Hay personas que sostienen todo. Que resuelven. Que dan respuestas. Que no se permiten aflojar. Siempre con la palabra justa, el plan a mano, la cabeza fría. Y aunque desde afuera parezcan fuertes, estables, hasta admirables… muchas veces están profundamente solas.
Porque cuando uno siempre está en el rol de quien contiene, de quien da, de quien mantiene todo en pie, rara vez encuentra un espacio donde poder soltar.
¿Quién sostiene al que sostiene?
A veces, nadie. Y ahí aparece una soledad difícil de nombrar. Porque no es la soledad del aislamiento. Es una soledad interna, silenciosa, que no se resuelve con compañía sino con la posibilidad de ser vulnerable sin sentir culpa ni vergüenza.
Esa soledad tiene consecuencias: agotamiento emocional, sensación de injusticia, desconexión con los propios deseos, dificultad para pedir ayuda sin sentir que se pierde algo del rol o del respeto.
Algunas señales que pueden indicar que estás en ese lugar:
- Te cuesta contar lo que sentís por miedo a “preocupar” a los demás.
- Sentís que no hay lugar para tus emociones porque siempre hay algo más urgente que resolver.
- Estás rodeado de gente, pero igual te sentís solo.
- Tenés la sensación de que si vos no lo hacés, nada sale bien.
- Tenés una necesidad constante de mostrar que podés, aunque estés agotado.
¿Cómo empezar a correrse, sin dejar de ser quien sos?
- Permitite pedir ayuda con cosas pequeñas. No por incapacidad, sino por conexión.
- Revisá con honestidad cuánto de tu identidad está atada a “ser el que puede”.
- Buscá espacios donde no tengas que estar en rol. Donde simplemente seas.
- Empezá a mostrar tus emociones en entornos seguros. Aunque sea de a poco.
- Registrá si estás rodeado de vínculos recíprocos, o si siempre das más de lo que recibís.
Sostener no debería costarte el alma. Ni tu cuerpo. Ni tu alegría.
Ser fuerte no significa no sentir. Significa animarse a mostrarse completo, con lo que hay. También con lo que duele.
Nos encontramos la semana que viene.
Vicky Fiorenzi
Consultora Psicológica





