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Aventuras en el 80

El transporte público es lo mejor que tiene Buenos Aires. Sin embargo, no por las razones que se piensa en general: es eficiente, pero siempre va lleno y te puede traicionar con los horarios; es una mugre y los asientos se caen a pedazos (literalmente); los choferes son mala onda y odian acreditar la carga de la tarjeta Sube…

Pero las personas, los personajes, que comparten el viaje, son inigualables. Soy consciente de que atraigo muchas personas raras en la calle. Se me acercan, con demasiada frecuencia, señoras a hablarme de las cosas que ven en la vidriera, me piden direcciones que nunca escuché en mi vida o, simplemente, me han parado en la calle para decirme que les gustaba un buzo que tenía puesto. Aunque nada se compara con lo que vivo en el subte D o (y me pongo de pie) el 80.

El 80 es, sin duda, el peor colectivo de todos. Se te pega el olor a frito proveniente del Barrio Chino mientras lo esperás más de treinta minutos en la parada, frente a ese tremendo mural de Maradona. Detrás tuyo, una fila interminable de impacientes pasajeros que rezan para no llegar tarde al trabajo, o bien, astutos que decidieron salir horas antes de su entrada sabiendo que el 80, como siempre, los iba a traicionar. Si llueve, te empapás; si hay mucho sol, te calcinás. Nunca tiene un punto medio. Aunque lo corras, lo perdés. Jamás te espera si te ve venir.

El 80 tiene una suerte de magia de ser el peor villano de los colectivos porteño-bonaerenses, pero, al mismo tiempo, un antihéroe que se asoma por la esquina del Barrio Chino y que te salva de tener que caminar quince cuadras para intentar tomar otro. Es una magia traicionera, como ya se pudo intuir, que además traslada a miles de pasajeros tan únicos como él mismo. Es imposible pasarla mal, aunque tengas que viajar parada hasta Villa del Parque.

Hubo una vez que había un caño roto frente a la salida del medio; uno de esos caños que dividen los espacios para las sillas de ruedas (que nunca suben porque, obviamente, los colectivos son poco eficientes para las personas con movilidad reducida). Estaba flojo y se movía de un lado para otro entre los frenones que metía el chofer, quien pisaba el acelerador de manera peligrosa (cosa que yo agradecía porque estaba llegando tarde a trabajar). Yo iba milagrosamente sentada en los asientos delante de esa salida cuando, de la nada, un señor de bigote canoso empezó a resoplar mientras se sacaba el celular del bolsillo.

Como buena chusma que soy, lo miraba sin disimulo intentando aguantar la risa. El señor había empezado a sacar foto tras foto del caño flojo con el ceño fruncido. Repetía “¡Esto no puede ser!” una y otra vez… Hasta que se me escapa una risa más fuerte y el señor se da vuelta. Qué cosa el tema de la risa, siempre me mete en situaciones incómodas.

El señor, claramente, se dio vuelta con sus cejas todavía fruncidas y me dedicó una mirada confundida. “¿Sabés qué número de colectivo es este?”, me preguntó. “El ochenta, obviamente”, le contesto yo sin dudarlo. Capaz el hombre se había desorientado y necesitaba ayuda. Se me borró la sonrisa al instante y me tragué la risa hasta la panza.

Se me acercó de repente y me mostró desde su celular las fotos del caño amarillo oxidado. “Soy un tipo especial”, me dijo. “No me gusta que las cosas no funcionen como corresponde”.

“Claro,” le contestó medio avergonzada. No sabía en dónde me estaba metiendo. “Haga lo que usted piense correcto…” Todavía no entiendo por qué le seguí hablando.

“Voy a preguntarle el número de interno al chofer. La próxima vez que te subas a este colectivo, vas a ver todos los caños arregladitos”, dijo con una convicción tan tremenda que no me quedó otra que creerle.

El señor se bajó dos paradas después del tema de las fotos. No lo volví a ver.

Pero eso sí: nunca más vi un caño roto en el 80. Ni en ningún otro colectivo. Capaz fue coincidencia. Capaz no… Aunque me gustaría creer que la magia de los únicos e inigualables personajes del 80 se transmitió a sus otros colegas colectivos.

De vez en cuando me gusta pensar que ese señor anda suelto por la ciudad, denunciando caños flojos, asientos rotos y quién sabe qué más, como una especie de superhéroe del transporte público… Pero sin capa, con bigote y usando la cámara del celular.

Igual, el 80 sigue llegando tarde. Tampoco hace milagros.

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