Javier Milei empieza a descubrir que gobernar no consiste solamente en administrar la economía, confrontar con los adversarios y repetir que el mercado terminará acomodando las cosas. Los resultados electorales de Brasil y Estados Unidos dejaron una enseñanza que en la Casa Rosada prefieren no pronunciar demasiado fuerte: el entusiasmo de una campaña no garantiza la paciencia de una sociedad cuando las promesas tardan en convertirse en realidad. El Presidente tomó nota y comenzó a hacer algo que durante mucho tiempo consideró una pérdida de energía: meterse de lleno en la política. Su principal preocupación ahora es evitar que las disputas internas del oficialismo terminen convirtiéndose en oxígeno para una oposición que todavía no consigue organizarse, pero que tampoco necesita demasiado esfuerzo cuando el propio Gobierno se ocupa de exhibir sus contradicciones.
La mesa política de Balcarce 50 lleva tres semanas sin reunirse y acumula más asuntos pendientes que acuerdos cerrados. La postergación de los encuentros por la agenda presidencial y la visita de León XIV no alcanza para explicar una parálisis que tiene nombres propios y diferencias cada vez más profundas. Karina Milei conserva el control de las decisiones estratégicas y pretende consolidar una estructura territorial propia; Santiago Caputo sigue manejando su agenda y sus relaciones de poder, mientras Patricia Bullrich busca ampliar su protagonismo y no oculta sus diferencias con algunos integrantes del círculo presidencial. Diego Santilli intenta hacer de puente entre las distintas tribus, aunque su tarea se parece cada vez más a la de un mediador que debe negociar simultáneamente con adversarios, aliados y compañeros de gabinete. En paralelo, Martín y Eduardo Menem defienden su construcción política en las provincias, con una mirada que no siempre coincide con la velocidad que pretenden imprimirle otros sectores del Gobierno. La Libertad Avanza tiene un Presidente, pero alrededor suyo hay demasiados dirigentes convencidos de que también tienen un proyecto de conducción.
El episodio de la Ley de Competitividad Financiera fue una demostración bastante elocuente de esa descoordinación. Federico Sturzenegger impulsó una iniciativa que terminó incorporando el polémico gravamen sobre la venta de CEDEARs, pese a las objeciones que habían planteado Santiago Caputo y Patricia Bullrich. El proyecto avanzó, provocó el rechazo de dirigentes del propio oficialismo y terminó siendo retirado. La escena dejó una pregunta incómoda: ¿quién decide realmente qué política impulsa el Gobierno? Sturzenegger parece dispuesto a seguir adelante con su laboratorio de reformas, Caputo y Bullrich advierten sobre las consecuencias políticas y Karina intenta preservar el control de la maquinaria presidencial. Milei, que suele reclamar obediencia a sus funcionarios, descubre que hasta sus propias iniciativas necesitan una segunda lectura antes de llegar al Congreso.
La reforma electoral es otro capítulo de esta disputa. El oficialismo quiere eliminar las PASO porque considera que las primarias pueden convertirse en una herramienta para que el peronismo ordene sus candidaturas y construya una alternativa competitiva de cara a 2027. Sin embargo, mientras el karinismo asegura que tiene los votos para avanzar, otros sectores empiezan a contemplar la posibilidad de que las primarias continúen vigentes. Bullrich no parece dispuesta a renunciar a una herramienta que podría servirle para disputar la candidatura presidencial dentro del propio espacio, mientras Santilli debe negociar con gobernadores que aprovechan la necesidad del Gobierno para reclamar obras, recursos y autonomía territorial. Los Menem, por su parte, no quieren que esos acuerdos terminen fortaleciendo a dirigentes provinciales que después compitan contra los candidatos libertarios. La discusión no es solamente electoral: es una pelea anticipada por quién tendrá el control del armado político del oficialismo. Y cuando todos quieren conducir, hasta una elección interna puede convertirse en una cuestión de supervivencia.
Del otro lado, el peronismo intenta recomponer sus propias fracturas. La reunión entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner permitió bajar la tensión en el PJ bonaerense y abrió una tregua que, aunque necesaria, está lejos de resolver las diferencias de fondo. El Consejo partidario aprobó la convocatoria al Congreso del 21 de noviembre e incorporó el reclamo de Cristina Libre, impulsado por La Cámpora y acompañado por el espacio del gobernador. Mariel Fernández reclamó nuevos ámbitos de diálogo y un pacto social, mientras Kicillof volvió a insistir en que cuatro años más de Milei serían imposibles para la Argentina. La coincidencia es importante, pero detrás de la fotografía todavía se esconde la disputa por el liderazgo. Cristina quiere conservar la centralidad, Máximo busca sostener la estructura política que representa, Kicillof pretende convertirse en el conductor de una nueva etapa y Sergio Massa continúa moviendo sus piezas con la expectativa de que la negociación vuelva a abrirle una oportunidad presidencial. Todos hablan de unidad, aunque ninguno parece dispuesto a resignar el lugar desde el cual pretende conducirla.
El gobernador bonaerense necesita ampliar su construcción nacional y sabe que la unidad no se consigue solamente con una reunión en La Plata. También debe administrar los intereses de los intendentes, entre ellos el reclamo por las reelecciones indefinidas, y sostener una posición común frente al intento de Milei de modificar las reglas electorales. El peronismo ratificó su defensa de las PASO porque entiende que eliminarlas puede beneficiar al oficialismo, pero todavía debe resolver cómo organizará su propia competencia. En ese laberinto, Cristina, Kicillof y Massa representan tres maneras distintas de imaginar el futuro, aunque todavía ninguna haya conseguido imponerse sobre las otras.
Milei mira hacia 2027 y pretende evitar que sus adversarios encuentren una oportunidad en sus propias contradicciones. Sin embargo, el problema que tiene delante no está solamente en la oposición, en los gobernadores ni en las urnas: está sentado en su propia mesa política. El Presidente llegó al poder prometiendo terminar con las viejas prácticas, pero ahora necesita negociar, ordenar, disciplinar y convencer a dirigentes que también quieren ser protagonistas. El peronismo, mientras tanto, intenta descubrir quién heredará su conducción. Dos espacios, dos internas y una misma obsesión: llegar al poder con la certeza de que nadie les discutirá quién tiene la lapicera.
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