Desde el momento que estalló la guerra nuevamente en Medio Oriente, los ojos futbolísticos se posaron sobre la Finalísima que tenían que disputar Argentina y España en Qatar. Ya confirmada la cancelación, desde mi perspectiva, esto excede lo futbolístico y estamos ante una oportunidad desperdiciada para que el deporte más popular del planeta le dijera algo al mundo en un momento en el que el mundo necesita escuchar.
El encuentro, que debía enfrentar a la campeona de la Copa América contra la campeona de la Eurocopa, las dos mejores selecciones del planeta, con los mejores futbolistas en actividad, y con Argentina como vigente campeona del mundo, era el partido que todo el universo futbolístico quería ver. Un duelo que, de cara al Mundial 2026, probablemente solo podría darse en una eventual final del torneo. La Finalísima ofrecía la chance de anticipar ese cruce. Pero repito, más allá de lo estrictamente deportivo, ese escenario tenía un valor simbólico enorme.
Vivimos tiempos plagados de egoísmos, de individualismo, de una lógica en la que el dinero y el poder se imponen sobre todo lo demás. Y la Finalissima era una excusa perfecta (porque eso era, una excusa) para que el fútbol se expresara con fuerza ante un planeta sacudido por la guerra. Era la oportunidad de salir a la cancha y decirle al mundo: no estamos de acuerdo con la guerra, no queremos más muertos, queremos paz.
El fútbol tiene esa capacidad única de llegar a lugares donde nada ni nadie puede llegar. Es un conductor de comunicación sin igual. En cualquier rincón del planeta, por más vulnerable que sea, pica una pelota. En cualquier lugar hay una camiseta de algún equipo o de alguna selección. No hace falta dinero para jugar un partido. El fútbol iguala. Y tenía una gran oportunidad de gritarle al planeta “Basta”.
En ese sentido, quiero destacar lo que hizo Matías Almeyda. El técnico del Sevilla se plantó en conferencia de prensa antes de enfrentar al Barcelona y habló con una honestidad que pocas veces se escucha en el ámbito deportivo. Dijo que hoy hay guerras y que nosotros estamos hablando de jugar un partido, y que eso quiere decir que no nos importa nada. Señaló que el negocio tiene que seguir mientras en el mundo se lanzan cohetes que valen cincuenta millones de euros, y se preguntó por qué, en vez de tirar esos cohetes, no se destinan esos recursos a arroz, a educación, a los lugares donde más se necesita.
Aplaudo a Almeyda. Tiene el coraje de saber que su palabra llega a lugares donde otros no pueden llegar. Se mete en un terreno incómodo, sale del estado de confort, y lo hace igual. Es la primera vez que escucho a un hombre del fútbol manifestarse con esa contundencia respecto a la guerra. Así como en algún momento el fútbol se expresó contra el racismo, era el momento de que comenzara a ser la punta del iceberg para gritar a los cuatro vientos: no queremos guerra, queremos paz.
Pero a la Finalissima se la devoró el egoísmo. Lo primero que primó fue el intento de venderle el negocio a Qatar, poniendo el dinero por delante del juego y llevando el partido a una sede que contractualmente no correspondía.
Después, de forma unilateral, España y la UEFA, con Aleksander Ceferín al mando, decidieron que se jugaría en el Santiago Bernabéu. Desde la Argentina respondieron irónicamente proponiendo jugar en el Monumental, incluyendo la foto de Alejandro Domínguez y Tapia. Y ahí empezó la puja de poderes: una escalada de egoísmos en la que nadie fue capaz de sentarse en una mesa y decidir un lugar neutral para jugar un simple partido de fútbol. Sobraban lugares y fechas, pero todo era una excusa válida para no jugar el partido.
Viniendo a nuestro país, en la comunicación también jugaron sus intereses quienes utilizan a los medios para hacer mella en favor de unos u otros. Los que atacaron a la AFA y a Claudio Tapia desde la vereda de la UEFA, los que contraatacaron desde el otro lado. La verdad es que todo eso importa muy poco.
La UEFA midió sus intereses de manera egoísta, en vez de ver que dos federaciones tan importantes podían tener una fuerza y un poder enorme unidos. La Real Federación España miró su propio ombligo. La CONMEBOL quiso demostrar que no es menos que la UEFA. Y la AFA quiso demostrar que tiene más poder que cualquiera por ser poseedora del trofeo más importante: el campeonato del mundo. Nadie miró ni pensó un poco más allá.
De fondo está lo innegable: el fútbol se metió de lleno en la arena geopolítica. Basta ver la presencia de Gianni Infantino en el “Consejo de la Paz” que formó Donald Trump y cómo ahora está terciando en la participación o no de Irán en el Mundial. Medio Oriente, con Qatar, Emiratos Árabes y más recientemente (y con mas dinero), Arabia Saudita, son parte de la conversación global del fútbol. Y las federaciones, deseosas de esos petrodólares, hacen lo que sea necesario para conseguirlos, al punto de desnaturalizar cualquier competencia.
Era una linda posibilidad de que los dos equipos salieran con una bandera por la paz. Era una linda posibilidad para un minuto de silencio por la cantidad de muertos inocentes. Era una linda oportunidad para jugar con un brazalete negro de luto. Como dijo Almeyda, queremos que los alimentos, la ropa, la educación, el afecto y el abrazo puedan llegar a los lugares donde más se necesitan.
Lamentablemente, esa oportunidad se perdió. Una vez más, por egoísmos, por individualismo, por dinero, por ambición. No sé cuándo ni dónde se jugará la Finalissima. Lo que sé es que era ahora cuando tenía que jugarse. Y el fútbol, que tantas veces demostró ser más grande que un partido, esta vez se quedó chico.





