InicioSociedadCuando el humo tapa el debate: la peligrosa naturalización de la marihuana

Cuando el humo tapa el debate: la peligrosa naturalización de la marihuana

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Durante muchos años, el consumo de marihuana estuvo asociado a la transgresión. Hoy, en cambio, para una gran cantidad de adolescentes y jóvenes se ha transformado en algo “normal”. Se consume en reuniones, se exhibe en redes sociales, se minimizan sus riesgos y, en algunos casos, hasta se presenta como un hábito saludable o una alternativa inocua frente a otras sustancias.

Pero ¿qué ocurre cuando alguien intenta cuestionar ese relato?

La reacción suele ser llamativa. No es extraño encontrar respuestas cargadas de agresividad, descalificaciones personales o acusaciones de ignorancia hacia quien expone evidencia científica sobre los efectos del THC. En lugar de discutir los datos, muchas veces se desacredita al mensajero. El debate deja de ser racional para transformarse en una defensa apasionada de una sustancia.

Y ese fenómeno merece una reflexión.

Aquí hablamos del consumo recreativo de productos con THC, especialmente durante la adolescencia, una etapa en la que el cerebro todavía está en pleno desarrollo.

La evidencia científica acumulada en los últimos años muestra que el consumo frecuente de cannabis con THC durante la adolescencia se asocia con un mayor riesgo de dificultades en la memoria, la atención, el aprendizaje y las funciones ejecutivas. También aumenta la probabilidad de desarrollar dependencia y, en personas vulnerables, puede incrementar el riesgo de trastornos psiquiátricos como episodios psicóticos. Además, el aumento de la potencia del THC en muchos productos actuales hace que los riesgos sean mayores que hace algunas décadas.

Sin embargo, estos datos rara vez logran instalarse en la conversación pública con la misma fuerza que los mensajes que presentan a la marihuana como una sustancia prácticamente inofensiva.

¿Por qué sucede esto?

Porque la naturalización no ocurre por casualidad. Se alimenta de mensajes repetidos, de contenidos en redes sociales, de referentes que banalizan el consumo y de una cultura que muchas veces ridiculiza cualquier postura preventiva, etiquetándola como anticuada o alarmista.

En ese contexto aparece otro fenómeno preocupante: el fanatismo.

Cuando una sustancia deja de poder ser cuestionada y cualquier información crítica genera enojo, burlas o ataques personales, ya no estamos frente a un intercambio saludable de ideas. Estamos frente a una narrativa donde la identidad y el consumo se mezclan, haciendo que toda evidencia contraria sea vivida como una agresión personal.

Y mientras esa discusión se vuelve cada vez más polarizada, hay dos actores que quedan completamente desprotegidos.

Por un lado, los padres.

Muchos reciben mensajes contradictorios. Escuchan que “es natural”, que “todos consumen”, que “es menos dañina que el alcohol” o que “no genera adicción”. Sin formación específica, terminan dudando de su propio criterio y les resulta cada vez más difícil poner límites o iniciar conversaciones con sus hijos.

Por otro lado, los adolescentes.

Ellos crecen en un entorno donde el riesgo prácticamente desapareció del discurso. Si nadie habla de las consecuencias, si quien las menciona es atacado y si el consumo se presenta como una conducta socialmente aceptada, es lógico que muchos concluyan que no existe ningún problema.

Pero la realidad clínica cuenta otra historia.

Cada vez son más frecuentes las consultas de familias preocupadas por jóvenes que comenzaron consumiendo de manera “ocasional” y terminaron viendo afectado su rendimiento académico, sus vínculos, su motivación o su salud mental. Ninguno de esos problemas aparece de un día para otro. Se instalan lentamente, mientras el entorno continúa diciendo que “no pasa nada”.

La prevención necesita recuperar un espacio que hoy parece haber perdido.

Eso no significa recurrir al miedo ni a discursos exagerados. Significa ofrecer información basada en evidencia, reconocer que existen riesgos reales y generar conversaciones honestas con los adolescentes antes de que las redes sociales o el grupo de pares ocupen ese lugar.

La ciencia debe poder discutirse con ciencia. Los argumentos deben responderse con argumentos. Porque cuando la evidencia es reemplazada por el fanatismo, quienes terminan pagando el costo no son quienes protagonizan las discusiones en internet.

Son los padres que buscan orientación. Son los adolescentes que necesitan información confiable para tomar decisiones.

Cuando un Estado, una sociedad o quienes tienen la responsabilidad de proteger la salud pública renuncian a realizar campañas serias de prevención y orientación, el daño trasciende al consumo mismo: destruyen la percepción del riesgo. Y cuando una sociedad deja de percibir el riesgo, deja también de proteger a sus hijos. Entonces, lo que antes era motivo de alerta pasa a ser motivo de aceptación, y lo que debería generar preocupación termina naturalizándose.

Ese es, quizás, el mayor triunfo de cualquier droga: no cuando consigue más consumidores, sino cuando logra convencer a toda una sociedad de que ya no representa un peligro.

Lic. Adrián Dall’Asta
www.fundacionpadres.org
Instagram: @adriandallastaok

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