Estimado lector:
Llegamos a nuestra séptima entrega y propongo un ejercicio de absoluta sinceridad: intentemos explicar hoy a un adolescente qué era el papel carbónico. La mirada de desconcierto que vamos a recibir a cambio no tendrá precio. Quienes peinamos canas (o las disimulamos con dignidad), sabemos que ese folio azul no era un simple útil de oficina, sino la prueba de que equivocarse costaba caro y dejaba marcas.
En nuestros años de colegio había dos bandos frente a la máquina de escribir. Los chicos que iban al Comercial salían volando sobre el carro, porque Mecanografía era materia obligatoria, con nota y todo. Los que salíamos del Bachiller no teníamos la menor idea y apelábamos al famoso método “búsqueda y captura”, picoteando las letras con los dos índices. Es por eso que apenas terminé mi secundaria, llegó el mandato materno. Mi vieja metió mano dura y me mandó directo a una academia: “Vos vas a aprender a tipear bien”.
Y ahí estaba yo, sentada frente a una Olivetti pesadísima, seguramente como tantos de ustedes que pasaron por el mismo trámite, tecleando a ciegas con un metrónomo marcándome el ritmo. Aunque en realidad el verdadero bautismo de fuego era el sándwich de papel carbónico: la hoja original arriba, la de copia abajo y, en el medio, ese folio azul oscuro. Escribir ahí pedía la fuerza de un picapedrero. Si le pegabas suave a la tecla, la copia salía pálida; si le pegabas muy fuerte, perforabas el papel.
El drama arrancaba cuando aparecía un acento fuera de lugar. A Dios gracias para esa época ya existía el Liquid Paper de pincel, que aplicado a la copia, reaccionaba con la tinta azul y se armaba una mermelada grisácea impresentable, y raspar con una Gillette para salvar la pifiada terminaba en un boquete en el medio de la hoja. Lo que superaba todo era “el clásico de los clásicos”: poner el carbónico al revés. Clavabas tres páginas de texto con total entusiasmo, te sentías Shakespeare dominando el arte mecanográfico, y cuando separabas las hojas te encontrabas con la de abajo en blanco impecable y todo el texto impreso al revés en la espalda del original. Ahí no había tu tía. A tirar todo y empezar de cero.
Hace poco me volvió a pasar, pero en versión siglo XXI y sin carbónico de por medio. Era el cumpleaños de una de mis tantas sobrinas. Mi hermana me escribió por privado para preguntarme si se nos había pasado, ya que nadie la había saludado en el grupo de la familia. Yo, que andaba tan distraída como el resto, me mandé a escribir directo ahí, donde la propia cumpleañera estaba leyendo: “Che, no se olviden que hoy es el cumpleaños de Isa”. Recién cuando vi el mensaje publicado caí en la cuenta de que le acababa de avisar a la agasajada delante de toda la parentela que nadie se había acordado de ella. Lo borré al toque y le pedí auxilio a mi mamá, la única a la que todos le cedemos la prioridad, para que saludara ella primero. El resto, más tarde, en fila, nos sumamos con los emoticones de tortas y corazones. Aún así, arriba de todo quedó para siempre, la leyenda digital: “Se eliminó este mensaje”.
Ahí quedó la marca, como la mancha blanca del Liquid Paper sobre la hoja. El error se había borrado, pero el papelón había quedado a la vista de todos. Al final, hacíamos con la gillette y el corrector lo mismo que hoy hacemos con el delete: borrar la macana y seguir adelante como si nada. La diferencia es que antes quedaba una marca en el papel y, muchas veces, también quedaba la evidencia.
De aquellas tardes de carbónico y dedos azules quizás nos quedó una costumbre mi estimado lector: antes de tirar todo, ver cuánto se puede salvar. No sé si eso es sabiduría o simplemente experiencia. Después de los cincuenta, a veces cuesta distinguir una de la otra.





