A los veintidós años de mi vida siento que aún no sé nada. El problema, irónicamente, es que tengo opinión para todo; como buena estudiante de Letras. ¿Cómo se puede opinar si no se sabe todo? Tal vez la cuestión no sea cuánto sabemos, sino cómo lo decimos (y a quién se lo decimos y cómo lo recibe). Entonces, aparece otra pregunta: ¿Qué es exactamente “hablar bien”?
Durante toda mi infancia, mis padres me ayudaron a desarrollar una buena actitud para y con los demás: saludar, respetar el espacio del otro, dejar pasar primero a los adultos mayores al entrar al colectivo… Crecer, me dijeron, también es aprender a convivir.
Sin embargo, y por más que me sorprenda, no todos recibieron esa educación. Hay gente grosera en la calle, que grita o que no pide permiso. Eso se empieza a notar cuando uno deja el colegio, cuando sale de la burbuja y se adentra en la “vida real” callejera. En la vida que nadie puede escapar: la adulta. Y es ahí donde la lección se vuelve confusa.
En esa vida adulta, la que se supone que domina el arte de la cortesía, es donde más seguido se ven empujones sin disculpa, bocinazos impacientes (seguidos de insultos exagerados) y órdenes dichas como si el destrato reemplazara, de manera coherente, al respeto. Es curioso: quienes más repiten que “la juventud está perdida”, o bien llaman a esta generación la “de cristal”, suelen ser los mismos que no dejan bajar antes de subir, que tratan al mozo como si fuera invisible o un sirviente y que convierten la fila del colectivo en la línea de salida de una carrera hacia el mejor asiento.
Tal vez crecer no garantiza aprender a convivir, aunque muchos hayamos sido educados para eso. Tal vez los buenos modales no vienen con la edad, ni con el título, ni con la experiencia acumulada. Nos enseñaron que la educación era una especie de escalera: primero se aprende, después se practica y, finalmente, se interioriza.
En la calle parece funcionar al revés: cuanto más grande, más apurado; cuanto más autoridad, menos paciencia. A veces, con los años,
llegan ciertos aires de superioridad. Parece que la longevidad hace olvidar el punto de partida.
Es verdad que con la experiencia viene el conocimiento; eso jamás se va a poner en duda. Mas cuando se habla de convivir con los demás, ¿por qué los “verdaderos adultos” tienen que llevar la batuta del poder? ¿Quién decidió que cumplir años otorga autoridad moral?
Es desconcertante crecer escuchando que el respeto es la base de todo y después notar que quienes más lo exigen no siempre lo practican. Uno aprende observando: aprende cómo se habla, cómo se pide y cómo se discute. Sin embargo, cuando el ejemplo contradice la lección, algo se desordena: se aprende, a los golpes, que no todos van actuar de la misma manera que uno.
Claro que los jóvenes no somos perfectos. Todo lo anteriormente descrito aplica para ambos grupos de adultos: los jóvenes y, bueno, “los no tan jóvenes”. El convivir es algo mutuo. Por eso, quien lo exige debe cumplirlo; es una especie de pacto tácito del que no todos se sienten parte (aunque deberían).
De todas formas, echar culpas no soluciona nada. No podemos culpar al chancho cuando sabemos quién le dio de comer… Pero cuando no sabemos quién fue el primero, la cadena se retroalimenta. El destrato (“maltrato” me parece un tanto hiperbólico) se convierte en
costumbre. Salir a la calle desemboca en una cotidiana odisea de “a ver con qué personaje me encuentro hoy”.
Tal vez la educación no sea una etapa que se supera, sino un ejercicio que se renueva todos los días. Quizás ser adulto consiste en exigir respeto, pero también en saber ofrecerlo primero. Los buenos modales deberían depender de la conciencia de que siempre estamos
conviviendo con otro. Si crecer implica olvidar eso, entonces todavía nos queda bastante por aprender.
Si seguimos así, puede significar que la escalera nunca se termine.





