InicioDeportesRiver ante una pregunta clave: ¿Quién puede controlar a Gallardo?

River ante una pregunta clave: ¿Quién puede controlar a Gallardo?

La eliminación de River ante Independiente Rivadavia de Mendoza en la semifinal de la Copa Argentina dejó al descubierto una crisis que trasciende lo estrictamente futbolístico. Bajo una intensa lluvia que demoró el partido casi una hora, el equipo de Marcelo Gallardo se despidió del certamen con los errores de Miguel Borja y Giuliano Galoppo desde los doce pasos, mientras Sebastián Villa sellaba la histórica clasificación del conjunto mendocino a su primera final.

Pero el problema que hoy enfrenta la institución de Núñez no se reduce a los resultados deportivos. Se trata de una cuestión de poder, de jerarquías institucionales y de roles que quedaron difusos en una estructura donde el entrenador parece haber acumulado una autoridad que excede largamente la que históricamente tuvo cualquier técnico en la historia del club.

El análisis del presente de River obliga a preguntarse quién manda realmente en el club. La respuesta parece clara: Marcelo Gallardo. Pero este poder no surge solamente del respeto ganado por toda la gloria conseguido en su primer ciclo, sino de un temor palpable que paraliza a la dirigencia, tanto del oficialismo como de la oposición, a la hora de tomar decisiones.

La situación llegó a un punto tan evidente que Stefano Di Carlo, candidato del oficialismo para las elecciones presidenciales del próximo sábado 1 de noviembre, ya lo propuso como “CEO” del fútbol por cuatro años más, formalizando y blanqueando una dinámica de poder que hasta ahora operaba de hecho.

Sin embargo, este empoderamiento plantea un interrogante fundamental sobre la estructura del club. ¿Cuál es el rol de Enzo Francescoli, supuestamente manager y por lo tanto jerárquicamente superior al técnico? ¿Cuál es la función del Presidente si no puede cuestionar decisiones como el pago de 13 millones de dólares por Kevin Castaño, un jugador que vino del fútbol ruso sin objeciones? En River, la jerarquía tradicional está invertida: el técnico conduce absolutamente todo y nadie se atreve a contradecirlo. Es un presidente de hecho.

Ahora, los problemas de esta estructura invertida se deja trascender en algunas palabras. Jorge Brito, que finaliza su mandato en pocos días, rompió el silencio tras la cuarta derrota consecutiva en el Torneo Clausura ante Sarmiento de Junín. Y en declaraciones a ESPN, fue contundente: “Claramente, Gallardo es el principal responsable del presente futbolístico”. No obstante, estas palabras llegan cuando a Brito le quedan apenas días en el cargo. Es la clásica declaración de quien se va: tirar piedras desde la vereda de enfrente sin asumir consecuencias. Brito no hubiese hablado de esta manera si le faltaran dos años de gestión. Pero lo hace ahora tras haber tenido que “entregar” el poder a Gallardo tras la salida de Martín Demichelis.

El último tiempo de River ha sido una sucesión de decepciones que la complicidad mediática intentó disfrazar. La eliminación ante Atlético Mineiro en la Copa Libertadores 2024 fue vendida como “vamos por la épica” tras el partido de ida. Luego la discusión era con los equipos brasileros no se puede competir. La derrota contra Talleres de Córdoba en el Trofeo de Campeones se minimizó como “un trofeo menor”. El papelón ante Platense en el Monumental, con un arbitraje cuestionado que favoreció a River como fue el de Yael Falcón Pérez, se dejó pasar de largo. La eliminación en la fase de grupos del Mundial de Clubes pasó sin pena ni gloria.

Luego vino la eliminación en cuartos de final de la Copa Libertadores ante Palmeiras, donde en lugar de analizarse los problemas futbolísticos, se repitió el discurso de que “con la billetera brasilera no se puede”. El equipo llegó a la Copa Argentina aferrándose a ella como última esperanza, pasando la serie ante Racing sin patear casi al arco, y terminó eliminado por un equipo del ascenso con una actuación anodina.

