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La hora señalada

Martes 16 a las 22. Fecha y hora marcadas en el calendario con la solemnidad de una efeméride, subrayada mentalmente desde hace semanas y repetida en cada conversación como quien recita un versículo sagrado . Es la hora fijada en la que este país entero va a dejar de respirar normal durante noventa minutos.

El martes es un día laboral, y no es un dato menor. Ellos y nosotras llegamos a esa noche con el mismo día encima: reuniones, mails, el tráfico, buscar a los chicos del colegio, el almuerzo rápido, la tarde que no alcanza.
Lo que cambia es de qué forma lo hacemos.

Él llega a casa, deja las cosas, y entra en lo que podríamos llamar delicadamente en protocolo futbolero. Una transición casi mística entre el martes laboral y la hora señalada. Se sienta. Respira. Su cuerpo está ahí, lo vemos; el espíritu, en Kansas City. La concentración que despliega en ese momento, aplicada a cualquier otra actividad humana, sería la envidia de cualquier monje tibetano.

Nosotras llegamos a casa, dejamos las cosas, y arrancamos la segunda jornada.
Porque el martes para nosotras empezó antes. Mucho antes. Tempranito a la mañana el mensaje al grupo, entre el mate y el primer mail del día. Ese grupo donde esta semana ya revivimos cada partido de Qatar. Recordando entre todos donde estaba sentado cada uno, qué comimos, cuál fue la cábala que funcionó y cuál no, el momento exacto en que el corazón se detuvo y el momento en que volvió. Todo eso circuló entre nosotras mientras también teníamos el día laboral encima, los chicos, la casa, la logística de la noche que se viene. Multitarea no como habilidad sino como condición de existencia.

El martes a las diez de la noche no será la excepción.
Hacemos la lista de quién viene a casa, a qué hora, si el televisor se ve bien desde todos los ángulos o hay que mover el sillón. Calculamos quién llega tarde y hay que factorizar, si comemos antes, durante o en el entretiempo; que comemos y con que. Convengamos que lo más práctico es comer algo que ocupe una mano porque la otra en los momentos de tensión va a estar haciendo cosas que la medicina no termina de explicar pero que todos hacemos.

Ahora bien, hablemos del outfit, que nadie menciona pero que existe y es serio.
La mujer que menos sabe de fútbol en esa casa el martes a las 21:40 va a tener la camiseta, el gorro, la peluca, la carita pintada y va a estar lista antes que cualquier otra persona presente. Viniendo del mismo martes laboral que todos. Eso no es casualidad, es vocación. Es el cajón del fondo donde vive la camiseta que con el cinturón queda perfecta, la peluca de Qatar que todavía tiene vida, el pañuelo celeste y blanco con tres funciones certificadas: cuello si refresca, cabeza si calienta, en el aire si hay gol.

Todo organizado en casa, o casi, porque una hora antes llega el momento en que el hombrecito adolescente, el de 17, con toda la autoridad que da tener esa edad y una cábala infalible, levanta la mano y dice, lo que dice en cada partido: “que no se hable, que no se anticipe ninguna jugada, que no se diga nada. Que el silencio es parte del ritual y el ritual no se toca.”
Y nosotras, que nos organizamos el día entero para que ese momento fuera posible, asentimos . Porque lo entendemos perfectamente, la cábala es sagrada.

En definitiva, a las 22 del martes, ya no va a importar quién hizo qué ni desde cuándo: importa Argentina.

Eso es lo que tiene el fútbol. Que después de todo, de los grupos, las cábalas, los outfits, los silencios pactados y los martes laborales que igual se bancan enteros, nos sienta a todos juntos frente a la misma pantalla. Sin distinción de género, de edad, de quién organizó y quién meditó.

El fútbol nos une. Siempre lo hizo. Y el martes a las diez de la noche, una vez más, lo va a demostrar.

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