El Gobierno nacional incorporó a Diego Santilli como ministro del Interior con un objetivo claro: sumar músculo político a una administración que, hasta ahora, se apoyó casi exclusivamente en la gestión económica. En un esquema donde el poder se concentra en Karina Milei, la secretaria general de la Presidencia, la llegada de Santilli representa el ingreso de un actor con experiencia territorial y capacidad de diálogo.
La decisión responde a una necesidad interna: el Gobierno carece de figuras que manejen la política. Santilli ocupará ese vacío, con respaldo directo de Karina Milei, quien lo subió a la mesa política y le otorgó margen de acción propio. Si bien comparte las reuniones con el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, ambos responden a la misma conducción, pero el liderazgo político del área está claramente en manos del nuevo ministro.
Por eso no resulta para el nuevo ministro un problema que el Gobierno haya modificado el organigrama del Estado y le traspasara tres áreas a la Jefatura de Gabinete como Deportes, Turismo y Ambiente, que además asume las atribuciones de la ahora exsecretaría de Comunicación y Medios. Karina Milei es la que acumula poder dentro de un triángulo que dejó de ser equilátero para ser un escaleno, en el que cado lado tiene una medida diferente. Santiago Caputo, quedó diezmado.
La próxima gira por las provincias de Santilli, marcará el inicio de una etapa donde el diálogo y el consenso serán fundamentales. El antecedente en la provincia de Buenos Aires lo avala: tras el traspié con Espert, el Gobierno reconoció el error y colocó a Santilli al frente de la lista.
La gestión Milei se define por su pragmatismo. No teme corregir rumbos si eso garantiza resultados. En esa lógica bilardista, donde lo único que importa es ganar, Santilli encarna la figura del jugador experimentado que entiende el juego político y sabe moverse dentro de la cancha.





