Mañana Javier y Karina Milei reunirán a los legisladores de La Libertad Avanza en la Casa Rosada. La foto buscará transmitir orden, cohesión y una idea muy concreta: comienza una nueva etapa.
En política, eso tiene un nombre. Se llama relanzamiento.
No debería sorprender. Todos los gobiernos llegan convencidos de que alcanzará con sus ideas, su liderazgo y el equipo con el que ganaron la elección. Hasta que aparece la gestión. Y la gestión siempre plantea desafíos que ninguna campaña puede anticipar por completo.
La Libertad Avanza no escapó a esa lógica.
Llegó al poder con un programa de reformas profundas y con la fortaleza de sus convicciones, pero también con la inexperiencia propia de una fuerza que nunca había administrado el Estado nacional. Lejos de ser una descalificación, es un dato político. Gobernar se aprende gobernando.
Por eso, en menos de tres años, el Gobierno fue reordenando su estructura. Primero salió Guillermo Ferraro y se reorganizó el área de Infraestructura. Después, Nicolás Posse dejó la Jefatura de Gabinete y fue reemplazado por Guillermo Francos para fortalecer la articulación política con las provincias y el Congreso. Más tarde llegó Manuel Adorni, en otra etapa del Gobierno. Y este fin de semana, tras su renuncia, Javier Milei volvió a mover una pieza clave al designar a Diego Santilli al frente de la Jefatura de Gabinete.
Cada uno de esos cambios respondió a una necesidad distinta. Pero todos expresan la misma realidad: gobernar obliga a ajustar equipos para sostener un rumbo.
Algunos leerán estos movimientos como una señal de debilidad. Yo los interpreto de otra manera.
Una cosa es cambiar las convicciones. Otra muy distinta es fortalecer las herramientas para hacerlas realidad.
La historia argentina ofrece varios antecedentes. Después del conflicto por la Resolución 125, en 2008, Cristina Fernández de Kirchner reemplazó a Alberto Fernández por Sergio Massa en la Jefatura de Gabinete para intentar recuperar la iniciativa política. Tras la derrota legislativa de 2013 volvió a reestructurar su gobierno con Jorge Capitanich como jefe de Gabinete y Axel Kicillof al frente de Economía. En 2021, luego de la derrota en las PASO, Alberto Fernández recurrió a un nuevo relanzamiento: Juan Manzur reemplazó a Santiago Cafiero y hubo un amplio recambio de ministros.
No eran gobiernos iguales. Tampoco defendían las mismas ideas. Lo que compartían era una realidad que ningún presidente consigue evitar: cuando la gestión cambia las condiciones, los equipos también cambian.
Esa es, probablemente, la principal enseñanza de estos años.
Los liberales creemos que las ideas importan. Y siguen importando. El rumbo económico, la reducción del Estado y la defensa de la libertad individual distinguen a este gobierno de los anteriores.
Aún así las ideas, por sí solas, no gestionan un país. Hacen falta equipos, experiencia, coordinación y capacidad política para convertir esas ideas en resultados concretos.
Por consiguiente la reunión de mañana tiene un valor que va más allá de una foto de unidad. Es el reconocimiento de que el Gobierno entra en una nueva etapa. Un relanzamiento que no implica abandonar el rumbo, sino fortalecer la capacidad para sostenerlo.
Las ideas pueden ser nuevas.
La realidad de gobernar, no.





