El video dura unos segundos y ya está en todos lados. Una docente, desbordada, patea el banco de un alumno mientras intenta ordenar la clase. La condena en las redes fue inmediata, automática. Sin embargo la trampa está cuando el lente de un celular empieza a grabar justo cuando el adulto explota, dejándonos sin registro ni conocimiento de lo que ocurrió antes de ese estallido.
Si miramos con atención, el detalle clave está en otra parte. Se ve cómo el alumno, a propósito, mueve el banco justo cuando la profesora le está poniendo un límite y pidiéndole que guarde el teléfono. No hay miedo ni respeto; hay provocación pura. Es una foto perfecta de lo que pasa en las aulas argentinas: la autoridad de los maestros está bajo sitio.
La fantasía de la emancipación
Este problema no es solo bonaerense; pasa en todo el país y desnuda una crisis profunda en las familias. Da la impresión de que muchos padres creen que, cuando los chicos entran a la secundaria, se “emancipan” mágicamente. Confunden la adolescencia con una jubilación anticipada de sus responsabilidades en casa.
El mensaje para el alumno adolescente es “ya sos grande, manejate”, y para la escuela, “ahora es tema tuyo”. El aula termina siendo un lugar donde los chicos van simplemente a “estar”, a cumplir una presencialidad vacía ante una falta de límites que viene desde antes de atravesar el umbral de la escuela. El docente se queda solo, remando contra una corriente que nadie ayuda a contener desde el hogar.
Del pizarrón al comedor
Pedirle templanza de monje y excelencia académica a un docente hoy es casi una hipocresía. El educador argentino dejó de ser alguien que sólo transmite conocimiento. En muchísimos colegios, la misma persona que hasta hace unos segundos estaba frente al pizarrón, debe dejar la tiza para ir a manejar el comedor y asegurar que esos alumnos tengan su único plato de comida fuerte del día.
¿Cómo se enseña con calidad cuando hay que hamacarse entre el desafío conductual del alumno y la urgencia de la realidad social? El sistema los convirtió en el verdadero “jamón del medio”: presionados por la burocracia, desamparados por los padres y expuestos al maltrato diario en el aula.
El espejo de los 50
Quienes hoy transitamos entre los 48 y los 60 años, esta generación intermedia que creció sabiendo que la palabra de un docente o de un adulto era una referencia, nos quedamos atónitos, sin poder creerlo. En nuestra época, la autoridad era la autoridad y se la respetaba. Si citaban a tus padres al colegio, era porque te habías mandado una macana; uno aceptaba la responsabilidad y en casa el respaldo era para la institución. Hoy el escenario se dio vuelta: son los propios padres los que van a discutir con los docentes, en algunos casos defendiendo lo indefendible y poniéndose del lado de sus hijos.
Atención! No se trata de extrañar el autoritarismo del pasado ni de pedir disciplina a base de miedo. Todo lo contrario. La escuela secundaria debe ser un espacio donde los alumnos comiencen a formar criterio propio. El debate en clase es sano, discutirle al profesor es necesario y pensar por uno mismo es la base de la libertad. No obstante, para que haya un debate real, primero hay que reconocer el saber del otro. El respeto a la autoridad no es sumisión; es el contrato mínimo para que el aprendizaje funcione. Si nivelamos para abajo y el docente es un par al que se puede prepotear o filmar para el escarnio, la educación desaparece. Se transforma en una anarquía tutelada.
Recuperar el pacto
Lo que pasó en ese colegio no es un hecho aislado; es el síntoma de una institución golpeada. Si la sociedad y las familias no vuelven a respaldar al docente como una autoridad legítima, las escuelas van a terminar siendo depósitos de chicos conectados a una pantalla y desconectados del futuro.
Formar ciudadanos con pensamiento propio exige, primero, enseñarles a respetar el lugar y la dignidad de quien está parado frente al pizarrón. Devolverle el valor a la palabra del maestro no es una deuda con el pasado, es la única garantía para el mañana de nuestros hijos.




