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Cuando el algoritmo se mete en tu relación

La semana pasada, en La Cuarta Online, hablamos de los falsos gurúes de las relaciones: esas personas que, desde las redes sociales, nos explican cómo debería ser una pareja, qué significa que alguien nos quiera, cuándo tenemos que alejarnos y cuáles son las supuestas “red flags” que deberíamos detectar.

Esta semana quiero ir un paso más allá. Porque quizás el problema no sean solamente quienes hablan sobre vínculos. También está el algoritmo. Y quizás no nos estamos dando cuenta de hasta qué punto empezó a meterse en nuestras relaciones.

Hace unos días escuchaba a un hombre decir, con absoluta seguridad, que si en cualquier relación una persona no responde un mensaje dentro de determinado tiempo, eso significa que no está interesada en vos.

Una afirmación sencilla, contundente y fácil de recordar. Y, justamente por eso, peligrosa. Porque transforma algo profundamente humano —la manera en que cada persona se vincula, comunica y organiza su vida— en una regla de tres: no respondió, no le interesás; tardó, perdió el interés; vio tu historia, está pendiente; está conectado y no te escribió, te está ignorando; publicó algo y no respondió tu mensaje, claramente tiene tiempo, pero no para vos.

Y así empezamos a interpretar los vínculos a través de una pantalla.

La obligación de la inmediatez

Vivimos en una época atravesada por la inmediatez. Mandamos un mensaje y sabemos que llegó, podemos ver si fue leído, saber cuándo alguien estuvo conectado, recibir una respuesta en segundos y hacer una videollamada con alguien que está a miles de kilómetros. La tecnología acortó las distancias de una manera extraordinaria.

El problema aparece cuando confundimos posibilidad de comunicación inmediata con obligación de disponibilidad permanente.

Porque la otra persona sigue teniendo una vida: trabaja, cría, materna o paterna, viaja, maneja, tiene reuniones, está cansada, tiene problemas, necesita silencio, está atravesando algo que nosotros desconocemos o, simplemente, está haciendo otra cosa. Y nada de eso necesariamente tiene que ver con cuánto le importamos.

Sin embargo, las redes nos ofrecen una cantidad de información que antes no teníamos y nuestra mente intenta utilizarla para construir certezas. Y ahí comienza el problema.

Ya no solamente vivimos el vínculo: lo observamos

Antes, si alguien no contestaba un mensaje, no teníamos demasiada información. Hoy podemos entrar a Instagram y descubrir que estuvo conectado, ver que publicó una historia, observar que le dio “me gusta” a determinada publicación o comprobar que siguió a alguien. Y nuestra mente empieza a hacer conexiones.

“Si pudo subir una historia, podría haberme contestado.”

“Si está conectado, ¿por qué no me responde?”

“Si tuvo tiempo para darle like a eso, ¿por qué no contestó mi mensaje?”

El problema es que tener más información no significa necesariamente tener más verdad. Podemos tener muchísimos datos sobre lo que alguien hace en internet y seguir sin saber absolutamente nada acerca de lo que está viviendo.

El algoritmo no conoce tu vínculo

Hay algo que me parece fundamental recordar: el algoritmo no conoce a la persona que está del otro lado de la pantalla. No conoce su historia, no sabe qué está atravesando, no sabe cómo trabaja, no sabe cómo se vincula, no conoce sus tiempos ni la conversación que tuvieron ayer. Tampoco sabe qué significa para ustedes determinada palabra, determinado silencio o determinada demora.

Sin embargo, puede mostrarnos cientos de videos que parecen explicar exactamente lo que está pasando.

“Si hace esto, no te quiere.”

“Si tarda tanto, no está interesado.”

“Si realmente quisiera, ya lo habría hecho.”

“Cuando un hombre quiere, no hay excusas.”

“Cuando una mujer está interesada, siempre responde.”

Y cuanto más consumimos ese contenido, más empieza a parecernos que esas reglas son universales. Entonces dejamos de mirar el vínculo que tenemos delante y empezamos a compararlo con un modelo de vínculo que alguien construyó para nosotros en internet.

¿Y qué pasa con nuestra propia ansiedad?

Acá aparece otra cuestión. Las redes no solamente nos dicen cómo debería comportarse el otro. También pueden enseñarnos a vigilar permanentemente su comportamiento, y eso puede convertirse en una trampa. Hoy en día, cada dato abre una nueva interpretación, cada demora necesita una explicación, cada silencio se convierte en una señal y cada movimiento digital parece tener un significado oculto. Y terminamos haciendo algo agotador: intentando resolver una relación a partir de información fragmentaria, como si pudiéramos encontrar la respuesta correcta mirando suficientemente bien una pantalla. Algo que sí puedo afirmar es: un vínculo no se construye con indicadores digitales. Se construye con presencia, conversación, acuerdos, disponibilidad, encuentros, acciones y también con la posibilidad de que dos personas tengan ritmos diferentes.

Estamos todos cansados

Hay algo más que no quiero dejar afuera: Vivimos en una sociedad profundamente individualizada. Estamos criando, maternando, paternando, trabajando, estudiando, sosteniendo hogares, llevando y trayendo personas, resolviendo problemas, atendiendo responsabilidades y tratando, muchas veces, de llegar al final del día con un poco de energía.

A esa exigencia cotidiana le agregamos ahora otra: la obligación de estar disponibles inmediatamente para todo el mundo. Responder ya, contestar ya, explicar ya, definir ya, saber ya, sentir ya. Y si no lo hacemos, alguien puede interpretar que no nos importa. Quizás necesitamos recuperar algo que la tecnología nos hizo olvidar: que una demora no siempre es un mensaje: a veces una demora es simplemente una demora.

Una persona puede quererte y estar ocupada, puede estar interesada y necesitar tiempo. Puede tener ganas de hablar y no poder hacerlo en ese momento. Puede no responder porque está cansada, necesitar espacio. Puede, incluso, no saber todavía qué quiere y también puede ocurrir que efectivamente haya desinterés. Claro que sí. La cuestión es que no siempre podemos saber cuál de todas esas posibilidades es verdadera mirando el “última vez en línea”. Quizás necesitamos volver a mirar el vínculo y no la pantalla. No se trata de demonizar las redes ni de negar que determinados comportamientos puedan decirnos algo. Se trata de recuperar nuestra capacidad de observar el conjunto.

¿Qué sucede cuando estamos juntos? ¿Cómo nos tratamos? ¿Hay reciprocidad? ¿Podemos conversar? ¿Hay interés sostenido? ¿Hay espacio para nuestras necesidades? ¿Las palabras coinciden con las acciones? ¿Podemos construir acuerdos?

Esas preguntas probablemente nos digan mucho más sobre un vínculo que la cantidad de minutos que alguien tardó en contestar un WhatsApp porque una relación no es un chat y una persona no es su actividad en Instagram. Quizás, en una época en la que tenemos acceso a más información que nunca, necesitamos aprender nuevamente a tolerar algo profundamente humano: no saber inmediatamente. No interpretar cada silencio, no convertir cada demora en una sentencia, no dejar que un algoritmo decida por nosotros qué significa que alguien nos quiera. Porque cuando dejamos que una pantalla nos explique permanentemente qué debería hacer el otro, corremos el riesgo de dejar de preguntarnos algo mucho más importante:

¿Qué está pasando realmente entre nosotros?

Nos encontramos en la próxima nota.

Victoria Fiorenzi

Consultora Psicológica

Instagram: @vfcounselor

Si estás necesitando comenzar un proceso de acompañamiento, de escucha sincera y sin juicio te dejo mi contacto directo:

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