En tiempos de polarización extrema, la palabra “odio” se ha vuelto una moneda corriente en el discurso público. Recientemente, escuchamos una premisa que debería encender todas las alarmas de quienes somos liberales: la idea de que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”. Sin embargo, lo sucedido esta semana en los tribunales de Retiro nos obliga a dar vuelta el espejo y reconocer una verdad incómoda: en Argentina, no amamos ,ni valoramos, lo suficiente a los periodistas de investigación.
Lo vivido por Diego Cabot en el Tribunal Oral Federal 7 no fue un simple trámite judicial. Ver a un profesional declarar durante once horas ante un tribunal no es solo un récord estadístico; es el retrato vivo del costo que tiene buscar la verdad en un país donde la impunidad suele ser el refugio del poder. Cabot no estaba allí como un acusado, aunque el rigor del interrogatorio de las defensas buscaban desgastarlo como si lo fuera; sino para sostener, con la integridad de su oficio, la punta del ovillo del mayor esquema de corrupción del que tengamos memoria.
Desde el periodismo profesional, entendemos que nuestro rol no es el de un enemigo, sino el de un auditor estratégico para la libertad. No existe mercado transparente, gestión eficiente ni respeto real por la propiedad privada, sin ojos externos que vigilen el destino de los fondos públicos. La “Causa Cuadernos” no es solo una crónica policial; es la radiografía de cómo la falta de transparencia destruye el capital social de una nación
Es necesario subrayar un dato que no es menor: Diego Cabot no es solo un cronista audaz, es un abogado que comprendió desde el primer minuto la gravedad institucional de los documentos que llegaron a sus manos. Esa formación técnica, sumada a su rigor profesional, fue lo que le permitió transformarse en el denunciante de la causa. No se limitó a observar o a publicar una nota colorida; se involucró y le entregó a la sociedad una investigación blindada que la justicia, en un despliegue de inusual rapidez inicial, logró procesar en apenas un año.
Sin embargo, aquí aparece la gran vergüenza de nuestra República: tuvimos que esperar seis años para que ese trabajo llegara finalmente a la instancia de juicio oral; de dilaciones que solo alimentan la sensación de que, en Argentina, el tiempo es el mejor aliado de la impunidad. Es una paradoja cruel: mientras un periodista se somete a un interrogatorio de once horas para ratificar su compromiso con la verdad, la maquinaria judicial se mueve con una lentitud que ofende a los ciudadanos de bien.
Es contradictorio pedir libertad mientras se hostiga a quienes ejercen la libertad de expresión para denunciar los excesos del poder, sea del signo que sea. El “odio” es una pasión baja que nubla el juicio; el respeto por la verdad, en cambio, es un valor institucional que debemos recuperar si pretendemos ser un país serio.
Por eso, lejos de los discursos que invitan al encono, mi postura es de gratitud. Gracias, Diego Cabot. Gracias por haber tenido la valentía de ser el denunciante cuando el silencio era lo más cómodo. Gracias por resistir el desgaste y por demostrar que, cuando un profesional preparado se pone al servicio de la transparencia, no hay estructura de corrupción que pueda quedar oculta para siempre.
Defender este tipo de periodismo es, en definitiva, defender nuestra única posibilidad de futuro. Si no somos capaces de valorar y proteger esa integridad, entonces cualquier promesa de cambio será solo un slogan vacío.





