Estimado lector:
Hay días en que me miro al espejo y me reconozco como sobreviviente de otra era, no por vieja, de curtida nomás. Cuarta entrega de este recorrido, y el entrenamiento que nos tocó sigue siendo el mismo tema de fondo.
Para los que amamos la música de los ’80, los viernes a la tarde la disquería era el lugar de desembarco; una especie de cueva con bateas de vinilo y estantes cargados de cassettes. Comprábamos los “vírgenes”, TDK, BASF, Sony, palabra que en los ochenta hablaba de cinta sin grabar y hoy generaría, como mínimo, una confusión incómoda en cualquier grupo de WhatsApp familiar. Venían envueltos en un celofán sumamente rígido que rompíamos con los dientes, porque jamás encontrábamos la tirita que lo abría, o quizás lo que nos ganaba era la ansiedad por llegar a casa y ponernos a grabar.
Cuando no había plata y la casa de discos no era una opción, los ochentosos teníamos un plan B: un cassette usado con cinta Scotch tapando los agujeritos de arriba, y a borrar sin culpa lo que estuviese dentro. El lío se armaba cuando ese cassette era reclamado por su dueño, que generalmente era algún hermano mayor, con el que no había perdón que valga. El pecado mortal era haberle borrado de por vida los temas sin avisar, y ahí nomás se desataba la hecatombe.
Pasado el mal trago pero con la cinta en nuestro poder, pasábamos al segundo paso: el momento de mayor paciencia. Allí estábamos, pegados al radiograbador esperando que el locutor de turno se callara la boca para apretar Rec y Play al mismo tiempo y arrancar la magia. La canción ya volaba alto cuando, sin aviso, el aparato pegaba un mordisco seco y gutural que nos helaba la sangre.
Abríamos la cassettera y se venía el mundo abajo. No queríamos ni mirar, sin embargo, ahí estaba, ese nudo de cinta marrón atascado en los rodillos. No había forma de saber si eso tenía arreglo, y ante esa incertidumbre se jugaba algo más grande que una canción, la sensación de que lo que se rompía, se rompía y para siempre. En ese mismísimo momento empezábamos a rezarles a todos los santos disponibles, y también a algún que otro que inventábamos por las dudas.
Como cualquier adolescente sobreviviente de aquellos años, teníamos siempre a mano el kit de reparación que no venía en ninguna caja de herramientas. Salía una lapicera Bic, la de siempre, con el cuerpo hexagonal que encajaba justo en el engranaje del cassette. Si no había Bic, servía un lápiz de madera o directamente el dedo meñique. Girábamos despacito, devolviendo la cinta al cartucho con la esperanza de que no se hubiera cortado.
Si se cortaba, tampoco se tiraba nada. Recurríamos ya al botiquín de primeros auxilios: esmalte de uñas de mamá, un pedacito de cinta transparente, y a pegar. Pequeño detalle: tras la pegatina, en el segundo cuarenta y dos nos quedaba un salto, un “clack” seco en medio de la canción. Hoy a eso lo llaman experiencia de usuario; en los ochenta se llamaba tener oído y bancársela. Nadie tiraba un cassette por eso, nos aprendíamos el tema con el defecto dentro, y hasta el día de hoy, si escuchamos esa canción sin el salto, sentimos que le falta algo.
Todo ese ida y vuelta con la cinta nos fue curtiendo sin que nos diéramos cuenta. El error pasó a ser parte del paisaje, y ante el primer obstáculo no salíamos corriendo a buscar un reemplazo, salíamos a buscar la herramienta.
Hoy, los de más de cincuenta entendemos la tecnología, usamos billeteras virtuales, trabajamos con herramientas digitales y nos adaptamos a los cambios sin mucha complicación. Sin embargo, hay algo que traemos de fábrica y no se nota a simple vista. Cuando algo se traba, no nos quedamos mirando la pantalla. Sabemos que un vínculo, un proyecto o una pérdida se destraban con la misma paciencia con la que desatábamos aquella cinta magnética.
Aprendimos, a fuerza de manivela, que pocas cosas se tiran a la primera. A veces alcanza con encontrar la lapicera correcta y girar despacio, aunque la música siga saltando un poco.





