A veces las lágrimas aparecen sin aviso.
No sabés bien por qué.
No hubo un motivo claro,
pero ahí están…
y algo se afloja.
Llorar no siempre es un signo de debilidad.
A veces es la única forma en que el cuerpo puede decir:
“Ya no me entra más nada.”
Es posible que no puedas ponerle palabras.
Que no encuentres una explicación lógica.
Y está bien.
No siempre hace falta entender para sentir.
En un mundo que insiste en que hay que estar bien,
el llanto sigue siendo un acto de valentía.
Una manera de no endurecerte.
De no seguir acumulando.
Es un mensaje.
Una señal de que algo adentro tuyo pide espacio.
Descanso.
Alivio.
Permitirte llorar puede ser el primer gesto de cuidado hacia vos misma.
No lo apures.
No lo juzgues.
Dejá que limpie.
Y cuando estés lista, seguí.
Nos encontramos en la próxima nota.
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