Hay algo que muchas personas tardan años en entender. No están rotas. Están sosteniendo cosas que nunca deberían haber sido suyas. Y lo más difícil de ver…es que nadie enseña a darse cuenta.
Vivimos en una cultura que valora la fortaleza, la capacidad de sostener, de responder, de estar.
Sostener vínculos.
Sostener familias.
Sostener responsabilidades.
Sostener versiones de uno mismo que ya no representan lo que realmente se siente.
Aprendimos a no incomodar.
A no ser “demasiado”.
A no sentir “de más”.
Y en ese intento de encajar, de cumplir, de funcionar… pasa algo muy silencioso: las personas empiezan a hacer todo bien, pero dejan de sentirse.
Hay una generación entera que funciona, que cumple, que responde, pero que está profundamente desconectada de lo que le pasa.
Muchas veces, ese modo de vivir se sostiene durante años sin cuestionamiento, se confunde con responsabilidad, con madurez, incluso con amor.
Existe un momento —no siempre evidente, no siempre dramático— en el que algo empieza a hacer ruido. No siempre es un quiebre visible. Es más bien una incomodidad persistente. Una sensación de estar perdiéndose a uno mismo. Y eso, aunque se intente, no se puede sostener para siempre.
El problema no es que las personas no sepan qué hacer. El problema es que aprendieron a ignorar lo que sienten para poder pertenecer.
Parece que sentir incomoda.
Decir lo que pasa incomoda.
Dejar de sostener incomoda.
Entonces se elige, muchas veces sin darse cuenta, algo muy costoso:
pertenecer a costa de uno mismo.
En ese punto, el trabajo no empieza por “estar bien”.
Empieza por algo mucho más básico y mucho más difícil:
ser honesto con lo que se siente. Dejar de sostener lo que apaga, aunque todavía no se tenga claro qué hacer después. Registrar el cuerpo. Escuchar la incomodidad en lugar de taparla. Aceptar que no todo se resuelve desde la cabeza.
No es un proceso perfecto ni cómodo, más es real.
Cuando esa honestidad aparece, algo empieza a moverse; tal vez no de manera inmediata, tal vez no con grandes cambios externos, pero internamente, algo afloja.
Se respira distinto.
Se habita distinto.
Se deja de sobrevivir.
En ese gesto, muchas veces silencioso, empieza un proceso verdadero. Sin dudas podemos afirmar que cuando alguien deja de sostener lo que no es, empieza —por primera vez en mucho tiempo— a estar, y eso, ya es una forma de transformación.
Nos encontramos en la próxima nota.
Victoria Fiorenzi
Consultora Psicológica
Instagram: @vfcounselor





