La nueva eliminación de River Plate en la Copa Libertadores, esta vez ante Palmeiras en los cuartos de final, puso en evidencia una realidad que trasciende el resultado puntual: el equipo acumula siete eliminaciones consecutivas en el máximo certamen continental desde 2019, un registro que desnuda las falencias estructurales de una institución que parece atrapada entre las glorias del pasado y la incapacidad de proyectar un futuro exitoso. En el medio, sobrevuela la figura omnipresente de Gallardo, que parece inmune a cualquier crítica.
En lo futbolístico, la gestión de Jorge Brito llega a su fin con más interrogantes que certezas. El presidente no podrá presentarse a la reelección debido al nuevo estatuto del club, que impide la continuidad en el cargo, y las elecciones se llevarán a cabo el 1 de noviembre próximo. En el ámbito político, como suele decirse en la jerga deportiva, Brito se ha convertido en un “pato rengo”: un dirigente sin capacidad de maniobra en sus últimos meses de mandato.
Deportivamente, el balance de su gestión presenta claroscuros preocupantes. La inversión millonaria en refuerzos no se tradujo en resultados: los jugadores incorporados no lograron el rendimiento esperado, ni durante la continuidad de Marcelo Gallardo tras la era D’Onofrio, ni en el período posterior. River gastó mas de 70 millones de dólares en los últimos mercados de pases, y la enorme mayoría de esos jugadores no han rendido. Vale recordar también que la relación de Brito con Gallardo se fue desgastando progresivamente, generando cortocircuitos internos que culminaron con la salida del “Muñeco” en 2022. Este regreso fue mas una necesidad política que un deseo original.
De hecho, la apuesta por Martín Demichelis representó un intento de cambio de rumbo absoluto, pero las cosas tomaron un giro negativo tras el famoso “off” con los periodistas y el posterior desgaste con el plantel. La pelea con Enzo Pérez terminó llevándose puesto al propio entrenador meses después.
El regreso de Gallardo en agosto de 2024 generó expectativas de que Brito pudiera finalizar su mandato con una Copa Libertadores. La dirigencia volvió a invertir fuertemente, concretando el recordado “doble mercado de pases” que incluyó las incorporaciones de Marcos Acuña, Germán Pezzella, Maximiliano Meza y Fabricio Bustos. Se le otorgó poder absoluto al técnico para todas las decisiones deportivas.
Sin embargo, Gallardo perdió todas las competencias que disputó desde su regreso, incluyendo las eliminaciones en Copa Libertadores ante Atlético Mineiro en 2024 y ahora ante Palmeiras. El River de Madrid 2018 parece cada vez más lejano, y pareciera que el club no logra desprenderse de su nostalgia. Si permanece atrapado en el pasado, los tiempos futbolísticos podrían tornarse aún más difíciles.
Aún así, todo parece indicar que Stefano Di Carlo, actual secretario general del club, y candidato del oficialismo será el próximo sucesor de Brito. Pero “el hijo predilecto” de la institución enfrenta el dilema de definir si verdaderamente está dispuesto a empoderar aún más a Gallardo o si implementará la estructura que todo club moderno debería tener.
La política de campaña del probable próximo presidente incluye otorgarle a Gallardo la figura de “CEO deportivo”, con control absoluto sobre toda la estructura futbolística. En los papeles, cristalizar algo que ya está sucediendo desde su regreso. Sin embargo, los resultados obtenidos hasta el momento no respaldan que el técnico se haya ganado semejante responsabilidad.
La reconstrucción de River también pasa por la renovación de la secretaría deportiva. La gestión de Enzo Francescoli y Ponzio está totalmente agotada: sin poder de decisión real, absorbida y subordinada al poder de Gallardo, han quedado relegados a ocupar un lugar testimonial. Este ciclo ha llegado definitivamente a su fin.
Así, la reconstrucción de River demanda cambios estructurales de fondo. Es necesaria una transformación en la política de compras, en el manejo del entrenador y en la organización de la secretaría deportiva. Se requiere modificar completamente la gestión deportiva desde el sector futbolístico.
El gran interrogante es si la nueva dirigencia tendrá la personalidad suficiente para implementar los cambios necesarios, realizar una autocrítica feroz, algo que históricamente le cuesta mucho a River, y entender dónde se encuentra el error real para saber desde dónde partir nuevamente. Si logran dar este golpe de efecto, River podría volver a ser River. Pero hoy, esa posibilidad parece estar muy lejos. La institución debe decidir si continuará abrazada a su nostalgia o si tendrá el coraje de emprender la reconstrucción que los tiempos exigen.
Mientras tanto, Jorge Brito será recordado como el presidente que construyó un nuevo Monumental de nivel europeo, una obra arquitectónica maravillosa, y que dejó al club en una situación económica muy beneficiosa. Sin embargo, la historia de River no se escribirá únicamente desde lo institucional, sino fundamentalmente desde los logros deportivos que tanto esquivan al club en los últimos años. Y en ese aspecto, su gestión quedará marginada con apenas una liga ganada en sus cuatro años. Muy poco para un club con tanta grandeza.





