Hay momentos en los que la vida se vuelve más difícil, no porque hayamos perdido la capacidad de organizarnos, porque no sepamos gestionar nuestras emociones o porque nos falte una actitud positiva. A veces, sencillamente, las condiciones en las que vivimos hacen que todo cueste más. Llegar a fin de mes, sostener una familia, proyectar unas vacaciones, salir a comer, pagar una actividad o afrontar un gasto imprevisto se convierten en decisiones que requieren cálculos, renuncias y preocupaciones que antes quizás no ocupaban tanto espacio en nuestra cabeza.
Y cuando eso sucede, la economía deja de ser solamente una cuestión de números. Empieza a meterse en nuestras conversaciones, en nuestros vínculos, en las decisiones que postergamos y en las cosas a las que dejamos de acceder. Puede aparecer la culpa por no poder ofrecerles a nuestros hijos lo que quisiéramos, la vergüenza de decir que no podemos afrontar un gasto, la frustración de trabajar mucho y sentir que no alcanza o la incomodidad de tener que explicar por qué ya no participamos de ciertos encuentros. A veces, incluso, dejamos de hablar de lo que nos pasa porque sentimos que deberíamos poder resolverlo, como si reconocer una dificultad fuera admitir una incapacidad personal.
En una cultura que insiste en que todo depende de nuestra actitud, nuestra organización y nuestras decisiones, es fácil terminar responsabilizándonos también por aquello que excede nuestras posibilidades. Pero no todo se resuelve administrando mejor el tiempo, cambiando los hábitos o aprendiendo a tolerar la frustración. Hay circunstancias económicas y sociales que condicionan nuestras opciones reales, y reconocerlas no significa resignarnos ni dejar de buscar alternativas. Significa dejar de confundir las dificultades que atravesamos con lo que valemos como personas.
Quizás, en este contexto, necesitamos recuperar algo tan sencillo como importante: poder hablar de lo que nos está pasando sin vergüenza y sin sentir que tenemos que justificar nuestra dificultad. Reconocer el cansancio, la preocupación, las renuncias y la incertidumbre no soluciona por sí mismo los problemas materiales, pero puede ayudarnos a dejar de atravesarlos en silencio. Porque cuando la coyuntura hace que la vida sea más compleja, no necesitamos sumar a esa complejidad la exigencia de fingir que estamos bien. Necesitamos reconocer qué nos pasa, encontrar espacios donde podamos compartirlo y recordar que nuestras posibilidades económicas no definen nuestro valor.
Victoria Fiorenzi
Counselor





