El Presidente pule palabras como quien afila un bisturí. En la Quinta de Olivos, Javier Milei corrige párrafos junto a Santiago Caputo y deja que la impronta filosófica de Alejandro Rozitchner perfume el texto. Hoy hablará ante el Congreso y ante el país. Pero, sobre todo, hablará ante el espejo.
El discurso —dicen— tendrá tres actos. Primero, la herencia: ese pasado descripto como un campo arrasado, una tierra quemada donde la Argentina estaba “al borde del fracaso terminal”. Luego, el balance del año. Y finalmente, el norte: la brújula libertaria señalando hacia reformas profundas, más mercado, menos Estado, más motosierra y menos anestesia.
La base, la tiene en las victorias obtenidas en las sesiones extraordinarias. Adecuación del Régimen de Presupuestos Mínimos para la Preservación de los Glaciares y del Ambiente Periglacial, Acuerdo entre Mercosur y Unión Europea, Régimen penal juvenil, Ley de Inocencia Fiscal y Reforma Laboral.
Hasta ahí, la épica.
El oficialismo repite una frase que ya es mantra: “Argentina se encontraba al borde del fracaso terminal y después de dos años hemos dado vuelta la página”. La imagen es potente. El problema es que, mientras el Gobierno habla de pasar de página, buena parte de la sociedad siente que sigue leyendo el mismo párrafo, solo que con letra más chica.
La inflación ya no corre como un caballo desbocado, es cierto. Pero tampoco camina. Superó el 2,5% mensual en el arranque del año y volvió a recordarle a los supermercados que son los verdaderos narradores de la economía real. El pan, la carne, los lácteos, la luz y el transporte no leen editoriales: se imprimen en tickets.
En paralelo, el desempleo asoma como sombra larga al atardecer. El miedo a perder el trabajo ya no es rumor de sobremesa; es conversación cotidiana. Los focus group lo ponen como principal preocupación. El consumo cae como hoja en otoño y el sector privado siente que la apertura importadora no fue una brisa, sino un vendaval con acento mandarín.
La macroeconomía ofrece números prolijos, casi minimalistas. Déficit bajo control, orden fiscal, disciplina monetaria. Una vitrina impecable. Pero detrás del vidrio, el maniquí del salario real sigue flaco.
El Congreso dejó de ser el villano exclusivo. El oficialismo tejió acuerdos con el PRO, la UCR, bloques provinciales e incluso sectores del peronismo pragmático. La reforma laboral avanzó con negociación incluida. La palabra “casta” se usa menos en los pasillos parlamentarios y más en la arena discursiva.
El kirchnerismo quedó como antagonista principal, casi como un personaje necesario en la narrativa libertaria. Sin embargo, repetir el “riesgo kuka” como explicación universal empieza a sonar como disco rayado. Cuando la inflación repunta o el EMAE trae matices incómodos, la culpa no siempre cabe en una consigna de campaña.
Hay fatiga comunicacional. El enemigo permanente es útil para ganar elecciones, pero menos eficaz para explicar por qué el changuito del supermercado pesa menos que el relato.
Milei quiere consolidar a la Argentina como potencia exportadora de agro, minería, energía y economía del conocimiento. Un país que mire al mundo con el pecho inflado y la balanza comercial en verde. La visión es clara: menos industria protegida, más competencia global.
Pero entre el mapa y el territorio hay un desierto. Abrir la economía en un mundo donde China produce a precios imposibles es como invitar a un elefante a bailar en un bazar. Algunos empresarios celebran la estabilidad; otros cuentan las persianas bajas.
El discurso del domingo no detallará cada reforma ministerial. No será una lista de supermercado legislativa. Será más bien un manifiesto: la reafirmación de una dirección, la justificación ideológica del ajuste y la promesa de que el sacrificio es preludio de prosperidad.
Durará cerca de una hora. Suficiente para trazar el horizonte, insuficiente para cambiar el clima.
Porque la Argentina de febrero de 2026 vive en una paradoja: orden fiscal y desorden emocional. Los gráficos mejoran mientras el ánimo social se encoge. El Gobierno exhibe estabilidad; la calle respira incertidumbre.
Milei hablará de futuro. La sociedad escuchará con la pregunta silenciosa del presente: cuándo se sentirá en el bolsillo lo que ya se ve en las planillas.
En política, como en la poesía, las metáforas sirven para embellecer la tormenta. Pero la lluvia, al final, moja igual.





