una persona necesita modificar sistemáticamente su estado emocional recurriendo a un agente externo.

Si cada situación de estrés requiere una sustancia para relajarse; si cada encuentro social necesita una droga para disfrutar; si cada noche hace falta un producto para dormir, probablemente el problema no haya desaparecido. Simplemente cambió de nombre.

Quizás una de las razones por las que este fenómeno pasa inadvertido sea el extraordinario trabajo de comunicación que acompaña al nuevo mercado del cannabis. A diferencia del alcohol, que durante décadas estuvo asociado a imágenes de excesos y descontrol, los nuevos productos vinculados al cannabis se presentan envueltos en un lenguaje completamente distinto. Hablan de bienestar, equilibrio, creatividad, autocuidado, mindfulness, descanso y conexión personal. Sus envases parecen más cercanos a una tienda de suplementos deportivos que a una droga recreativa.

La estética transmite salud. Y cuando una conducta parece saludable, muchas personas dejan de cuestionarla.

Las redes sociales han contribuido enormemente a consolidar esta narrativa. No resulta extraño observar perfiles dedicados al fitness donde una rutina impecable de alimentación, entrenamiento, hidratación y meditación termina con la recomendación de consumir un gummy con THC para relajarse antes de dormir. La imagen es atractiva. La comunicación es impecable. El mensaje parece coherente.

Pero esa coherencia puede ser solamente estética.

Existe otro aspecto del que se habla muy poco. Mientras la industria del alcohol enfrenta crecientes cuestionamientos, una nueva industria multimillonaria construye su propio espacio utilizando precisamente el discurso del bienestar. Gummies, bebidas con THC, cannabinoides, adaptógenos y múltiples productos funcionales ocupan hoy un mercado que crece año tras año. Ya no se venden únicamente sustancias; se vende una identidad, un estilo de vida y una promesa de equilibrio emocional.

No se trata de un debate sobre “sustancias buenas o malas”. Esa discusión suele empobrecer el debate y obliga a elegir entre dos extremos que rara vez representan la realidad.

La verdadera prevención exige una mirada mucho más profunda.

El objetivo nunca debería ser cambiar una sustancia por otra, sino reducir la necesidad de recurrir a cualquier sustancia para gestionar la propia vida. Enseñar a tolerar la frustración, manejar la ansiedad, construir vínculos saludables, aprender a descansar, a divertirse y a enfrentar el malestar sin depender de un producto químico sigue siendo el verdadero desafío.

Celebrar que las nuevas generaciones beban menos alcohol es, sin dudas, una buena noticia. Confundir ese fenómeno con una disminución del consumo de sustancias psicoactivas, probablemente no lo sea.

Quizás dentro de algunos años descubramos que la gran transformación cultural de esta época no fue haber aprendido a vivir de manera más saludable, sino haber encontrado una forma mucho más elegante, aceptada socialmente y mejor presentada de seguir dependiendo de una sustancia para sentirnos bien.

Porque una conducta no deja de ser riesgosa cuando cambia el envase. La verdadera pregunta sigue siendo la misma y vale la pena hacérnosla con honestidad: ¿estamos construyendo una sociedad más saludable o simplemente una sociedad que aprendió a llamar “bienestar” a nuevas formas de consumo?

IG adriandallastaok

www.fundacionpadres.org

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