Chiche Gelblung murió este miércoles a los 82 años en el Sanatorio Mater Dei, en Palermo, Buenos Aires, donde permanecía internado desde el martes por un cuadro respiratorio. El periodista, uno de los grandes protagonistas de los medios argentinos durante más de cinco décadas, dejó una trayectoria marcada por la televisión, la radio, el periodismo gráfico y una forma irreverente de observar la realidad que convirtió su nombre en una marca imposible de confundir.
Había nacido como Samuel Gelblung, el 7 de febrero de 1944, en Villa Devoto. El apodo “Chiche”, según contó alguna vez, surgió porque “era un bebé tan lindo que me consideraban el chiche de la familia”. Su infancia transcurrió en un hogar atravesado por fuertes discusiones políticas, rigidez familiar y una convivencia compleja que, según relató, terminó empujándolo a abandonar su casa cuando tenía apenas 14 años.
“Era insoportable. Sentí que debía irme o iba a enloquecer”, recordó años después.
Sin terminar el colegio, Gelblung tuvo una formación poco convencional. Pasó por distintos trabajos hasta encontrar su lugar en las redacciones y, antes de cumplir 20 años, ingresó a la revista Gente, donde comenzó una carrera que lo llevaría a convertirse en jefe de redacción y, más tarde, en una figura central del periodismo argentino.
Su primer gran aprendizaje llegó muy temprano: a los 25 años cubrió la Guerra de los Seis Días. Aquella experiencia internacional sería apenas el comienzo de una carrera que nunca entendió las fronteras como un límite.
Del periodismo gráfico a la televisión
Gelblung siempre sostuvo que el periodismo gráfico era el género que más disfrutaba, pero su estilo terminó desbordando las páginas y encontró en la televisión un escenario ideal.
En la década del 90 llegó “Memoria”, el programa que terminó de instalarlo frente al gran público. Allí combinó investigaciones, historias misteriosas, personajes extravagantes e informes que podían ser serios, incómodos o directamente desconcertantes.
Su sello era la ironía. Y también una particular manera de entender la construcción de una noticia.
Una de sus frases más recordadas lo resume con crudeza y humor: “Nunca dejes que la realidad te arruine una buena nota”.
El propio Gelblung contó, incluso, cómo alguna vez viajó al atolón de Mururoa para cubrir una prueba nuclear y llegó cuando ya había terminado el episodio que debía mostrar. Como no encontró los peces muertos que esperaba registrar, relató que compró pescados en un mercado y los utilizó para recrear la escena.
La provocación, en su caso, formaba parte del lenguaje.
Después llegarían ciclos como “70.20.10”, primero en eltrece y luego en El Nueve, donde consolidó una identidad televisiva basada en investigaciones, actualidad y una mirada siempre dispuesta a correr los límites.
El hombre que nunca dejó de trabajar
Gelblung tampoco perdió la curiosidad periodística con el paso de los años. En 2022, cuando Rusia invadió Ucrania, viajó al frente del conflicto para cubrir la guerra.
“No tengo miedo”, había dicho antes de partir.
Desde territorio ucraniano dejó otra frase que sintetizaba su manera de mirar el oficio: “Un poco más allá se están matando. Es difícil, la guerra tiene muchas realidades”.
Incluso en sus últimos años mantuvo esa relación casi obstinada con el trabajo. Después de una de sus internaciones, cuando le preguntaron por su estado, respondió con la ironía que lo acompañó durante toda su carrera: “Ya vine a trabajar. No tengo más remedio”.
Esa forma de vivir el periodismo también atravesó su vida familiar. Gelblung contó que, sin muestras afectivas parentales y bajo la influencia de un pediatra de ideas renovadoras, decidió ejercer la paternidad de una manera opuesta a la que había conocido durante su propia infancia.
Murió uno de los grandes personajes del periodismo argentino. Pero antes de irse dejó algo más difícil de conseguir que una larga lista de programas y coberturas: un estilo propio.





