A veces la historia política argentina se parece demasiado a una tragicomedia escrita a las apuradas: personajes que entran y salen de escena, promesas que duran lo mismo que un aplauso forzado, y un público —la ciudadanía— que ya no sabe si reír, llorar o pedir la devolución de la entrada.
Y como si la tragicomedia necesitara un giro más, apareció en escena Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense, con un salvavidas financiero bajo el brazo. Una ayuda presentada como gesto de confianza, aunque en el subtexto se leía otra cosa: temor al default. Como si el aliado del Norte hubiera olido humo antes de que el incendio se declarara. Lo paradójico, es que en lugar de transmitir seguridad, el salvataje reveló una fragilidad incómoda. Todo No Marcha de Acuerdo al Plan (TNMAP). El salvataje fue producto de las relaciones de Santiago Caputo. El que haya trascendido no cayó bien, ni en Economía, ni en Cancillería.
El mercado se acomodó con un tweet del Secretario del Tesoro otorgando el SWAP y anunciando algunas otras medidas dependiendo el resultado electoral. El mercado temía al no pago y no solo al riesgo “Kuka”. La jugada del gigante del Norte fue geopolítica. Milei es el único presidente de uno de los grandes países de todo América, alineado con las políticas de Trump. Argentina es un peón en el tablero de ajedrez de la partida que disputan Estados Unidos con China.
El tiempo político se había acabado. Los asesores económicos que están al lado del gobierno, le pidieron al Ministro de Economía que trabaje en los consensos con los gobernadores y con el PRO. Por eso Luis “Toto” Caputo pidió integrar la mesa política. “Lo único que nos pidieron desde la administración de Trump, es saber como quedaría el Congreso luego de las elecciones”, confirma uno de esos asesores ministeriales.
A la vuelta de Estados Unidos, la movida en el tablero de las “retenciones cero” fue, en apariencia, un gesto audaz. Tres días duró la fiesta, y no precisamente para los chacareros, sino para las multinacionales que presentaron declaraciones en tiempo récord, sin tener un solo grano en la mano, como magos que venden ilusiones antes de sacar la paloma del sombrero. En números, la maniobra dejó a las grandes cerealeras un regalo de 1.700 millones de dólares. A los productores, apenas la resaca.
El Gobierno creyó que había dado un golpe de efecto, pero lo que produjo fue un efecto de golpe. El primer candidato a diputado nacional Espert suspendiendo recorridas, e intendentes oficialistas hablando de “traición” con la boca apretada: señales de que el enojo rural no se disimula con discursos libertarios ni con cadenas de WhatsApp.
Pero lo más grave es la dimensión política. El campo es históricamente antikirchnerista y fue uno de los pilares que sostuvo la ola libertaria en 2023. Hoy, el enojo en el interior profundo trasciende la coyuntura económica: se traduce en desconfianza hacia un gobierno que prometió libertad y reglas claras, pero que termina aplicando parches discrecionales.
Mientras tanto, en los pasillos del Congreso, la oposición afila sus herramientas institucionales. La moción de censura contra Guillermo Francos no es un simple trámite: es el recordatorio de que hasta los negociadores más experimentados pueden convertirse en fichas descartables cuando el tablero se incendia. En este teatro, cada actor busca su protagonismo: unos con leyes exprés para controlar los decretos presidenciales, otros con la esperanza de que el enojo se traduzca en votos.
El oficialismo, en cambio, parece refugiado en un guión cada vez más corto, confiando en que su público cautivo no se levante de la butaca. Pero las encuestas —aunque poco confiables— muestran que la paciencia se gasta. Las internas no cesan. Muchos afirman que están en su peor momento.
Así, a un mes de las elecciones, para el gobierno, ganar no significa conquistar mayorías para legislar, sino blindar un tercio de “héroes” parlamentarios que aseguren la supervivencia del veto. Si lo consiguen, podrán celebrar. Por eso es que la oposición quiere modificar la ley que reglamenta los DNU.
El clima ya no es de revolución ni de refundación, sino de un desencanto anticipado en algunos sectores de la sociedad que tampoco quieren volver al Kirchnerismo. Y en este escenario, el gran enigma no es quién grita más fuerte en campaña, sino quién logra convencer al público de que todavía vale la pena quedarse sentado a mirar.
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