InicioDeportesMiguel Ángel Russo: el adiós a un grande que nunca cambió

Miguel Ángel Russo: el adiós a un grande que nunca cambió

El fútbol argentino se conmovió enormemente con la partida de Miguel Ángel Russo, quien falleció a los 69 años mientras ejercía como entrenador de Boca Juniors en su tercera etapa al frente del equipo. Se fue un hombre noble, generoso y respetuoso que dedicó su vida al fútbol, pero siempre con su impronta y estilo.

Como jugador, tiene el legado de haber hecho historia y sólo jugado en Estudiantes de La Plata. Como jugador, un hábil mediocampista que no negociaba la entrega. Puro ADN pincharrata y formado bajo la égida de Bilardo. Campeón en 1982 y 1983, era también parte de la selección nacional hasta que le tocó quedar afuera del Mundial 86, cuando irrumpe el “Checho Batista”. “Ya me vas a entender cuando seas técnico” le dijo Bilardo, y así lo entendió Miguel que nunca le reprochó esa decisión.

Su historia como técnico ya es conocida, pero vale la pena recordarla una vez más. Cinco ciclos en Rosario Central, tres en Boca, dos en San Lorenzo, amado en Lanús, querido en Vélez donde salió campeón en 2005, también con grandes pasos en Colombia y Chile, en Racing donde tuvo un paso breve pero dejó huella. En todos los lugares donde dirigió fue respetado y valorado. Nunca se confundió sobre el lugar que ocupaba.

El destino le dio grandes satisfacciones. Le devolvió la gratitud a Estudiantes con el ascenso de 1995. También, por ejemplo, logró formar aquel equipazo de Universidad de Chile en 1996 que enfrentó a River en una especie de final anticipada de la Copa Libertadores, que terminó ganando el Millonario, o el Lanús que ascendió y sentó las bases de un crecimiento que continúa hasta hoy.

Pero la revancha definitiva cuando sacó campeón a Boca en la Copa Libertadores de América 2007, la sexta del club y la última hasta ahora, hace 18 años. También hizo historia en Rosario Central: invicto en los clásicos ante Newell’s, artífice del ascenso que tanto les costó a los rosarinos y finalmente le entregó una Copa de la Liga.

Para quienes somos periodistas de esta generación, Russo fue mucho más que un entrenador exitoso. Crecimos de la mano con su desarrollo profesional, lo seguimos en sus diferentes etapas y equipos, y con el paso del tiempo descubrimos algo extraordinario: nunca cambió. Aquella persona que había comenzado muy seria, responsable, generosa, educada, ubicada y profundamente respetuosa del trabajo ajeno, se mantuvo intacta hasta el último día. No lo cambiaron los títulos, no lo cambió la fama, no lo cambió el dinero. Nada lo transformó.

Russo luchó durante casi ocho años contra un cáncer de vejiga y próstata que le detectaron cuando dirigía a Millonarios de Colombia. Fue un golpe para todos cuando lo vimos perder peso y cabello por las quimioterapias. Sin embargo, él siguió firme al mando del equipo colombiano, al que sacó campeón. Nos llenó también de alegría saber que había superado la enfermedad, pero nunca paró, nunca descansó.

Recuerdo aquella frase de Falcioni a Maradona, cuando ambos dirigían y se cruzaron en la cancha. En un abrazo, Falcioni le dijo al oído algo que captaron los micrófonos: “Diego, el fútbol nos da vida”. Para Miguel era igual. Por eso, cuando muchos se preguntaban por qué Russo hacía semejante esfuerzo físico con una salud debilitada, la respuesta era sencilla: porque el fútbol lo hacía feliz, le daba vida.

Estuvo muy cerca de la Selección Argentina en 2009, cuando finalmente Maradona fue designado entrenador. Russo dijo entonces una frase memorable: “Me fui a dormir siendo técnico de la selección y cuando me levanté nombraron a Diego”. Tal vez fue su única cuenta pendiente como entrenador, pero su vida pasó por otro lado: por dejar una huella imborrable.

Russo nos enseñó a los periodistas de nuestra generación a ser mejores profesionales y mejores personas. Hoy, en medio de la tristeza y la angustia, podemos decir que ese mensaje y esa tarea que él llevó adelante, nosotros logramos comunicarla. Por eso el mundo del fútbol habla de él como lo hace. Por eso lo despiden hinchas de todos los equipos, no sólo en aquellos clubes donde estuvo.

Sin declaraciones estridentes, tuvo frases y momentos que se volvieron parte de nuestras tertulias periodísticas. “Son decisiones” era su frase típica que se volvió parte del diccionario futbolero. Ese respeto y esa generosidad que tenía, supimos trasladarla al público, y hoy él está cosechando todo lo que sembró.

No merecía sufrir. Se fue en paz, rodeado de su familia y amigos. Los últimos momentos fueron de despedida, y con mucho esfuerzo físico pudo dejar ordenado lo que entregó a la última parte de su vida: dejó a Boca puntero. Aquel día que salió de la clínica, cuando muchos dudaban si dirigiría el partido frente a Rosario Central, él tenía todo claro: quería estar presente. Dirigió ese Central-Boca, tal vez ante los dos equipos que lo marcaron a fuego junto con Lanús. Por algo quiso estar en ese partido, cerrando el ciclo con el último encuentro sin estar presente físicamente, pero siendo el técnico de Boca y dejándolo en lo más alto de la tabla.

Hoy podemos ver cómo lo despide la Bombonera con hinchas de Boca, de Central con sus camisetas, de Estudiantes de La Plata, de San Lorenzo, de Racing, de Lanús, de Vélez, del fútbol en general. Hasta un hincha de River se acercó con su camiseta para homenajearlo con un ramo de flores. En el final, ese Russo respetuoso, generoso y amable lo terminó logrando: logró unir las camisetas en esta locura que vivimos permanentemente en el fútbol, demostrando que puede haber rivalidad, pero que no pasa de ahí.

También nos dejó otra frase memorable: “A mí me vibra el corazón, no me vibra el celular”. Cuánta razón. Qué pena que a veces tengamos que detenernos en el dolor para dimensionar todo lo que alguien fue construyendo a lo largo de su vida. Se lo recordará como un gran entrenador, pero sobre todas las cosas se lo recordará como una gran persona. En estos tiempos de tanto egoísmo, no es poca cosa. El fútbol se lo está devolviendo en este momento tan especial, dejando un legado para muchos.

Boca lo cobijó, lo protegió, lo respetó y le cumplió el sueño final de terminar el recorrido como él lo imaginó, como lo soñó, como lo quería. El adiós a Miguel Ángel Russo deja al fútbol argentino más pobre, pero con un ejemplo invaluable de profesionalismo, humildad y grandeza humana.

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