En tiempos de crisis, la espiritualidad puede ser sostén. Pero también puede convertirse en herramienta de negación.
En los últimos años se instaló con fuerza una narrativa que afirma que todo lo que nos sucede es producto de nuestra vibración, nuestras creencias o nuestra proyección inconsciente. Esta idea, llevada al extremo, produce un efecto devastador: convierte la injusticia estructural en culpa individual.
No todo lo que duele es una elección inconsciente. Hay contextos que dañan. Hay políticas que precarizan. Hay decisiones económicas que afectan directamente la estabilidad emocional de millones de personas.
Confundir responsabilidad subjetiva con culpa estructural es funcional a sistemas que no quieren hacerse cargo. La responsabilidad subjetiva implica preguntarnos qué hacemos con lo que nos toca. La culpa estructural nos hace creer que lo que nos toca es exclusivamente consecuencia de lo que somos.
Espiritualizar la precariedad no la resuelve. La maquilla.
Y cuando la espiritualidad deja de tener anclaje en la realidad material, se vuelve una forma de gaslighting colectivo: invalida el dolor, silencia la protesta y patologiza la necesidad.
La salud mental no mejora repitiendo mantras mientras las condiciones básicas se deterioran. Mejora cuando hay redes, derechos y límites claros entre lo que depende de mí y lo que debe ser garantizado socialmente.
Victoria Fiorenzi
Consultora Psicológica





