InicioSociedadSi “La Scaloneta” no se rinde, ¿por qué nos rendimos como padres?

Si “La Scaloneta” no se rinde, ¿por qué nos rendimos como padres?

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Hay algo que la Selección Argentina nos enseñó mucho antes de levantar la Copa del Mundo: los resultados importantes se construyen con perseverancia. La Scaloneta nunca se caracterizó por elegir el camino fácil. Creció partido a partido, aprendió de las derrotas, sostuvo una idea de juego y nunca dejó de creer, incluso cuando muchos dudaban.

Esa actitud nos inspira también fuera de una cancha. Porque hay otro desafío en el que, como sociedad, tampoco podemos bajar los brazos: prevenir el consumo de alcohol en menores de edad.

Desde la Federación Argentina de Destilados y Aperitivos impulsamos la campaña “Menores, ni una gota”, convencidos de que proteger a los adolescentes es una responsabilidad compartida. Sin embargo, en muchas conversaciones con madres y padres aparece una frase que se repite con demasiada frecuencia: “Igual va a tomar.”

Es una frase que refleja resignación. Y cuando nos resignamos, dejamos de ejercer uno de los roles más importantes que tenemos como adultos: acompañar, educar y poner límites.

Entendemos de dónde nace esa sensación. Ningún padre puede controlar cada salida, cada fiesta o cada decisión de un adolescente. La presión del grupo existe, las redes sociales multiplican los desafíos y muchas veces parece que decir “no” alcanza para muy poco.

Pero entre controlar todo y rendirse hay un enorme espacio para educar.

La evidencia demuestra que las familias siguen siendo uno de los principales factores de protección para niños y adolescentes. Las conversaciones sinceras, las reglas claras, los límites consistentes y el ejemplo cotidiano influyen mucho más de lo que solemos creer.

Por eso, cuando un padre dice “igual va a tomar”, quizás sin darse cuenta también está enviando otro mensaje: que no vale la pena intentar cambiar las cosas.

Y justamente eso es lo contrario de lo que nos enseñó la Scaloneta.  En sus comienzos, pocos imaginaban que aquel equipo joven, cuestionado y con pocas figuras consolidadas terminaría construyendo el ciclo más exitoso del fútbol argentino. Lo logró porque nunca dejó de trabajar, de insistir y de creer en un objetivo común, de trabajar en equipo.

La prevención funciona de la misma manera.

No existe una única conversación que resuelva todo. No alcanza con una sola regla ni con una advertencia antes de una fiesta. Educar es un proceso. Es repetir, acompañar, escuchar, explicar y volver a empezar las veces que haga falta.

Es animarse a decir “no” cuando ese límite protege. Es no comprar alcohol para una fiesta de menores, aunque “todos los demás lo hagan”. Es hablar sobre los riesgos sin dramatizar, pero también sin minimizar. Es demostrar con el ejemplo que el alcohol puede formar parte de la vida adulta, pero nunca de la adolescencia.

Muchas veces creemos que nuestros hijos escuchan más a sus amigos que a nosotros. Sin embargo, numerosos estudios muestran que la influencia de las familias sigue siendo determinante en las decisiones importantes de los adolescentes. Quizás no siempre lo expresen, pero observan, comparan y construyen sus propios criterios a partir de lo que viven en casa.

Por eso no debemos subestimar el poder de nuestra presencia.

Cada conversación suma. Cada límite coherente suma. Cada decisión responsable suma. Y cada padre o madre que elige no resignarse está contribuyendo a construir una cultura donde el consumo de alcohol en menores deje de verse como algo inevitable.

La Scaloneta nos recordó que los grandes logros no llegan de un día para otro. Requieren convicción, trabajo en equipo y la decisión de seguir adelante incluso cuando parece difícil.

Con nuestros hijos ocurre exactamente lo mismo.

Desde la Federación Argentina de Destilados y Aperitivos creemos que prevenir el consumo de alcohol en menores no es una batalla perdida. Es un desafío que vale la pena asumir entre todos, en equipo.

Porque si aprendimos algo alentando a la Selección, es que rendirse nunca puede ser la primera opción.

No bajemos los brazos. Nuestros hijos necesitan que creamos en ellos incluso antes de que ellos mismos lo hagan.

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