Las pequeñas renuncias que duelen en silencio.
Una y otra vez, dejás para después lo que te hace bien. A ese taller que querías hacer, le dijiste “más adelante”. A ese descanso que te pedía el cuerpo, le respondiste “cuando tenga tiempo”. A esa necesidad de estar sola, le pusiste silencio.
Postergarse se vuelve costumbre. Y lo peligroso es que no siempre duele de golpe. A veces se disfraza de “no pasa nada”, “ya fue”, “después veo”. Pero con el tiempo, ese “después” empieza a pasarte factura: en la desconexión, en el desgano, en el enojo sin causa clara.
Cada vez que te corrés del centro para priorizar lo de afuera, estás alimentando un mensaje interno: que tus necesidades no importan tanto.
¿Cómo empezar a recuperarte de tantas postergaciones?
Volvé a escucharte con honestidad: ¿Qué necesitás de verdad y hace cuánto lo venís dejando pasar?
Empezá con algo pequeño: No hace falta un gran cambio para volver a vos. A veces, diez minutos de presencia valen más que una hora a las corridas.
Cambiá el “cuando pueda” por un “elijo hoy”: Porque el tiempo no aparece, se hace.
Dejá de negociar siempre con tus deseos: No todo lo tuyo tiene que esperar.
Reconocé que merecés prioridad: No por lo que hacés, sino por lo que sos.
Postergarte no es sostenible. Aunque te hayas acostumbrado, aunque lo justifiques, aunque nadie lo note: vos sí lo sentís. Y ya es hora de dejar de hacerlo.
IG @victoriafiorenzi





