InicioDeportesGallardo: La crisis institucional que nadie quiere nombrar en River

Gallardo: La crisis institucional que nadie quiere nombrar en River

Mientras el fútbol argentino dedicó meses a analizar cada movimiento de Boca Juniors y cuestionar la gestión de Juan Román Riquelme, una situación similar comenzó a gestarse en Núñez de forma silenciosa pero contundente. La derrota por 2 a 0 ante Boca en La Bombonera expuso con crudeza un problema que River lleva arrastrando desde hace meses y que la dirigencia, junto a un sector importante de los medios, intentó mantener fuera del foco mediático. Ahora les explotó, una vez más, la granada entre sus manos. Pero para entender el hoy, hay que hacer un poco de historia y ver cómo se llegó a esta situación.

El regreso de Marcelo Gallardo en su segundo ciclo significó mucho más que la vuelta del entrenador más ganador de la historia del club. Su llegada reconfiguró el mapa político interno de River: desplazó a Enzo Francescoli totalmente de la gestión del fútbol, sacó de la línea sucesoria presidencial a Matías Patanián (quien era el candidato natural) y terminó por consolidar a Stefano Di Carlo, de 36 años, como el presidente más joven en la historia de la institución desde Antonio Vespucio Liberti en 1933.

Sin embargo, esta reconfiguración del poder institucional generó una anomalía inédita en el fútbol argentino: un entrenador con más poder que el propio presidente del club. Si Di Carlo llegaba a la presidencia, como lo hizo, era en buena parte por que Gallardo le dio su venia, su aprobación. Ya había demostrado esa influencia en su primera etapa, cuando su salida dejó debilitado políticamente a Jorge Brito. En su regreso, esa dinámica se profundizó hasta niveles que comenzaron a evidenciar una estructura de autoridad invertida.

La gestión de Di Carlo comenzó con dos decisiones que el análisis retrospectivo señala como errores estratégicos de gravedad. El primero ocurrió inmediatamente después de ganar las elecciones con el 61,77% de los votos: en lugar de convocar a Gallardo a su oficina presidencial, el flamante mandatario se trasladó al predio de Ezeiza para reunirse con el entrenador. El gesto, interpretado como una señal de debilidad institucional, mostró quién tiene realmente la última palabra en el club.

Pero se podrá decir que es aquella primera reunión un gesto menor, sin mayor relevancia más que para el análisis político. El segundo error fue aún más determinante. El miércoles 5 de noviembre, apenas dos días después de asumir formalmente como presidente, Di Carlo montó una conferencia de prensa junto a Gallardo para anunciar la renovación de su contrato hasta diciembre de 2026. La decisión, que llegó en medio de una profunda crisis deportiva (River había perdido siete de sus últimos diez partidos, quedando eliminado tanto de la Copa Libertadores como de la Copa Argentina), se tomó a cuatro días del Superclásico ante Boca. Una operación política que apostaba todo a un resultado deportivo que, según los pronósticos más realistas, tenía escasas posibilidades de ser favorable.

El domingo se confirmaron los peores augurios: Boca venció 2-0 en La Bombonera con goles de Exequiel Zeballos y Miguel Merentiel. Podrían haber sido mas goles. Y River quedó atrapado en una encrucijada de difícil salida.

Desde el regreso de Gallardo, los números son contundentes y contrastan dramáticamente con las expectativas generadas. River fue eliminado en la Copa Libertadores 2024 por Atlético Mineiro sin lograr objetivos en ese semestre, pese a una inversión millonaria en refuerzos. En el mercado de pases siguiente se descartaron jugadores recién incorporados y se trajeron otros, iniciando un círculo vicioso de contrataciones sin continuidad.

La lista de resultados adversos se acumula: derrotas ante Talleres por la Supercopa, Platense lo eliminó en el Torneo Apertura, y en este torneo, Riestra, Sarmiento, Gimnasia se llevaron puntos en el Monumental. Independiente Rivadavia lo eliminó en Copa Argentina, y la eliminación ante Palmeiras en la Libertadores de este año fue, futbolísticamente hablando, categórica. El Mundial de Clubes fue un papelón. Y ahora, el equipo está al 80% de quedar afuera de la próxima Copa Libertadores, dependiendo más de los resultados ajenos que de lo que pueda hacer el propio River. Es tal la situación, que incluso en un torneo que te da la chance de clasificar octavo en tu zona y salir campeón, nadie en Núñez cree realmente que el equipo pueda lograrlo.

Surgen preguntas sin respuesta: ¿cuánto se devaluó un plantel por el cual River invirtió decenas de millones de dólares? ¿Por qué se contrataron jugadores con problemas físicos que se lesionan permanentemente? ¿Por qué futbolistas como Kevin Castaño, que pudieron costar 8 millones de dólares, terminaron pagándose casi 14 tres meses después? ¿Por qué los juveniles no tienen continuidad, y cuando juegan son expuestos y luego marginados durante meses?

River quedó atrapado entre dos opciones igualmente problemáticas. Si la dirigencia decide desvincular a Gallardo, enfrenta un conflicto institucional mayúsculo con el entrenador más exitoso de su historia, recién renovado por un año más. Pero si decide mantenerlo, deberá financiar una nueva renovación masiva del plantel, descartando jugadores que apenas llevan un año en el club y desembolsando decenas de millones de dólares adicionales.

¿Cuántos jugadores habría que cambiar? ¿Diez, doce, quince? ¿Se puede echar a casi todo un plantel pero mantener al entrenador? La lógica deportiva sugiere que cuando un vestuario no responde, el cambio recae en el cuerpo técnico, no en treinta futbolistas. Pero en River la lógica está invertida: el entrenador tiene más poder político que el presidente.

Durante meses, la gestión de Riquelme en Boca fue objeto de análisis diarios en programas deportivos, políticos y de espectáculos. Se cuestionó cada contratación, cada decisión institucional, cada resultado adverso. La “crisis de Boca” fue el tema recurrente de mesas de debate televisivas, editoriales radiales y columnas de opinión.

Sin embargo, la crisis de River, con indicadores deportivos y administrativos igual de preocupantes, no recibe la misma cobertura crítica. No hay editoriales sobre la “ineptitud” del presidente. No hay mesas redondas analizando la “crisis institucional” de Núñez. El círculo de poder mediático que tanto cuestionó a Boca permanece notablemente silencioso ante una situación equivalente en River.

Ahora Stefano Di Carlo, que asumió con el respaldo del 62% de los socios que votaron en una elección histórica por su participación, enfrenta ahora la prueba de fuego que definirá su gestión. Deberá demostrar temple político para resolver una situación que ya no se puede ocultar ni postergar. River está al borde de quedarse afuera de la Copa Libertadores por primera vez desde 2015, arrastra resultados inaceptables para su historia, y tiene un plantel costoso pero ineficiente.

La próxima fecha, River dependerá más de la capacidad de Guillermo Barros Schelotto para vencer a Gallardo, algo que el técnico de Vélez debe lograr para mantener vigente su candidatura a dirigir Boca en el futuro, que de sus propios méritos para clasificar al torneo continental.

Mientras tanto, la pregunta persiste: ¿cuándo comenzará el análisis crítico y público de la crisis institucional de River con la misma intensidad con la que se juzgó a Boca? La respuesta dirá mucho sobre el poder real que tienen algunos actores en el ecosistema del fútbol argentino.

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