Mientras el debate político avanza mucho más lentamente que el problema, las familias enfrentan una responsabilidad que no admite postergaciones: recuperar su autoridad, establecer límites y proteger a sus hijos de una amenaza que ya está instalada dentro de sus hogares.
Hay algo profundamente preocupante ocurriendo en la Argentina. Miles de adolescentes están ingresando a un universo de apuestas, dinero fácil, endeudamiento y frustración desde un dispositivo que llevan permanentemente en el bolsillo. Y mientras esto sucede, buena parte del mundo adulto parece observar el fenómeno con una mezcla de preocupación, desconcierto y peligrosa resignación.
Según el estudio Kids Online Argentina, de UNICEF y UNESCO, el 24% de los adolescentes de entre 12 y 17 años apostó dinero online alguna vez. No estamos frente a una exageración mediática ni a un problema marginal. Estamos hablando de una realidad que atraviesa hogares, escuelas y sectores sociales de todo el país.
El casino ya no está en una esquina de la ciudad. Está en la habitación de nuestros hijos.
Una política que llega tarde
En Argentina existen iniciativas legislativas, campañas preventivas y regulaciones provinciales. Sin embargo, todavía falta una respuesta nacional integral, firme y sostenida frente a una problemática que crece mucho más rápido que las decisiones políticas.
Mientras se discuten proyectos y responsabilidades, los adolescentes continúan expuestos a publicidades, influencers y plataformas que presentan las apuestas como una actividad cotidiana, asociada al fútbol, al éxito y a la posibilidad de ganar dinero fácilmente.
La protección de los menores no debería depender de diferencias partidarias, intereses comerciales ni tiempos electorales. Debería ser una prioridad de cualquier gobierno.
Pero hay una verdad igualmente incómoda: aunque mañana se aprobara la mejor legislación posible, ninguna ley podría reemplazar la presencia y la responsabilidad de una familia.
La crisis de los límites también es parte del problema
Desde una mirada centrada en los vínculos familiares, las apuestas online nos obligan a revisar una cuestión mucho más profunda que la tecnología: ¿qué lugar estamos ocupando los adultos en la vida de nuestros hijos?
Durante los últimos años hemos confundido, demasiadas veces, el respeto por la autonomía de los adolescentes con la ausencia de límites. Hemos aceptado que supervisar sus actividades digitales significa desconfiar y que decir que no puede poner en riesgo el vínculo.
Sin embargo, educar nunca fue sinónimo de permitirlo todo.
Un adolescente necesita afecto, escucha y confianza. Pero también necesita adultos capaces de establecer reglas, sostener decisiones y protegerlo, incluso cuando eso genere discusiones.
Poner límites no significa ejercer autoritarismo. Significa ejercer responsablemente la autoridad.
No podemos pretender que un chico de 13 o 14 años tenga siempre la madurez necesaria para reconocer los mecanismos de plataformas diseñadas para estimular las apuestas y la búsqueda de recompensas inmediatas.
El problema tampoco comienza únicamente cuando aparecen las deudas. Puede manifestarse antes, mediante mentiras, ansiedad, irritabilidad, aislamiento y dificultades escolares. También puede alterar la relación de los adolescentes con el esfuerzo, la frustración y la recompensa.
Llegó la hora de las familias
Quizás sea momento de dejar de esperar que todas las respuestas lleguen desde la política. No porque el Estado deba desentenderse de sus obligaciones, sino porque las familias no pueden permanecer paralizadas hasta que exista una solución legislativa.
La prevención comienza en casa. Cuando un padre conoce lo que hace su hijo en internet, cuando una madre sabe cómo utiliza su billetera virtual, cuando se conversa sobre los riesgos de apostar y cuando existen reglas claras sobre el uso de la tecnología y el dinero.
Supervisar no significa espiar. Acompañar no significa controlar cada movimiento. Y confiar no implica desentenderse.
Un dato debería interpelarnos especialmente: según UNICEF, el 40% de los adolescentes consultados manifestó que nunca había hablado sobre apuestas online en su hogar.
Existe una conversación que muchas familias todavía no han tenido. Y ya no podemos seguir postergándola.
Si un adolescente está apostando, la respuesta tampoco puede limitarse al enojo o al castigo. Es necesario comprender qué está sucediendo, intervenir, establecer límites y buscar ayuda profesional cuando corresponda.
La responsabilidad de ser adultos
La Argentina necesita legislación, controles efectivos, prevención y una respuesta coordinada entre el Estado, las empresas, las escuelas y las organizaciones de la sociedad civil.
Pero también necesita recuperar algo que ninguna regulación puede imponer: el compromiso cotidiano de los adultos con la crianza.
No podemos reclamarles responsabilidad a nuestros hijos mientras evitamos conversaciones incómodas. Tampoco podemos esperar que aprendan a poner límites si nunca nos ven ejercerlos.
Los padres no tienen que saberlo todo sobre tecnología, pero sí tienen la obligación de involucrarse. No tienen que convertirse en especialistas en ludopatía, pero sí comprender que las apuestas online no son un entretenimiento inocente para un menor de edad.
Si la política demora, las familias no pueden darse ese lujo.
Porque cuando un adolescente queda atrapado en las apuestas online, lo que está en juego no es solamente su dinero. También pueden estarlo su salud emocional, sus vínculos, su educación y su futuro.
El tiempo de mirar hacia otro lado se terminó.
Es hora de reafirmar nuestro rol como padres y asumir, también como ciudadanos, la responsabilidad que nos corresponde: exigir el cumplimiento de la ley, defender los derechos de nuestros hijos y protegerlos. Porque cuidar de ellos no es solo un deber familiar, sino también un compromiso con el presente y el futuro de nuestro país.
Lic. Adrián Dall’Asta
IG adriandallastaok






