Un día cualquiera, en el marco del popular “pase radial” entre dos “reconocidas periodistas”, el espacio destinado a compartir análisis de la actualidad y noticias se desvió hacia terrenos insólitos. Durante más de diez minutos, ambas profesionales, con risas y detalles meticulosos, debatieron cómo practicaban sexo oral y si incluían o no los testículos en la ecuación. El segmento, que llegó a ser tendencia en redes, desató comentarios entre el aplauso desmedido y el desconcierto absoluto. Este episodio, lamentablemente, no es un caso aislado.
El panorama actual de las redes sociales y las plataformas de streaming refleja un preocupante descenso hacia lo que podría llamarse una “cloaca intelectual”. Desde jóvenes que publican tutoriales sobre cómo mentir a sus padres para fumar marihuana, hasta autodenominadas “doctoras” que comparten con lujo de detalles prácticas sexuales cuestionables, el contenido sin filtro prolifera en todos los rincones digitales. Pero ¿cómo llegamos hasta aquí?
La paradoja es evidente. Mientras la sociedad exige más responsabilidad en los contenidos mediáticos, las plataformas promueven y celebran modelos vacíos que obtienen millones de visualizaciones y likes. Estos discursos carentes de profundidad no solo desinforman, sino que también banalizan temas de gran importancia. Es difícil no preguntarse si la falta de censura y la sobreexposición de intimidades son una forma de empoderamiento o simplemente una muestra de incontinencia verbal.
Por otro lado, la hipocresía de esta realidad se refleja en los juicios morales hacia programas antiguos de humor. Si bien es innegable que en muchos de ellos se cosificaba a la mujer y se reproducían estereotipos machistas, también existía una línea de contenido que, con sus limitaciones, marcaba claras diferencias entre lo lícito y lo aberrante. En contraste, hoy nos encontramos frente a una cultura que celebra cualquier barbaridad en nombre de la “libertad de expresión” y el “empoderamiento”, sin reflexionar sobre las consecuencias.
La pregunta que subyace es: ¿decir cualquier cosa, sin importar cuán absurda, vulgar o irresponsable, realmente empodera? La respuesta requiere un debate profundo que trascienda los aplausos fáciles y los juicios superficiales. Es necesario recuperar la capacidad de discernir entre contenido valioso y ruido vacío, especialmente en una era donde las generaciones más jóvenes consumen estos modelos como referencia. Vale aclarar que generaciones “no tan jóvenes”, también lo consumen y celebran.
El éxito de estas figuras y discursos no es más que un reflejo de nuestras prioridades como sociedad. Mientras sigamos premiando la irreverencia sin sentido por encima de la calidad y la responsabilidad, la cloaca intelectual no hará más que expandirse. La verdadera pregunta no es, si podemos detener esta tendencia, sino si estamos dispuestos en hacerlo, o en seguir alimentando nuestras almas de estiércol mediático, bajo el disfraz del humor o de una libertad de expresión de dudosa legalidad.
La coprofagia voluntaria de estos contenidos con el tiempo va produciendo el “síndrome” del cerebro corto, es decir, mentes y voluntades que naturalizan prácticas que nos acercan a lo más brutal de nuestra humanidad. El tema es lo suficientemente grave, para que salgamos de la mirada moral y analicemos el impacto que todo lo que “dejamos pasar” sigue haciendo estragos en la salud mental de millones de personas.
IG adriandallastaok







