Hay momentos en los que hablar se vuelve una urgencia.
Pero justo ahí… aparece el silencio. El nudo en la garganta.
Y la idea, casi automática, de que lo mejor es no decir nada.
Muchas personas aprendieron a callar por supervivencia emocional.
Porque en algún momento hablar no fue seguro, no fue escuchado, no sirvió para nada.
Y ese registro queda. Se instala como una forma de protección.
Callarse para no incomodar.
Callarse para no parecer exagerada.
Callarse porque “hay gente que está peor”.
Callarse porque expresar lo que duele también da miedo.
El problema es que ese silencio no disuelve lo que se siente.
Solo lo encapsula.
Y con el tiempo, el cuerpo empieza a hablar por donde puede: insomnio, tensión, irritabilidad, ansiedad.
Hablar no siempre es fácil.
Pero no hablar nunca, agota. Aísla. Cansa.
Reconocer ese impulso de callarse es el primer paso para salir del automático.
Y empezar a construir vínculos donde se pueda decir. Aunque sea de a poco. Aunque no salga perfecto.
¿Sentís esto?
Podemos trabajar juntos para aprender a comunicarte asertivamente.
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