River está quinto en el Torneo Clausura, ha sumado seis derrotas en siete partidos y está luchando por la clasificación directa a la Copa Libertadores 2026 en la tabla anual, donde ocupa el tercer puesto con 49 puntos, en zona de repechaje, aunque con un partido mas que Boca. Todo bajo la burbuja de una mentira sostenida por el escudo protector que supone compararse con otras instituciones.

Pero hay más cuestiones para analizar. En la conferencia de prensa posterior a la eliminación ante Independiente Rivadavia, pasada la medianoche en el Kempes, Gallardo pronunció un monólogo que llamó la atención: “En este momento, seguramente acá afuera no hay nadie que te vaya a esperar para darte un abrazo. Nadie te va a esperar para llevarte de la mano hacia algún lugar. Entonces, en estos momentos también debemos entender que posiblemente hasta tendremos que atravesarlo solos, porque es así, porque el fútbol es así. Cuando ganás están todos, cuando perdés no está nadie”.

Vale entonces preguntarse: ¿está solo Gallardo? La respuesta del hincha riverplatense debería ser evidente: 30.000 personas viajaron a Córdoba bajo la lluvia, tomándose el día de trabajo y gastando dinero que no sobra, para acompañar al equipo. Más de 80.000 hinchas colmaron el Monumental tras la eliminación ante Palmeiras. El estadio se llena partido tras partido. Esa soledad no parece reflejada en la gente. Entonces, ¿a quién apunta?

Pero hay algo más revelador en las palabras de Gallardo. En una entrevista reciente con Mariano Closs, una de las pocas que concedió en este segundo ciclo, el técnico admitió un cambio sustancial en su enfoque: “Yo en un momento fui muy 24×7. Iba, no paraba. Y entendí que estaba dejando un montón de cosas de lado. Entendí que el disfrute de la vida también pasa por otros momentos. Y hoy disfruto donde estoy, me siento feliz con lo que hago. Mi estado profesional sigue siendo con el nivel de pasión que lo transmito, pero también hay cosas importantes en mi vida”.

La pregunta entonces es obvia: ¿este Gallardo que ya no es “24×7” es el que necesita River? La estatua que le erigieron en el Monumental, en lugar de ser un reconocimiento, se ha transformado en una fuente de miedo. Nadie quiere tener declaraciones “condenatorias” a futuro. El resultado es que le permiten armar, desarmar y cometer la cantidad de errores que sea, gastando el dinero que haga falta, sin que nadie le encuentre la vuelta a un equipo apático, anárquico y gestualmente mal.

River enfrenta un dilema que nadie se atreve a resolver, ni en el oficialismo ni en la oposición. ¿Quién tiene los pantalones largos para poner a Gallardo en el lugar que le corresponde?  Es decir, en el lugar de un entrenador que tiene encima suyo una estructura que incluye al mánager deportivo y al propio presidente. Mientras siga transitando el camino en el que Gallardo es el rey al que todos temen, la reconstrucción será imposible. El hincha ya lo percibe: por primera vez en mucho tiempo, habla abiertamente de fin de ciclo.

Pero la verdadera pregunta que debe hacerse el hincha de River no es si Gallardo se queda o se va. La pregunta es: ¿quién va a mandar en River? ¿Quién va a evaluar esta situación? ¿Quién tiene la capacidad de tomar decisiones en un club donde el técnico decidió hasta la última contratación sin que nadie objetara?

Esta es la gran pregunta que River debe responder antes de cualquier reconstrucción. Porque sin una estructura institucional clara, sin roles definidos y sin una dirigencia que se atreva a ejercer su autoridad, no habrá técnico, por más títulos que haya ganado, que pueda sacar al club del pozo en el que se encuentra. El problema de River, antes que futbolístico, es institucional. Y esa es la verdad que nadie se atreve a decir en voz alta.

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